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La alegre caída en
la nada
Olga Cosentino
Platónov, de Chejov,
es una detallista construcción de personajes
decadentes e insatisfechos.
| La pasión amorosa y el deseo
de cambiar el mundo son dos motores humanos que
suelen funcionar a pleno en la temprana juventud.
Le ocurrió también al escritor y
médico ruso Antón Chéjov
(1860-1904) entre los 18 y los 21 años.
A esa edad, el exquisito autor de La gaviota escribió
su vigorosa, excesiva e inaugural pieza teatral
Platónov (llevada al cine por Nikita Mijailkov
como Pieza inconclusa para piano mecánico)
en cuatro actos de trama exuberante y caótica
que anticipa prácticamente todas las líneas
temáticas de su obra futura. Allí
se retrata el hartazgo, la banalidad y la insatisfacción
que dominaban tanto a los inútiles aristócratas
como a los burgueses decadentes y aun a la diletante
intelligentsia rusa en la etapa terminal del zarismo.
Faltaban casi cuarenta años para la Revolución
bolchevique pero el precoz escritor supo detectar
en aquel texto iniciático los síntomas
de una transición cultural que en la Rusia
de fines del siglo XIX presagiaba cambios sociales
y políticos que iban a exceder las fronteras
del país eslavo. |
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Como eje de la frondosa estructura argumental, llena
de anécdotas, personajes y situaciones, Chéjov
puso al maestro rural Mijaíl Vasílievich
Platónov, un seductor que conquista a todos
y enamora a las mujeres con su atractivo físico
y, sobre todo, con su simpatía, su sinceridad
y su inteligencia. Todas entran en el juego de su
seducción. Pero Platónov no tiene una
estrategia —y en esto radica la diferencia con
el donjuanismo tradicional— sino que ejerce
su natural fascinación como un don natural
de cuyas consecuencias no consigue hacerse responsable.
Considerada durante muchos años una obra irrepresentable
—sin cortes, duraría casi seis horas—,
en la versión que acaba de subir al escenario
de la Sala Casacuberta, el director Hugo Urquijo afrontó
el riesgo con audacia y, sobre todo, con inspiración.
Responsable de una traducción tersa, fluida,
con un lenguaje cercano pero sin localismos, y que
rescata incluso la ironía y el humor chejovianos,
su adaptación se basa en la del británico
David Hare, que sin alterar su espíritu convierte
el texto en dinámicas dos horas y media de
espectáculo con un intervalo. Y de las cuales
la primera parte es una bella pintura impresionista,
una vista a la vez panorámica, rica en detalles
y bajorrelieves, que abarca y define los problemas
sociales y los comportamientos individuales característicos
del final de una época. Resulta no menos que
delicioso asistir desde la butaca a esa jornada festiva
que, para celebrar la llegada del verano, se organiza
en la mansión y los jardines de la aristocrática
y joven viuda Ana Petrovna. La iluminación
valoriza los claroscuros y los contornos difusos,
en contraste con la relevancia de los recortes diáfanos;
el vestuario de colores claros y texturas livianas
alude a la época con lángida elegancia;
el extendido telón de fondo que insinúa
la arboleda y que avanza con algunos árboles
de utilería sobre el escenario es un paisaje
constante y a la vez en fuga. Como en la posterior
y magistral El jardín de los cerezos, aquí
también los personajes intuyen que el lujo
y la belleza de sus propiedades empieza a dejar de
pertenecerles.
En ese exterior bucólico o en interiores apenas
sugeridos por algún elemento de mobiliario
transcurre esa jornada de reencuentros familiares
o amistosos con su característica variedad
de simpatías más o menos sinceras, sordas
rivalidades, antiguos rencores, reclamos de deudas
impagas o novedades inesperadas. Todo articulado en
una trama de diálogos sucesivos y también
superpuestos que van del lugar común a la reflexión
inteligente o de la charla insustancial al lance erótico,
en un crescendo de conflictos bañado por ríos
de vodka autóctono y de champán francés.
Y comentados por las melodías que ejecuta un
anónimo personaje sentado al piano, a la derecha
del escenario.
Pero el mérito principal de esta puesta está
en la detallista, casi minimal construcción
de cada uno de los personajes, incluso los secundarios.
Nya Quesada dibuja con gracia y picardía a
la anciana criada Irina y Max Berliner hace del mensajero
del juez que le toca interpretar, una rica viñeta
cargada de ironía. Carlos Portaluppi pone su
histrionismo desopilante al servicio del negligente
y borrachín médico Nicolás Triletski
y Alejo García Pintos hace una verdadera creación
de su torpe y fatuo Kiril Glagóliev. El resto
del elenco, como Gustavo Böhm (marido de Sonia),
Emiliano Estevanez, César Vianco y en particular
los actores que encarnan la generación de los
mayores (Daniel Tedeschi, Natalio Hoxman, Carlos Weber,
Francisco Nápoli) configuran una galería
de tipos mentirosos, soberbios, corruptos y cobardes,
responsables de la crisis moral y cultural que los
afecta pero incapaces de prepararse para un cambio.
Con algún desnivel que en ningún caso
llega a constituir una nota en falso, en todas las
actuaciones se advierte el ajuste del instrumento
a un concierto de voces de rigurosa armonía.
La distinguida, culta y liberal Ana Petrovna, la anfitriona,
tiene en Beatriz Spelzini a una intérprete
estupenda. Y Jorge Suárez cumple una performance
tan exigente como lograda. Conduce a su Platónov
con la misma convicción por cada una de sus
osadas experiencias o sus dramáticas contradicciones.
Fuente:
Clarin.com
Noviembre - 2003
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