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Teatro caribeño de una isla a la otra
Vivian Martínez Tabares

En plena actividad del IV Festival Internacional de Teatro de Santo Domingo, en el que participan desde el 9 de octubre y hasta el 22, grupos de Argentina, Chile, Colombia, Eslovenia, España, los Estados Unidos, Italia, Uruguay, Puerto Rico y Venezuela, además de veinticinco montajes de colectivos locales, he podido compartir con el Teatro de la Luna la experiencia generada por El enano en la botella, de Abilio Estévez, puesta en escena de Raúl Martín, con actuación de Mario Guerra, catalogada por el público como una de las más atractivas opciones de la programación, junto con Los ojos rotos, del Teatro El Puente, de Chile, un montaje de María Izquierdo sobre el texto de la española Paloma Pedrero.

El enano... llega al Festival a partir de las propuestas hechas a los organizadores por varios artistas dominicanos que la vieron en La Habana, durante su participación en la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral 2002, organizada por la Casa de las Américas, y trae consigo una larga relación de premios, entre ellos el que recibiera justo después de su estreno en el primer Festival del Monólogo de Miami, en el 2001; y luego en Cuba el Premio Villanueva de la crítica especializada, lauros para la actuación y la dirección otorgados por la UNEAC, y el premio del primer Festival del Monólogo Cubano, organizado por el Teatro Terry, de Cienfuegos, en febrero de este año, y aquí recibió un cálido respaldo de los espectadores en sus tres funciones, la primera en Santiago de los Caballeros, segunda ciudad del país, y luego en la Sala Máximo Avilés Blonda, del Palacio de Bellas Artes.

Apreciar El enano en la botella. en Santo Domingo, ante un público diverso, en el que abundan los jóvenes estudiantes, ha sido también una ocasión privilegiada de comprobar la excelencia del texto de Estévez, de profundo alcance poético y filosófico, y la inteligencia de Raúl Martín para teatralizarlo, al traducir en acciones físicas y en un entorno visual complementario lleno de dinamismo, su discurso hermoso pero denso, y a simple vista difícil, pues la obra no se apoya en una estructura convencional progresiva ni reserva grandes peripecias. El personaje –un enano encerrado en una botella-- reflexiona sobre la soledad, debate el sentido de la angustia y la esperanza y sus opuestos, habla de la necesidad del amor, y de la capacidad humana para sacar partido de las dificultades, para enaltecerse desde el espíritu, para sobreponerse a las dificultades y encontrar el modo de generar una emoción que puede encontrar eco en la sensibilidad de cada espectador casi como la remembranza de una experiencia propia, y una reflexión inteligente que puede ser compartida por todos.

La pieza y el montaje son deudores del legado de Virgilio Piñera –maestro de Abilio, admirado por Raúl Martín, y autor de la mayor parte del repertorio del Teatro de la Luna-- en el tratamiento absurdo de ciertas situaciones, en la perspectivas negadoras y en el fino e irónico sentido del humor, que siempre está a punto para aparecer cuando el acento trágico amenaza, como una manera raigal de resumir nuestros propios comportamientos –“me están matando y estoy gozando”, decía Virgilio. Y disfrutarlos en el contexto dominicano resignifica sus esencias universales, más allá de conexiones de circunstancias que le conectan con el público cubano, como la condición insular –vista desde el sesgo fatalista del aislamiento--, o las referencias a carencias materiales que aluden al “pan de hoy”, porque sus ideas sobre la existencia, la libertad o el sentido de la pertenencia, o sobre fenómenos tan actuales como la migración, implican al ser humano de cualquier latitud.

Mario Guerra recrea su enano con precisión en cada uno de los desplazamientos escénicos, circulares, radiales o en apariencia arbitrarios, con el gesto exacto y el control de la energía que nos compromete y nos hace partícipes activos de su historia. El gesto del actor tiene en las manos, la expresión facial o incluso la quietud soluciones cuidadosamente planeadas para coexistir con la palabra y dialogar con ella, a partir de una revisión del texto que entresaca frases y las subraya, desde el juego del intérprete con la escritura en el panel que le sirve de pizarrón, del modo jocoso de una conferencia didáctica, o en las que aparecen desde el inicio y como parte del universo escénico, subrayadas o relegadas por la luz.

Otra puesta del Festival tiene también algo que ver con Cuba: Otelo ... Sniff, del Teatro Guloya, fundado en 1991, en la que el actor y director dominicano Claudio Rivera, --formado junto a Flora Lauten en las aulas del Instituto Superior de Arte, y presente en el Festival de Teatro de La Habana 2001 con Frankenstein, vuelve la bestia--, versiona el texto de Shakespeare y dirige la puesta junto a Viena González --también entrenada entre nosotros--, para convertir la intriga y el crimen motivados por bajas pasiones humanas como la envidia, los celos y el racismo, en una reflexión sobre el tema de la identidad del dominicano, en la cual la asunción desprejuiciada y orgánica del tema negro sigue siendo un asunto polémico. Claudio Rivera recoge de la tradición popular formas expresivas autóctonas y las procesa desde su lectura personal, que debe a la antropología teatral –como una fuente quizás demasiado explícita en la escena del prólogo, gratuitamente estilizada en gestos que se sienten como ajenos--, aunque hay que decir en su favor que a partir de ahí consigue de inmediato una respuesta efectiva por parte de los espectadores --a veces partícipes directos, como cuando incorpora a alguien del público para que asuma a Casio y a Desdémona—y a lo largo de su desempeño consolida muchas de sus búsquedas en montajes anteriores.

En las notas al programa, Rivera apunta como este Otelo desciende de la tradición de lo inconcluso, como el primer-texto representación de la media isla, el famoso pero poco estudiado Entremés de Cristóbal de Llerena. Y al entender la propuesta como lectura de la historia, añade “Otelo... Sniff hasta es parte de la tradición de los arrepentidos, de los tantos que ayer fueron torturados y hoy veneran a sus torturadores.” y se pregunta: “¿Acaso Yago es esa actitud inmadura que no asume sus responsabilidades con el otro? ¿Acaso Yago es esa sombra que tenemos todos y que el Cristianismo nos ha enseñado hipócritamente a repeler y a llamarle Demonio?”, mientras advierte que este teatro no pretende dar lecciones de vida ni entretener mientras el mundo se cae a pedazos.

El encuentro con el destacado dramaturgo puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, a quien se dedica el evento junto al dramaturgo dominicano Franklin Domínguez, ha sido otro de los grandes atractivos. El autor de Quíntuples --vista recientemente en La Habana como parte del Festival de Teatro--, de la novela La guaracha del macho Camacho, y de una colección de ensayos tan relevantes acerca de la puertorriqueñidad como La guagua aérea, al ser investido del título de Profesor Honorario por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, expresó que “Ser caribeño es ser peregrino” y puso como ejemplos de la sabia sublime de esa condición caribeña a Hostos, Bosch, Martí y los Henríquez Ureña, que pertenecen a la cultura de esta región más allá de sus islas de nacimiento.

Noviembre - 2003

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