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Homenaje a
Matias Montes Huidobro
OLGA CONNOR
Es una gran alegría para mí
felicitar a Matías Montes Huidobro por el homenaje
que se le ha rendido esta semana en el II Encuentro
Internacional Sobre Creación y Exilio Con Cuba
en la Distancia realizado en Cádiz, en el cual
he participado.
Su principal aporte a la cultura de
la isla es su capacidad creativa dentro del teatro,
lo que le ha llevado a escribir prolíficamente
para la escena, siguiendo parámetros de una
tradición fuertemente establecida en Cuba,
pero desarrollando un estilo propio, primero, bajo
las influencias del período revolucionario
que lo llenó de esperanzas y energía
productiva, y luego, como testimonio de su desilusión
con la revolución, que lo hizo partir al exilio.
Esto también dejó su marca en su posterior
trabajo como dramaturgo, lo que le llevó a
reescribir La navaja de Olofé, que se puso
en escena en Miami, estrenar Exilio, en esta ciudad,
dirigida por el recientemente fallecido Dumé,
en el antiguo Museo Cubano, y escribir una extraña
obra llamada Las paraguayas.
Es un teatro comprometido el de Montes
Huidobro, a ratos expresionista y absurdo: un modo
sincrético de expresar el extrañamiento
de la vida del cubano, tanto dentro como fuera de
la isla. Como me ha confesado el escritor: ``El motor,
el tema fundamental, a pesar de que soy un ignorante
político, es Cuba''.
Desde 1975, cuando nos encontramos
en Filadelfia, en un Congreso Surrealista organizado
por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana,
Montes Huidobro y Yara González, su esposa,
han sido mis amigos. Cuando los conocí, jamás
podría haber imaginado que aquella pareja tan
seria y formal procediera de La Habana y viviera en
Hawaii. Pero mi asombro fue mucho mayor, cuando experimenté
el teatro de Matías, lleno de sorpresas inauditas
que iban de la tragedia al más profundo choteo,
y siempre ubicadas dentro del drama nacional cubano.
Además de las mencionadas,
el dramaturgo ha escrito Ojos para no ver, Hablando
en chino, Fetos, La garganta del diablo, La soga y
El hombre del agua (traducida al alemán, pero
nunca publicada). El autor recuerda que en el 49 escribió
Las cuatro brujas, y en el 50, recibió el Premio
Prometeo por Sobre las mismas rocas, que se estrenó
en 1951. Por unos años estuvo en estado pasivo
y luego retomó los bríos, con un período
altamente energético del 59 al 61, de un gran
entusiasmo creador, esperanzado ante el triunfo de
la Revolución que después se echó
a perder a sus ojos y a los de tantos de sus colegas
en el arte. De esa época son Los acosados,
La botija, El tiro por la culata y Las vacas, primer
premio José Antonio Ramos (obra que se ha perdido,
pues fue confiscada, cuando salió de Cuba),
y Gas en los poros.
Gas en los poros se estrenó
el día en que el autor y su esposa se iban
de Cuba, el 27 de noviembre de 1961. Tengo ante mí
la foto de las estrellas de la puesta en escena, Lillian
Llerena y Ernestina Linares, en la versión
televisada, dirigida por otro gran amigo, Julio Matas.
Su autor nunca la pudo ver representada, hasta que
la puso en Nueva York, en 1986, Francisco Morín,
ya en el exilio.
Escribió luego dos obras que
no se publicaron en Cuba: La madre y la guillotina
y La sal de los muertos, considerada como uno de los
primeros exponentes en Cuba del teatro de la crueldad,
publicada por Orlando Rodríguez Sardiñas
y Carlos Miguel Suárez Radillo en Teatro Contemporáneo
Hispanoamericano (Madrid, 1971). Ha sido la única
de sus obras que no se ha puesto en escena.
El dramaturgo no se ha limitado a
escribir teatro, además de novelas y cuentos,
es autor del libro de historia y crítica literaria:
Persona, vida y máscara del teatro cubano,
de obligada consulta, que será ampliado por
otro sobre el teatro de próxima publicación.
Y acaba de publicar El teatro cubano en el vórtice
del compromiso, compilación de sus críticas
teatrales en el periódico Revolución,
nunca timoratas ni parciales, según sus colegas.
En ese libro cenital Persona, vida
y máscara del teatro cubano, en que bebimos
todos los estudiosos, el autor declara: ``En reciente
recorrido por el teatro cubano, en busca de material
para un futuro libro sobre teatro, me ha llamado la
atención, entre otros puntos, un afán
devorador, canibalístico, de poderes crecientes
dentro del núcleo familiar cubano que se dirige
a su propia destrucción (457-458), lo que Yara
González comenta son clarivedentes declaraciones
sobre lo que sería el futuro de Cuba.
Montes Huidobro ha sido reconocido
dentro y fuera de Cuba, y sus obras han sido dirigidas
por gigantes del teatro cubano, como René Ariza,
Matas, Morín y Dumé. Entre los que escribieron
sobre su teatro se encuentran César Leante,
Antón Arrufat, Natividad González Freire,
Rine Leal, en Cuba, y en el exilio, José A.
Escarpenter, Arístides Falcón, Elizabeth
Espadas y muchos otros académicos y teatristas.
Aunque no hay que descuidar su teatro completo, su
obra más significativa es Exilio, que podremos
abordar la próxima semana.
Fuente:
El Nuevo Herald
Mayo
2003
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