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El homenaje antimilitarista
a Ivà
JOAN-ANTON BENACH
Dos tragedias quebraron la racha afortunada de aquellas
“Historias de la puta mili”, de cuyas
tres entregas se hicieron a partir del año
1989 más de mil representaciones para más
de medio millón de espectadores. Murió
el “comiquero” Ivà, compinche del
“teatrero” Àngel Alonso, el dúo
inventor de aquellos petardos antimilitaristas, y
murió luego Ramon Teixidor, gran actor, cómico
excepcional que, entre otros vacíos, nos castigó
con la ausencia del inolvidable sargento Arensibia.
Resulta perfectamente lógico que el calamitoso,
nauseabundo asunto de Iraq y la patética intervención
española en él, dictara a Àngel
Alonso la imperiosa urgencia de homenajear a Ivà.
Confieso que una parodia disparatada como las precedentes
en torno a un conflicto que día a día
es un goteo de muertes absurdas introducía
un serio prejuicio sobre la oportunidad del cuarto
capítulo de “Historias de la puta mili”
ubicadas justamente en el martirizado Oriente Medio.
Àngel Alonso ha logrado eludir, sin embargo,
los efectos contraproducentes de una recreación
de “las escenas y situaciones” propuestas
en su día por Ivà, o inspiradas en ellas,
y ha centrado el nuevo episodio de la serie en el
mismo núcleo que tuvieron en su día
y sin salirse de él. Es decir, un pelotón
de torpes reclutas adiestrados por un sargento, monumental
cateto, que no iba a ser Arensibia, por puro respeto
al inimitable Ramon Teixidor. Aquí, el asno
uniformado es el sargento Cohones.
La gresca tiene su primer gancho en los arquetipos
que acuden a alistarse a un ejército que ya
es “profesional”. Hay un gallego embadurnado
de chapapote, un cubano negro con el movimiento y
el ritmo tropical a flor de piel, un muchacho atónito
por el volumen de su dotación genital y un
skin en busca de la magra soldada. El segundo aliciente
de la farsa se halla en la acusada juventud de los
intérpretes, su escasa experiencia escénica
concuerda muy bien con la grotesca torpeza de su primer
entrenamiento militar.
Las diez “historias” que componen el
espectáculo, con los insertos de un narrador
magrebí y la presencia de unas máscaras
de Bush y de Aznar deliciosa la de este último,
encierran una comicidad desigual y ciertos guiños
dedicados a los espectáculos precedentes, una
menor entidad que la alcanzada en su momento por el
original. Pienso, sobre todo, en el cuento del árbitro
vendido al Real Madrid, el truco del sargento empeñado
en despertar la fiereza de un recluta ante un eventual
ataque a la bayoneta calada. El último episodio
ofrece, a mi juicio, una exagerada dimensión
escatológica, y los “gags” fabricados
con pólvora mojada alternan con chispazos brillantes
y muy efectivos.
Àngel Alonso ha alcanzado su propósito
y en la función primera, las carcajadas, especialmente
las juveniles, fueron constantes.
Fuente
- La Vanguardia
Noviembre - 2003
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