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Las alas de Icaros
por Osvaldo Cano

De que Carlos Díaz es, hoy por hoy, uno de los directores más inteligentes y audaces del teatro cubano no me cabe la menor duda. Si alguien no lo cree así o no lo sabe o quiere comprobarlo, le recomiendo que enfile sus pasos hacia Línea y Paseo donde se encuentra el cine-teatro Trianón. Allí podrá confrontar con la tropa de El Público que, luego del éxito de La Celestina, regresa a la dramaturgia cubana con Ícaros, un texto de Norge Espinosa.

Por supuesto que la pieza, como su título indica, acude al conocido mito griego; pero lo hace en virtud de esa vocación desacralizadora y reduccionista que ha caracterizado a nuestra dramaturgia de El príncipe jardinero a la fecha. O sea, no se trata de la recreación tal cual de la historia de Dédalo y su impetuoso hijo, sino de una festiva parábola donde los héroes mitológicos conviven o interaccionan con personajes de cuentos populares e historietas. Cada una de ellas trata de vencer al Minotauro y desandar el laberinto. Los numerosos obstáculos que enfrentan consiguen dotar de sentido a sus vidas, al tiempo que despiertan en la platea un clima de identificación y suspicacia cercano al alcanzado con una puesta como Calígula.


Los personajes de Ícaros más que batallar entre sí lo hacen con su destino. Su lucha tiene como contrincante a una fatalidad invencible. Eso, con todo y su aura paródica y festiva, le imprime al texto un ambiente trágico. En otras palabras, que nuestras circunstancias son abordadas de un modo desenfadado y nítido, con una intención crítica que francamente escasea en nuestro teatro y con esa inveterada costumbre nuestra de alternar, sistemáticamente, lo serio y lo cómico. Es por eso que al avanzar la pieza —y perder en agilidad lo que gana en hondura— asistimos al dolido y sincero inventario de anhelos y frustraciones de un grupo de criaturas que nos resultan indudablemente cercanas y hasta entrañables; porque, a diez de últimas, pese a su nombre griego y a sus referencias mitológicas Ícaros es una pieza cubana hasta la médula.

Carlos Díaz construye sobre la escena todo un laberinto de imágenes que van desde las citas de las moiras tejiendo el hilo de la vida, hasta el derrumbe de íconos contemporáneos. Si el texto resulta un desacralizador pastiche, el espectáculo lo secunda con el tono retozón que le es propio al director. Por el canal visual Díaz nos relata la historia no solo de una isla y su Minotauro, sino también de todo un mundo en el cual la libertad es coactada, escamoteada y cuyo precio es realmente alto. Esto lo hace sin abigarramientos ni barroquismos. Ícaros es un espectáculo limpio, preciso, en el cual cada detalle ha sido sopesado; pero que conserva intacta la capacidad de impacto, el interés por retar al público que tipifica la obra de Carlos Díaz y termina siendo un profuso y diáfano calidoscopio de la historia del hombre.

Para acceder a tales resultados, Díaz contó con varios de sus colaboradores habituales y otros que se incorporan ahora a su equipo de trabajo. Entre los primeros está Alaín Ortiz, autor de una escenografía sobria, funcional, severa y gráfica, que —gracias a la labor del pintor Regis Soler— se prodiga en dibujos y bocetos que representan los sueños del hombre por superarse a sí mismo. Ulises Hernández recorre con la música un largo camino al mezclar autores, géneros y estilos diversos, contribuyendo así a crear ese tono plural que prima en la puesta. Vladimir Cuenca, fiel a su estilo, combina exquisitez e imaginación en el diseño de vestuario. Mientras que Manolo Garriga, con las luces, destaca áreas o personajes, crea atmósfera y se confabula con el resto del equipo de realización para trazar una imagen coherente en la que es perceptible la marca de agua de Teatro El Público.

Del elenco hay que decir que evidencia un alto nivel, pero con gradaciones. Osvaldo Doimeadiós y Yailene Sierra, por ejemplo, están un peldaño por encima del resto. Doimeadiós, quien da muestra de poseer un registro amplio, sobresale en el monólogo de Minos, singulariza al resto de los personajes que asume e impresiona por la imagen física que proyecta en más de un rol. Sierra, quien madura día a día, recorre una gama amplia de emociones, da muestras de temperamento y sutileza y alcanza, al final, uno de los momentos de mayor impacto del espectáculo. Pablo Guevara de nuevo hace gala de sus dotes diferenciando a las criaturas que encarna y contribuyendo notablemente a sostener el elevado nivel interpretativo de Ícaros. Luis Mario Alonso realiza una faena digna de encomio, revelándose como un joven talento a quien hay que tomar muy en cuenta. Georbis Martínez con un depurado trabajo corporal, un tono de voz que empasta a la perfección con el personaje y una contención admirable, es otro que se lleva las palmas. Walfrido Serrano combina esfuerzos y oficio para devolvernos una imagen fuerte y creíble de Dédalo y Gappeto. En tanto que Ariel Díaz vuelve a laborar con intensidad y frescura. El talentoso Lester Martínez, quien construye una impecable caracterización física, depurará su desempeño cuando penetre más en la sicología de su personaje. Sergio Fernández, cuya capacidad para labrar la imagen del personaje a partir del trabajo físico es palpable, debe cuidar su dicción y ahondar en las contradicciones e interioridades de su rol. En tanto que Roberto Álvarez debe cuidarse de no atropellar, con todo eso su labor es digna.

Con Ícaros Carlos Díaz vuelve a las andadas y escarba en las contradicciones y dilemas del presente con su habitual agudeza a través de un espectáculo que no solo es uno de los mejores del año que casi se despide, sino que constituye todo un acontecimiento para nuestra escena.

Noviembre - 2003
Fotos- Pepe Murrieta

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