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Poesía escénica
cerca del sol
AMADO DEL PINO
Fotos- Pepe Murrieta
| Pocos hechos resultan tan esperados
y comentados en nuestro ambiente escénico
como un estreno de Teatro El Público. La
tropa que dirige Carlos Díaz se ha ganado
esa atención con mucho trabajo, títulos
atractivos y temporadas consistentes. Después
del récord en funciones, y en opiniones
diversas, de La Celestina, el grupo presenta en
el cine-teatro Trianón, Ícaros,
una idea del propio Carlos que fue convertida
en obra teatral por Norge Espinosa Mendoza. Ahora
no hay desnudos ni demasiada travesura teatral,
pero los espectadores siguen repletando este espacio
de Línea y Paseo que la compañía
ha convertido, con más imaginación
que recursos o posibilidades, en una de las salas
más activas de la capital. |
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Ícaros parte del mito griego y se remite a
la isla de Creta, avanza por el clásico laberinto
y asume personajes como Ariadna, Dédalo o el
rey Minos; refiere la conocida imagen de los jóvenes
que trataron de escapar, pero perdieron sus alas al
volar cerca del sol. Con todo, es evidente que estamos
ante una apropiación libre de ese cosmos mitológico.
La meta es ambiciosa: poner a interactuar paradigmas
y fetiches de la contemporaneidad con las sombras
de lo legendario. Espinosa lo aclara en las breves
Notas al Programa: "Teatro El Público
quiere regresar al mito, a esa esencia que puede leerse
desde la ingenuidad o la suspicacia".
El texto de Norge debe mucho a sus maestros, pero
están la agilidad paródica, el peculiar
e incisivo sentido del humor, la constante vorágine
de asociaciones que los que conocemos el resto de
su dramaturgia, y hasta de su crítica o ensayística,
sabemos que llevan el sello del autor. Aquí
aparece la irreverencia ante lo clásico del
Piñera de Electra Garrigó, la vocación
por definir de Abilio Estévez y, aunque menos
evidente, la huella de Lorca con su palabra deslumbrante.
Más que de influencias puede hablarse de citas,
de homenajes. Podría resultar sobreabundante
el torrente verbal, aunque no se trata de la palabra
simplemente sino del verbo pensado para el escenario
y nacido con el proceso de ensayos. En la formidable
función del viernes a la que asistí,
no cansa ni abruma lo literario por la eficaz distribución
de energía de los actores y el equilibrio de
los elementos de la visualidad.
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Carlos Díaz logra una puesta
en escena de madurez dentro de su intensa trayectoria.
Por momentos recordé Calígula, otro
de sus mejores montajes, por la concentración
dramática de la espectacularidad. En Ícaros
reímos en la primera parte en la que se
entra y se sale de lo cómico a través
de la parodia incisiva o de ciertos momentos de
choteo. Sin embargo, la última media hora
resulta francamente conmovedora. La selección
de los objetos en el escenario vuelve a ser impecable
y orgánica la relación con la majestuosa
escenografía de Alaín Ortiz. Hasta
las obras plásticas de Regis Soler no ambientan
sino que iluminan o acompañan el frenético
juego escénico. Las únicas redundancias
pueden encontrarse en la silla de ruedas que protagoniza
varias situaciones y la reiteración del
teclear en computadora. La música original
de Ulises Hernández se revela brillante
en su sobriedad, algo similar ocurre con el vestuario
de Vladimir Cuenca y las concentradas luces de
Manolo Garriga. |
Para el crítico se complica el trabajo ante
un elenco de una decena de roles protagónicos.
Confieso que me hace feliz proclamar la consagración
de una joven actriz: Yailene Sierra. Lo que aprecié
como desenfado bien resuelto en La Celestina o síntomas
de distinción y eficacia en Roberto Zucco,
crece aquí ante un manejo impecable de los
tonos y las transiciones; un envidiable equilibrio
entre dibujo físico y plena interiorización.
Osvaldo Doimeadiós se ratifica como un virtuoso
actor más allá de la comedia. Aquí
derrocha variedad entre los diversos roles que interpreta
y contagia con su eficacia escénica al joven
elenco. Pablo Guevara sobresale en el monólogo
de la abuela de La Caperucita, mientras Walfrido Serrano
—un actor al que tanto admiro por su sensibilidad
y hondura— esta vez no ha alcanzado la variedad
de registros de otras de sus interpretaciones.
Georbis Martínez da vida a un Ícaro-Pinocho
a la vez simpático y dramático. Excelente
la distribución de su histrionismo y la dosificación
del carisma. Luis Mario Alonso acompaña a Georbis
en una melancólica y poderosa escena hacia
el final y da con este espectáculo un importante
salto en su carrera. Léster Martínez
derrocha ritmo y garra escénica pero deberá
valorar más algunos textos; Sergio Fernández
aporta a la frescura del espectáculo pero se
torna algo plano o repetitivo por momentos; Roberto
Álvarez y Ariel Díaz convencen con la
construcción singular de sus personajes.
Ícaros seguramente seguirá cosechando
aplausos y puede que también alguna que otra
opinión adversa. Pero desatar la polémica
parece ser una de las señas que hacen inconfundible
el rostro de Teatro El Público dentro de la
escena cubana contemporánea.
Noviembre
- 2003
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