|
El fascinante “método
Daulte”
JOAN-ANTON BENACH
En el imposible supuesto de que algún día
llegara a dirigir el Institut del Teatre, el arriba
firmante agarraría por el cuello a Javier Daulte
(Buenos Aires, 1963) y mediante un contrato ad hoc
le obligaría a impartir intensivos y sucesivos
cursos de dirección a los aspirantes a ganarse
la vida en esta rama de las artes escénicas.
Nuestro venerable centro académico cuenta con
un profesorado altamente cualificado, pero Daulte
aportaría acentos nuevos o poco explorados.
Hablaría, por ejemplo, de la importancia de
los “márgenes”, de los detalles
más alejados del foco dramático, de
las interjecciones, de los diálogos simultáneos
y cruzados que nunca degeneran en barullo, del factor
enigma que va uniendo con parsimonia las piezas de
un “puzzle” inquietante...
Sobre éstas y otras cuestiones, Javier Daulte
impartió provechosas lecciones en un taller
organizado hace poco por la sala Beckett. De él
salió “4D Òptic”, espectáculo
recién estrenado y que, francamente, merece
llenar cada noche, y hasta el 14 de diciembre, en
el Espai Lliure. No se trata, aviso, de ninguna obra
de tesis, ni siquiera de un texto –en buena
medida ful y con un soterrado sentido del humor–
cuyos contenidos ofrezcan un especial interés
moral o político. Situada en los dominios de
la ciencia ficción, la pieza alude a un futuro
donde poquísimas multinacionales, enfrentadas
a muerte, controlarán los avances científicos,
y contiene unas especulaciones sobre leyes físicas
universales, cuya vulneración podría
conducir a fantásticos y catastrofistas corolarios
filosófico-metafísicos.
Pero, insisto: aun cuando la anécdota resulta
intrigante, no es desde el punto de vista textual
que “4D Òptic” muestra sus mejores
cartas. Lo realmente admirable es el juego teatral
en sí mismo, una dramaturgia de crucigrama,
enrevesada, compleja, sosteniendo una acción
orquestal en la que todo funciona a la perfección,
milimétricamente.
Matrícula de honor merece la dirección
de Daulte –inventor del espléndido laberinto–,
así como la obviamente tenaz labor de sus ayudantes,
Adriana Roffi y Toni Casares. Ahí están
los resultados: ocho intérpretes –cinco
actrices y tres actores–, casi todos noveles,
desenvolviéndose con la seguridad y eficacia
de los mejores profesionales. El desafío se
las trae. Imaginen el más intrincado episodio
de la televisiva “Dimensión desconocida”,
pautada por unos fundidos perfectos (Daulte) y unos
silencios misteriosamente acariciados por una música
(Carles Torr) que se diría inspirada en la
banda sonora que Bernard Hermann compuso para “Vértigo”.
Imaginen una convención en virtud de la cual
coinciden en muchas escenas personajes reales y personajes
virtuales que deben ignorarse mutuamente. Piensen
que son 19 personajes, que sólo son 8 los intérpretes
y que la acción tiene un ritmo trepidante.
Deducirán de ello que actrices y actores se
ven obligados a movimientos muy medidos y a unas metamorfosis
febriles, compromisos que exigirían un buen
oficio. Pues bien, los catecúmenos salidos
del taller de la Beckett lo resuelven con absoluta
autoridad.
El “método Daulte”, que pudo admirarse
ya en “Bésame mucho” y en “Gore”,
alcanza aquí un perfeccionismo fascinante.
Quitando diez minutos a su muy alambicado tramo final,
la pieza sería irreprochable. En todo caso,
el “método” del excepcional creador
argentino supone una brisa vivificante para los usos
y costumbres que privan en la escena local. O eso
me parece.
Fuente
- La Vanguardia
Noviembre
- 2003
|