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Después de la caída
Neil Genzlinger. The New York Times

La obra estrenada en los Estados Unidos recorre experiencias de algunos sobrevivientes al ataque a las torres.

Transcurridas dos viñetas de Portraits (Retratos), una serie de estudios de personajes relacionados con los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001, pareciera que Jonathan Bell, su autor, va a lograr lo imposible: presentar un nuevo abordaje de la catástrofe que no pretenda explotarla ni trivializarla. Pero entonces las cosas dan un giro drástico, y la obra nunca se recupera.

"Como homenaje —escribe el autor en la seria nota del programa— decidí amplificar las experiencias personales de un grupo de personas corrientes (aunque extraordinarias) en ese día significativo." Sería perfectamente comprensible que, al leer esto, el público de Nueva York preparara las banderas rojas; en los últimos dos años la palabra "homenaje" ha sido estampada en demasiados programas especiales de la TV, álbumes discográficos, avisos publicitarios, discursos, etc. cuyo propósito ha sido capitalizar, no compadecer.

Sin embargo, la obra tiene un comienzo prometedor, con una serie de grandes marcos de cuadros de Andrew Knapp, que en el algo desaliñado Union Square Theater de algún modo parecen doblemente adecuados. El marco dramático que ofrece Bell también es aceptable. El narrador es un pintor (convincentemente interpretado por Christopher Coucill) que se debate ante un block de dibujo: aunque vio los atentados contra el World Trade Center a través de la ventana de su estudio es incapaz de trasladar el acontecimiento a la tela. Recién cuando deja de intentar copiar el Guernica de Picasso y decide centrarse en retratos individuales puede encontrar su voz artística.

El primero de esos retratos, el de una mujer mayor de Oneida, Nueva York, que torpemente trata de asimilar lo que está viendo por TV haciendo una llamada al azar, quizá tenga una molesta cualidad de autosatisfacción, pero capta con precisión cómo se sintieron aquella mañana millones de estadounidenses alejados de los lugares de los ataques.

El segundo, el de un don Juan maduro, suena un poco a leyenda urbana pero también es revelador, en parte gracias a la persuasiva interpretación de Victor Slezak. La historia de este personaje, en que una malignidad internacional penetra en lo personal de una manera inesperada, logra superar la superficialidad de muchos recuerdos de ese día relatados por personas que no se vieron afectadas directamente. Parte del impacto que lograron los terroristas fue obligar a los estadounidenses a enfrentarse a su propio ensimismamiento.

A partir de aquí, Bell, en lugar de permanecer prudentemente en la periferia del 11/9, se acerca y penetra en un territorio que ha sido tan pisoteado por los medios de prensa y los documentales que ha surgido toda una nueva generación de lugares comunes. Primero, nos presenta a Ajali Bhmani como una musulmana estadounidense que se queja de que ahora es una extraña en su propio país y teme por la seguridad de sus hijos. La perspectiva es válida, pero estas historias se contaban ya a pocos días de los atentados. En este punto, el personaje de Bhmani se vuelve estridente y sermoneador, y para nada esclarecedor.

Después aparece un enfermero (Matte Osian) que viajaba de Quincy, Massachussets, a Nueva York y terminó colaborando en el ground zero. Habla con un fuerte acento bostoniano que distrae y nos revela de inmediato lo que vamos a recibir, otra visión condescendiente de los muchos héroes anónimos de ese día.

La última viñeta tiene algunos momentos honestos: una viuda del 11/9 reconoce que la consume la furia contra su marido que decidió quedarse ayudando a otros cuando podría haber escapado de las torres. Pero la palmadita final tiene regusto a manipulación, como ocurre con otros muchos tramos de Portraits, y el público neoyorquino, al menos, ya es inmune a la manipulación en este tema.

La obra de Bell se dio por primera vez hace un año en el Ridgefield Playhouse de Connecticut. Quizá haya funcionado mejor entonces, más cerca de los hechos. Quizá, también, funcione mejor dentro de diez años. Pero en 2003, Portraits se percibe como una pieza de teatro del momento cuyo momento pasó a fines de 2001.

Traducción: Elisa Carnelli
Fuente: Clarin.com
Noviembre - 2003

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