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¿Cómo de largas
tienen que ser las piernas de un hombre?
por Antonio Álamo
Sueños de un seductor, obra de teatro de Woody
Allen que luego fue llevada al cine protagonizada
por él mismo, se estrena el 23 de octubre en
Madrid, en el teatro Arlequín. La producción
está capitaneada por el joven equipo de Yllana
con David Ottone como director y Fele Martínez
como protagonista.
Si Alan Stewart Konisberg, conocido como Woody Allen,
no hubiera rodado película ni escrito pieza
de teatro algunas, el mundo sería un lugar
mucho más pobre y tenebroso. Y esto, creo,
es lo mejor que se puede decir de cualquier artista.
Pese a que también es capaz de brillar en sus
piezas narrativas, publicadas casi todas en The New
Yorker, su talento es eminentemente de índole
dramático. Una diáfana y bienintencionada
escritura que ha servido para vertebrar una asombrosa
colección de películas y piezas de teatro
que llevan el sello de la genialidad. Sí, afortunadamente
hasta los más catastrofistas de nosotros podemos
contar con una buena noticia al año: un estreno
de Woody Allen.
Sé que va a sonar exagerado y que él
mismo se reiría del tal afirmación,
pero, en ciertos aspectos, a mí me recuerda
a Shakespeare. Al menos el drama isabelino tiene esa
misma y gozosa libertad de textura en la que se mueve
Allen, fusionando elementos populares y cultos en
una misma ficción. También resulta equiparable
por su inagotable capacidad de reescritura, por su
diversidad estilística (que se apreciaría
aún más si él no repitiera como
actor), por su independencia creativa y por su manera
de quebrar esquemas formales sin que jamás
nos parezca artificioso. Asimismo, en no pocas ocasiones,
como en el drama shakesperiano, el personaje entra
en relación directa y casi íntima con
el espectador. Los personajes de Allen lidian con
una naturalidad pasmosa con los grandes temas –el
amor, la muerte y hasta la posición del individuo
en el universo– y siempre nos parece que están
separados de la felicidad por un delgado tabique cuyo
nombre es “quizás”. Cuando el mensajero
de los dioses entra en escena descubrimos el contenido
del telegrama cósmico: “Dios ha muerto.
Stop. Sois libres de hacer lo que os venga en gana.
Stop. Firma: la compañía de bolas de
billar Moskowitz”.Allen, como Shakespeare, se
mueve en un universo que es atrozmente indiferente
al destino humano y, sin embargo, su mirada resulta
más vital que pesimista. Sea o no exagerada
la comparación, su talento, insisto, es sobre
todo dramático. Antes de que vinieran los del
Dogma, Woody Allen ya se las había ingeniado
para rodar las escenas de la forma más natural
posible: cámara en mano, llegando al extremo
de permitir a sus actores moverse libremente, o bien
diseñando milimétricamente con su director
de fotografía el movimiento de la cámara
para rodar sin apenas cortes. Con un instinto infalible,
hace descansar el ritmo de las secuencias en las palabras
y la interpretación.
Me parece tan natural como envidiable que su escritura
dramática haya buscado el amparo del medio
cinematográfico, pero en media docena de ocasiones
Woody Allen ha pensado sus palabras directamente para
el escenario. La primera obra No te bebas el agua
(1966) es una inteligentísima comedia de soterrada
sátira política, que en su locura y
confusión recuerda al mejor Billy Wilder.
En su libro misceláneo Sin plumas se recogen
dos piezas dramáticas de un solo acto: Dios,
comedia que, con premeditación y alevosía,
se desbarranca en el despropósito (buenos y
no tan buenos chistes sobre una estructura algo amorfa),
y Muerte, donde Allen reescribe sin complejos y tal
vez de un modo inconsciente el inicio de El proceso
de Kafka, otro de los grandes escritores al que ha
recurrido. Y en el tercero de sus libros, Perfiles,
encontramos varias piezas breves en las que se dedica
a rescribir los diálogos de Platón (Mi
apología), de su admirado Bergman (El séptimo
sello) o a esbozar una especie de fábula freudiana,
absolutamente hilarante, con el presidente Lincoln
de protagonista resolviendo una adivinanza del inconsciente:
¿cómo de largas han de ser las piernas
de un hombre?. Pese a todo, Sueños de un seductor,
que ahora protagoniza Fele Martínez, actor
dotado de una exquisita sensibilidad, viene considerándose
la segunda pieza teatral de Allen. En ella vuelve
a centrarse en un personaje que, insatisfecho por
la siempre frustrante realidad, intenta que las situaciones
de las películas formen parte de su vida. La
tercera y última de las obras escritas para
el teatro, La bombilla que flota (1981), comienza
con una bombilla que flota misteriosamente en el aire
y, a partir de esa lograda imagen, se adentra en un
registro más poético y amplio que en
las dos anteriores.
Fuente:
El Cultural
Noviembre - 2003
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