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La perenne lección del doctor Stockmann
JOAN-ANTON BENACH

El debate que propone el texto no ha perdido un ápice de interés para quienes mañana iremos a las urnas

Sólo con sus dramas románticos de juventud y los grandes retablos simbólicos, el noruego Henrik Ibsen (1828-1906) no hubiera sido el gigante que con su obra posterior a 1875 sentó la primera cátedra del teatro naturalista moderno. Una lección decisiva para un teatro, además, socialmente comprometido. Aplaudido y denostado por la sociedad de su época, el dramaturgo se erigió en involuntario “enemigo del pueblo”, y esa misma conciencia le sirvió de título a la obra más directamente política de su madurez.

“Un enemic del poble” (1882) narra el acoso y la ruina del doctor Stockmann, médico de un balneario que asegurará la prosperidad de la ciudad, pero cuyas aguas el hombre descubre peligrosamente contaminadas. El combate de Stockmann por dar a conocer ese hecho, que liquidaría en un santiamén las perpectivas de negocio de inversores y comerciantes, y la firme voluntad de silenciarlo por parte de las fuerzas vivas del lugar plantea en la obra una tensión dramática creciente, alentada por Peter Stockmann, alcalde fácilmente proclive a la corrupción y hermano del honrado hombre de ciencia.

“De què serveix la veritat si no es té el poder?”, se pregunta la esposa al punto de dar comienzo el acoso y derribo del doctor. Si en su día “Un enemic del poble” fue una bomba, el desarrollo de las democracias occidentales a lo largo del siglo XX revalidaba una y otra vez, y hasta ahora mismo, la vigencia de este drama. Cada dos por tres, como vemos, la política se hace esquiva de la moral, y los silencios, las mentiras y las piruetas con que los gatos se disfrazan de liebres tratan de embobar a las buenas gentes con el propósito de conseguir la sacrosante “mayoría”, aunque sea una “mayoría pervertida”. Aquella decisión con la cual la mayoría niega una verdad objetiva no tiene ningún valor, razona el doctor Stockmann.

“Un enemic del poble” es pues una lanza clavada en el corazón de los derechos democráticos, y el debate que propone el texto no ha perdido un ápice de interés para quienes mañana iremos a las urnas y, de modo especial, para los jóvenes que se inician en el ejercicio de su plena ciudadanía. A la directora Carme Portaceli le ha interesado potenciar esa virtualidad del drama ibseniano y, en tal sentido, su trabajo en lo que atañe al comportamiento de los personajes es extraordinariamente diáfano. Quizá demasiado. Quiero decir que los malos de la historia quizá son demasiado malos y que los chantajes y extorsiones se expresan sin aquella circunspección con la que se va tejiendo el terrible complot contra el doctor Stockmann. El montaje tiene algunos otros puntos débiles, aunque no especialmente graves. En el acto primero hay unos movimientos corales desconcertantes y los intérvalos entre una y otra escena denotan a veces un tremendismo bastante ingenuo. La escenografía (Paco Azorín) y los trucos para crear los diversos ambientes en una obra que se representa sin interrupciones constituyen, en cambio, un modelo de eficacia y pulcritud.

Salvo en alguna figura de poca relevancia, Portaceli ha realizado una muy estimable labor dirigiendo a los intérpretes, entre los que destaca con vigor quien asume el papel del doctor Stockmann, Manel Barceló, incorporado a un grupo muy rodado pero que ha establecido una franca sintonía con él. El actor pone convicción y emoción a su personaje, maneja la ironía y la fiereza con absoluta precisión y, por si fuera poco, se adapta con soltura a la dicción y a las peculiaridades valencianas del texto traducido por Juan V. Martínez Luciano, estrenado meses atrás en Valencia por un equipo de intérpretes de esa comunidad. De mostrarse algo menos vociferante, algo menos luciferino en su gestualidad, Enric Benavent sería el perfecto, despreciable alcalde en esta crónica de corrupción que el autor elevó a la categoría de implacable e higiénica denuncia.

Fuente - La Vanguardia
Noviembre - 2003

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