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Ícaros, la fascinación
por las alas
Emeris Sarduy Zamora| La Habana
Esta vez, el Laberinto atrapa también al espectador,
cómplice avisado al que Ariadna conducirá
en círculos cada vez más estrechos,
a ver si es capaz, —usted que se sienta cómodamente
en su butaca oscura— de encontrar un par de
alas y saltar al vacío del sueño perseguido.
El espejo en el
escenario multiplica los rostros. Multiplica
las alas. Dédalo es uno y es tres: maternal,
paternal, tirano. Ícaro es uno y es seis,
rostros de la tradición y la modernidad,
del mito establecido y el asumido. Pero Ariadna,
Caronte de esta historia, es una: única,
sola y vencida por el fracaso, por la inutilidad
de sus esfuerzos, su rebeldía y su pasión.
Ícaros, en versión de Norge Espinosa
sobre una idea de Carlos Díaz, y dirigida
por este último, resulta un oasis dentro
del desértico panorama teatral, resacado
aún por el Festival de La Habana. El
esperado estreno, tuvo lugar el pasado 11 de
octubre, en el cine-teatro Trianón, y
continuará funciones durante este año
que casi finaliza.
Retorna al escenario el tema de la familia
y el juego coqueto con los mitos clásicos,
partiendo de la leyenda del furibundo rey Minos,
quien ha encerrado a Dédalos e Ícaros
en el Laberinto. Ariadna a manera de venganza,
enseña a los jóvenes el arte del
vuelo, mediante el cual escaparán del
monstruo Minotauro, del encierro, del yugo apretado
del rey y del ojo vigilante de Dédalo;
oponiéndose a su padre desde la rabia
del amor largamente esperado, que nunca aparece.
Los Ícaros nacen ante nuestros ojos,
son mimados, perdonados, hacen orgullosos a
sus progenitores, pero, y en las relaciones
familiares siempre los habrá, los padres
no podrán evitar que sus hijos salgan
de su falda a ser como escojan, a volar con
sus propias alas y quemarse irremediablemente,
en el grato calor del error cometido a sabiendas,
pedagógicamente, diría yo, como
única manera de salvarse. |

Fotos- Pepe Murrieta |
Esta vez, el Laberinto atrapa también al espectador,
cómplice avisado al que Ariadna conducirá
en círculos cada vez más estrechos,
a ver si es capaz, —usted que se sienta cómodamente
en su butaca oscura— de encontrar un par de
alas y saltar al vacío del sueño perseguido.
Actores como Ricardo Aranda y Yaser Vila debutan
en esta puesta, con desempeños que aún
requieren experiencia y trabajo continuado sobre la
escena. Pablo Guevara, Walfrido Serrano, Osvaldo Doimeadios,
Alexis Díaz de Villegas y Yailene Sierra descollan
junto al descarriado Ícaro de Madera (Georbis
Martínez) y el frágil Ícaro del
Bosque (Luis Mario Alonso) por sus sabias actuaciones,
asumidas a partir de la precisión del movimiento
y la voz, tendiendo un lazo a la comunión total
con el público que establece inmediatas simpatías
—desde la primera imagen de Dédalo tejiendo
las alas mientras cotillea sobre el amor a los hijos
y el dolor por su pérdida— con los desplantes
del Ícaro de Madera, la gracia del Ícaro
del Bosque y su Abuela, la rabia de Ariadna. El resto
del elenco presenta un desempeño parejo y eficaz,
presentándonos personajes que la tradición
de los cuentos infantiles ha convertido en parte activa
de nuestro archivo de referencias y sensaciones, y
otros que la no menos poderosa tradición de
los medios ha insertado dentro del imaginario popular.
Las obras plásticas del escultor y pintor
Regis Soler y la escenografía maravillosa de
Alain Ortiz recrean el Laberinto, el foso del Minotauro
y junto al diseño de luces de Manolo Garriga,
la coreografía de Xenia Cruz y la música
original de Ulises Hernández, insertan la acción
en la vaga atmósfera de las leyendas, y confieren
a la puesta uno de sus mayores atractivos: el gancho
para los sentidos que significa el riquísimo
universo de las imágenes, los sonidos y la
partitura gestual desde donde se mueven los personajes,
dando vida a un texto que, si bien creo demasiado
extenso, se torna tan laberíntico como Creta,
tan poderoso por momentos como las imágenes
que genera y tan diverso como pueda serlo el teatro.
Los Ícaros en todas sus caras.
La Celestina, virtudes y defectos aparte, constituyó
un hito en la trayectoria de El Público, por
el milagro de las cientocincuenta funciones continuas
y por el interés hacia las artes escénicas
que comenzó a despertar en espectadores que
posiblemente nunca hubiesen entrado en una sala de
teatro. Ícaros es una puesta diferente por
su trabajo de imagen, sus niveles de provocación,
experimentación, enmascaramiento y referencias.
Creo que la fascinación por el vuelo arriesgado
nos irá ganando poco a poco.
Noviembre
- 2003
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