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Modesto
Centeno: LOS NOVENTA AÑOS VIVOS DE UN
TEATRISTA
Por Rubén Darío
Salazar
Fotos: Cortesía de Pedro Valdés
Piña
Para los teatristas cubanos, y especialmente
los que trabajamos con niños, el nombre
del director artístico, profesor y escritor
Modesto Centeno debe ocupar un lugar preponderante.
Nacido en Gibara, Holguín, el 18 de mayo
de 1913, creció en La Habana como miembro
de una familia clase media de acendrada tradición
artística. La casa de los Centeno fue
lugar de ensayos, reuniones y taller de realización,
fuente nutricia de un arte que tuvo en Modesto
Centeno, alumno fundador de la Academia de Artes
Dramáticas de la Escuela Libre de La
Habana (ADADEL) en 1940, a un destacado promotor
e impulsor de la escena nacional.
La iniciativa del profesor Luis A. Baralt de
lanzar una convocatoria para un concurso de
piezas titiriteras entre los estudiantes de
la academia, trajo como consecuencia el triunfo
de Modesto, nada menos que con una versión
del famoso cuento de Charles Perrault, Caperucita
Roja. La obra ganadora, cuyas sencillez y síntesis
la han hecho perdurable hasta hoy, tuvo su estreno
en mayo de 1943, con el entusiasmo juvenil de
artistas que sin tener experiencia en el mundo
del guiñol, construyeron y animaron sus
propios muñecos. Centeno, junto a ellos,
marcó el punto de partida de la dramaturgia
y el teatro para niños y de títeres
en Cuba con cierto carácter profesional.
La criolla Caperucita se presentó principalmente
en Teatro Valdés Rodríguez y luego
emprendió viaje por parques, escuelas
y fiestas infantiles, siempre acompañada
del clásico titiritero Comino y Pimienta
de Arkadi Averchenko.
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El cierre de ADADEL en 1943 no impidió el
pujante desarrollo de un creador comprometido con
su arte. Por eso en 1945 crea ADAD, institución
de la que expresó la destacada intelectual
Mirta Aguirre: "Son ellos los que están
dando a La Habana el teatro más inquieto y
más interesante, porque ponen en su labor un
desinterés absoluto y una intachable limpieza
artística". ADAD, además de llevar
a las tablas nacionales por primera vez a Ibsen, Strindberg,
Cocteau, Anouilh, Sartre o Tennessee Williams, fomentó
el avance y la consolidación de la dramaturgia
cubana prerrevolucionaria, con puestas sobre textos
de Carlos Felipe, Rolando Ferrer, Nora Badía,
Paco Alfonso y del propio Centeno. En el seno de ADAD
se gestó la importante revista Prometeo y la
Academia Municipal de Artes Dramáticas en 1947:
ambas significaron mayor alcance artístico
y la divulgación de un lenguaje contemporáneo
que validaba lo nacional, los sentimientos más
positivos y humanistas de la creación.
Centeno, además de ser colega en ADAD de Violeta
Casal, Vicente y Raquel Revuelta, Gina Cabrera, Alejandro
Lugo, Maritza Rosales, Erdwin Fernández, Miguel
Navarro, Fela Jar, los escenógrafos Luis Márquez
y Rubén Vigón y los directores Francisco
Morín y Roberto Garriga, fue también
profesor en la academia municipal de dos hermanos
que posteriormente le dieron al teatro para niños
y de títeres un alcance nacional. Pepe y Carucha
Camejo estrenaron el 4 de junio de 1950 la Caperucita
Roja y Chinito Palanqueta del maestro Centeno, esta
última escrita especialmente para ellos. Otros
textos como La isla sin azúcar, Periquín
lo supo al fin, ¿Quién se robó
las manzanas? y versiones sobre los clásicos
La bella durmiente, Barbazul, Los dos leñadores,
La Bella y la Bestia, y Hansel y Gretel, engrosaron
el archivo dramatúrgico de los Camejo junto
a piezas de Dora Alonso, María Álvarez
Ríos, Emilio Ballagas, Dora Carvajal, Eduardo
Manet y Renée Potts, entre otros. En el manifiesto
del 28 de marzo de 1956, donde los Camejo y Carril
se constituyen como Guiñol Nacional de Cuba,
aparece Centeno como uno de los distinguidos colaboradores,
apoyando el criterio de un teatro de muñecos
no como simple entretenimiento para niños,
sino como arte de múltiples posibilidades.
En el teatro dramático de los años
50, Modesto Centeno recibió premios de la Asociación
de Redactores de Teatro y Cine, por sus montajes de
obras de Oscar Wilde y Tennessee Williams. Continuó
su labor docente y estrenó nuevas piezas de
su autoría como los dramas poéticos
Hechizo y camerino. El prestigioso crítico
Rine Leal destacó en sus producciones el énfasis
en la caricatura y lo risible, su habilidad para el
movimiento de los actores, la composición escénica
y plástica. Escribió libretos para la
naciente televisión, tanto espacios dramáticos
como de títeres. El triunfo de la Revolución
en 1959 lo reconoció como un artista mayor,
pionero y conocedor de lo más auténtico
de nuestros escenarios, por lo que fue condecorado
con la Orden por la Cultura Nacional. Trabajó
con el Conjunto Dramático Nacional, con el
Lírico Gonzalo Roig y el grupo Jorge Anckerman,
pero nunca se separó de los títeres.
Fue profesor en el Teatro de Muñecos de La
Habana: "Un caballero del siglo XIX", lo
nombra el maestro titiritero Pedro Valdés Piña
en sus recuerdos, "educado, comedido, con un
conocimiento enciclopédico sobre el arte teatral".
Para Valdés Piña escribió el
juguete cómico Sisebuto en los años
70. En esa década convulsa Centeno reafirma
su carrera de autor y director artístico en
el teatro de muñecos al integrarse a la nómina
del Guiñol Nacional. Allí estrenó
El aya de la francesa de Renée Potts y Bebé,
de su propia creación, en 1972. Le siguieron
Viajemos al mundo de los cuentos, que escribió
y dirigió en 1973; Juanito en el país
de los bambúes, de Mónica Sorín;
se arriesgó con la versión y dirección
en teatro de títeres para adultos de Cecilia
Valdés; Piñata, sobre el cuento del
ruso Vladimir Suteiev; La brujita de María
Clara Machado; y una versión suya de Los tres
cochinitos. En los comienzos de los 80 estrenó
Rondas, con música de Héctor Angulo
y Harold Gramatges.
Modesto Centeno falleció en 1985. Dejó
una significativa huella en la historia teatral nacional.
Lo que aquí queda escrito son apenas unos fragmentos
vitales de esa personalidad a ratos desconocida y
por tanto muchas veces subvalorada. Su Caperucita
Roja sigue latiendo hoy en las manos de nuestros juglares,
en la risa de los niños que la aplauden fervorosos,
en la memoria de quienes aún recuerdan sus
versos para una vieja canción: "Formemos
un collar/ de otros collares./ Hagamos un cantar/
de otros cantares".
Canto vivo, maestro Centeno, vivo y eterno.
Noviembre
- 2003
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