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El encanto de la inocencia
Hermann Bonnin completa con “El fabricant
de monstres” una brillante trilogía de
teatro de terror
JOAN-ANTON BENACH
Cuando se estrenó “El fabricant de monstres”
en 1929, el “grand-guignol” llevaba más
de 30 años seduciendo a la buena gente que
se reunía en Pigalle en busca de emociones
terroríficas de alta intensidad. El cine, no
obstante, con la omnipotencia del trucaje, erosionaba
ya la capacidad de sorprender y asustar que había
explorado la artesanía teatral. Era preciso,
pues, que la imaginación supliera, con toda
la perversidad posible, lo que a los efectos especiales
cada vez les sería más difícil
conseguir en el escenario. Así lo entendieron
Max Maurey, Paul Coste y Charles Moitrier al inventar
el siniestro personaje de Brockau, desalmado manipulador
de animales, con los que creaba hórridos engendros.
Los autores exacerbaban la crueldad del género
haciendo del angelito en cuestión el sádico
empleado de una barraca de feria regida por un voraz
empresario, Apol·lon, para quien la mujer barbuda
o el hombre elefante eran antiguallas sin aliciente
mercantil.
En “El fabricant de monstres” no aparecen
los... monstruos. Se oye el resoplar de Bingo, un
gorila disconforme con su mutante destino, y uno ve
el respirar agónico de un perro, víctima
de la sañuda cirugía de Brockau. Eso
es todo. Lo que cuenta, claro, son las palabras, la
situación y la tempestad violenta que se desata
de una atmósfera mórbida, cargada de
locura, de traumas y de pecados muy capitales. Artakoff,
un empresario de circo medio arruinado, trata de reciclarse
en el negocio de las “rarezas” zoológicas
y, para empezar, se llevará a Pina, la hermosa
“partenaire” de Apol·lon, que éste
le cede por un buen puñado de francos. Brockau,
sin embargo, se opone a dicha transacción y
el cuento toma la senda de una tragedia de celos,
codicia y pasiones lujuriosas cuyo último capítulo,
presumiblemente, se escribirá tras el final,
que no voy a desvelar, cuando la escena ha fundido
a negro.
Con “La mà de mico” y “El
far del Maleït”, que ya pasaron por el
Espai Brossa, “El fabricant de monstres”
completa brillantemente una “trilogía
del terror” que Hermann Bonnin ha montado con
gran sensibilidad, y, en el tercer caso, con una especial
exigencia en la dirección de los cuatro intérpretes,
enfrentados a papeles singularmente difíciles.
Desde el texto, traducido por Sabine Dufrenoy, hasta
los claroscuros de la cuidada iluminación,
pasando por la escenografía de Manolo Trullàs,
el espectáculo denota una lectura que huye
tanto de la ingenuidad como de la ironía autosuficiente.
Un género históricamente “muerto”
no equivale a un género necesariamente afeado.
Bonnin sabe muy bien que de ciertos anacronismos,
sabiamente manipulados, puede emerger el encanto de
la inocencia capaz de albergar, en todo tiempo, los
mismos estímulos que pretendían sus
autores. En este sentido, “El fabricant de monstres”
es como una entrañable colección de
los viejos cromos de chocolate, sombrías estampas
de un horror goyesco, que valdrían un pastón
en el dominical mercado de Sant Antoni.
Pep Jové presta su buen oficio y su ostentosa
figura al tormentoso Brockau, epicentro del terremoto
pasional que se adivina desde la primera escena. Una
formidable actuación. Magnífica tambien
la presencia inquietante de Artakoff, con un Josep
Seguí tan contenido como convincente. La joven
Maria Ribera (Pina) deja de ser una promesa para conquistar
ya una personalidad de actriz expresiva y generosa.
Eficaz el Apol·lon de Miquel García.
Todos fueron aplaudidos con entusisasmo.
Fuente
- La Vanguardia
Noviembre
- 2003
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