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El gran soñador
JOAN-ANTON BENACH

¿Cómo debe presentarse ante el público un personaje con “pinta de col·leccionista d'ocellets de paper”? Jeannine Worms (1931), la autora francesa amiga de Ionesco y de Cioran y cuya obra fue elogiada por Cocteau, quiso que fuera así el único protagonista de “Le calcul”. EL CÁLCUL
Autora: Jeannine Worms
Intérprete y traductor: Xavier Mestres
Director: Óscar Sisto
Estreno: Sala Beckett (15/V/2003)

En su versión catalana, traducida e interpretada por Xavier Mestres, el director Óscar Sisto –que ya estrenó la pieza original en 1998 en Francia– aprovechó, sin embargo, los lábiles contornos iconográficos que sin duda se dan en todo aficionado a la papiroflexia pajarera, para que Gustave Duplantier, el infeliz héroe de la obra, tuviera algo de Chaplin y adornara su labio superior con un bigotito a lo Hitler.

Como habrán adivinado muchos lectores, la imagen del personaje, aun sin querer imitarla, evoca inevitablemente la de “El gran dictador”, aquella feroz sátitra chapliniana. El guiño viene a cuento a causa de la delirante fantasía de Duplantier, modesto y oprimido empleado de una multinacional, humillado, vejado ferozmente por su inmediato superior y que se considera a sí mismo “un artista, un poeta”.

Durante hora y cuarto, “El càlcul” ofrece el monólogo de este individuo, el cual, respondiendo a los últimos insultos del jefe, sufre un ataque de autoestima vengativa que le lleva a imposibles cimas de poder y de gloria.

Jeannine Worms evitó el tópico del empleado subalterno que imagina días de inocente prosperidad personal y familiar, para regresar siempre a la realidad del duro laboreo cotidiano, miserablemente retribuido. El personaje no es tampoco aquel “Walter Mitty” capaz de existosas, honradas e imaginarias proezas, con las que un cenizo Danny Kaye intentaba deslumbrar a Virginia Mayo.

Atrapado en un ensimismamiento incontrolable, Duplantier levanta castillos de humo a partir de la defenestración del malvado jefe y se ve victorioso al frente de su poderosa empresa, viajero por la geografía más insospechada, inclemente aniquilador de adversarios, criminal presuntuoso y, en el colmo del desvarío, dueño de países y de continentes enteros. Tan imponente locura le lleva a abrazar el globo terráqueo que hay sobre su mesa de trabajo –otra cita de Chaplin– y sobre este objeto, arropado en su regazo, caerán sus lágrimas cuando una simple llamada telefónica aniquile toda esa quimera. La lección de “El càlcul” es, como ven, un tanto elemental.

La autora nos dice que un gran soñador puede tener alma de gran dictador. El huevo de la serpiente puede madurar en las más honestas conciencias. Todos somos potenciales portadores de una maldad asesina. Ya ven... El texto, en efecto, escapa del tópico argumental, pero se encierra en una obviedad decepcionante que la desmesura del protagonista no logra rescatar de una indiferencia espectadora.

Si algún aliciente encierra la pieza, éste se halla en varios momentos de la interpretación meritísima de Albert Miralles, actor –también acróbata y bailarín– de una amplia gama de recursos, exhibidos todos ellos con una gran potencia expresiva. Nos agradaría verlo en aventuras más consistentes.

Fuente: La Vanguardia
Mayo 2003

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