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RELATORÍA
Zoila Sablón | La Habana
De seguro no fue azaroso que en mi viaje hacia Matanzas
algo insólito me ocurriera. Comencé
a ver una carretera que nunca había visto.
Al llegar a Matanzas le di una explicación
lógica a lo que tanto me perturbaba al punto
de pedirle al chofer que me explicara por qué
había tomado por esa angosta calle. En definitiva,
mi altura y posición en la guagua camino a
Matanzas habían hecho que mis ojos miraran
a la ancha Vía Blanca como una estrecha callejuela
recién descubierta por mí, rodeada de
árboles y senderos ocultos que me abrían
otros paisajes llenos de perplejidad, rincones donde
echaría mi vida en tierra. Al parecer ya venía
gestándose en mi inconsciente un cambio de
perspectiva, una nueva forma de mirar los espacios.
Con esta experiencia en mi piel llegué a Matanzas
y al taller de teatro de calle que el maestro Juan
Carlos Moyano y la actriz Clara Inés Ariza
impartirían durante cinco días en la
ciudad.
El primer día del taller descubrí que
desde el inicio el sentido de las jornadas de trabajo
sería justamente develar ante mis pupilas las
nuevas calles que la memoria conservaba de Matanzas.
Matanzas no sería Matanzas. Sus calles ya no
serían sus habituales calles y sus parques
serían otros.
Día 1
Acción 1
En la sede de El Mirón Cubano nos encontramos
todos los participantes: los actores del grupo matancero
junto a un representante de Andante y dos de Gigantería.
Yo me encargaría de recoger lo que sucedería
en adelante.
Allí en un discurso de bienvenida Moyano nos
ofrece las dos claves con las que trabajaríamos
el taller:
El uso escénico del espacio público
y las posibilidades escenográficas de la arquitectura
urbana. Entendido el espacio público como espacio
no concebido per se para la representación.
La estructura dramática o dramatúrgica
En esta conversación inicial en el estrecho
patio de El Mirón, Moyano propone el Parque
de La Libertad como sitio para la demostración
del ejercicio final del taller. Las razones son el
poco tránsito, las condiciones opuestas a la
calle 23, en La Habana, lugar donde se expuso el ejercicio
del anterior taller; tiene suficientes elementos escenográficos,
y es una referencia importante para la ciudad. A nivel
temático el maestro sugiere trabajar a partir
de versos de José Martí, Dulce María
Loynaz y Carilda Oliver Labra. Para la Loynaz, como
para Matanzas, el elemento agua es recurrente en su
obra poética y alude a pureza, transparencia,
vida. Carilda está unida a la ciudad por su
poesía erótica, donde la cita a la humedad
de los cuerpos se presenta más de una vez en
su obra; también ha incidido su relación
vital que hacen de ellas un solo cuerpo. Martí,
pues es su figura quien centra la plaza con una enorme
escultura del poeta; sería una especie de homenaje.
La construcción dramática, teniendo
en cuenta los textos de los cuales parte, sería,
como denominó Moyano, poemática y no
narrativa. También se habla de elaborar el
ejercicio a partir de posibles antónimos de
Matanzas: vida, nacimiento, vitalidad.
Como recurso técnico expresivo se empleará
el zanco; elemento este que no fue usado en el anterior
taller y que le ofrecerá una dinámica
de intervención distinta.
Se piensa también en la incorporación
de elementos complementarios: música afrocubana,
un violinista, un coro, un grupo de danza.
Acción 2
En la plaza. Se suben a la pérgola que custodia
un flanco del parque. Se sitúan entre los rectángulos
vacíos que conforman su techo. La gente se
detiene. Los actores buscan un lugar y respiran. Comienzan
a familiarizarse con el estrecho sitio de apoyo. Clarita
desde abajo les da indicaciones para la respiración
y la concentración. Tienen ya una perspectiva
del sitio de representación. Poco a poco irán
penetrando en él. Los actores comienzan a hacer
pequeños movimientos. Ejecutan ejercicios de
voz. También hay gente que pasa y no mira;
otros quizás miren por primera vez hacia arriba.
Otros ni se atreven a pasar por debajo de la pérgola.
A una orden de Moyano comienzan a decir en altísima
voz versos de Martí. Cantan también
la «Guantanamera»: la gente que pasa sonríe.
Un turista seguramente hace la foto del día.
Cada vez hay más gente mirando a lo alto. Ahora
componen imágenes entre ellos, entre el riesgo
y el equilibrio de los cuerpos. Algunos se atreven
a correr, a trasladarse velozmente; otros permanecen
sentados y no intentan pararse: sería elevarse
sobre el vacío, un vacío que tomará
sentido. La pérgola es un puente, un puente
que cruza la gran ciudad, que atraviesa la vida de
su gente y los obliga a comunicarse, a mirarse, ahora
el que cruza el parque está navegando en los
afluentes que parten Matanzas. El riesgo aumenta.
Terminan el ejercicio sobre la pérgola con
un «grito salido de lo más profundo de
las entrañas del espíritu» —como
ha indicado el maestro— que atraviesa el parque
y choca contra la pared del edificio del Ayuntamiento,
construido el mismo año en que nació
Martí.
Han bajado. Ahora todos, en el piso, trabajan con
una larga banda elástica. Crean figuras, tensan
el cuerpo, se funden, terminan en un amasijo de piel
y carne. Esta imagen será desechada durante
el ejercicio final.
El trabajo se divide. Un actor y una actriz se van
con Clarita para trabajar en la estatua de Martí
y en el símbolo de la Libertad que corona el
parque. El resto que no llega a una decena, se suben
en los zancos y recorren las cuatro calles que flanquean
la plaza pública. Todo termina al mediodía.
Ahora comenzará a andar la idea por las calles.
Noviembre
- 2003
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