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Nuevas esquinas del Teatro
Venezolano (II)
—y de otras partes—
Medea bajo un arco de tiempo
Omar Valiño | La Habana
También
la vigésimo octava edición del
Festival de Teatro del Oriente brinda la oportunidad
de apreciar, junto a la muestra venezolana,
a grupos de distintos países del mundo.
No solo el público de Barcelona, el centro
del evento, sino el de las ciudades y localidades
vecinas, ha tenido la oportunidad de ver, como
cada año, espectáculos que confirman
la acostumbrada pluralidad de este arte. Entre
ellos se destacó una propuesta eslovena,
tal vez sin alharaca el acontecimiento más
perdurable del festival.
Al contrario de la Medea Material venezolana
presentada aquí y que comentamos la semana
pasada, la del Mini Teater Ljubljana, de Eslovenia,
procede contra el posible barroquismo al asumir
el texto de Heiner Müller. Inicia el acto
una canción suave, de hermosa melodía,
interpretada en vivo por Dikta Haberl. El director,
Ivica Bulján, ubica solo a Medea y a
Jasón en una casa de familia, si derruida
mejor, y los despoja de todo lo que no sea la
fuerza de sus argumentos inscritos en sus respectivos
monólogos. Medea, bajo el arco de una
antigua puerta, prorrumpe en palabras que son
como disparos en la voz y presencia extraordinarias
de la actriz, de poderosa figura y expresión.
Después de tirar afuera un paquete amarrado
toscamente, donde presumimos están los
restos cercenados de sus dos hijos, apenas se
mueve. |
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Como en un trance tras el crimen horrible, toda la
rabia y los reproches a Jasón registran el
cuerpo de Senka Bulic, cargada hasta el tuétano,
y salen como fuego por su boca. Se recuerda a sí
misma traicionando a los suyos, entregando a su hermano,
permitiendo la conquista de su tierra por Jasón
y sus tropas. Describe el futuro horrible que esperaba
a sus hijos, parias despojados de derechos en una
patria propia pero ajena en razón de su nacimiento
y estatus. Concluye, se retira.
Tras ella divisamos a Jasón en calzoncillos,
envuelto en el humo de los cigarrillos y entre latas
de cerveza que se apilan a su lado mientras ve un
televisor que no vemos. Cuando pensamos que nada podrá
oponer a esos argumentos de Medea, se coloca un sobretodo
negro, típico entre los rockeros. Toma un micrófono,
que es aquí símbolo de poder, y reacciona
de manera brutal. A veces interrumpe su defensa de
la conquista, del machismo, de la fuerza y se lanza
al suelo en cuatro patas. Habla de violar, disparar,
matar. Como un perro rabioso ataca, como una fiera
muerde. Tanto que asusta y sobrecoge. El actor Marko
Mandic, absolutamente concentrado y entregado, lo
hace también de maravillas. Termina, no hay
diálogo, apagón.
Yo no dudo, por supuesto, de las magníficas
condiciones interpretativas de la pareja, pero no
se puede soslayar tampoco que en ellos se da una interesante
doble condición: la pertenencia a una región
y unos pueblos de ancestral relación con el
mundo griego y que han, hasta en fecha aún
muy reciente, combatido entre sí por diferencias
de origen económico, étnico, cultural
y religioso. Baste si no recordar la más reciente
y todavía quemante guerra de los Balcanes.
Todo ese genotexto de exclusiones y marginación,
de pérdidas y estupideces humanas, de manipulaciones
y oportunismos aflora en la actriz y el actor, así
como en el inteligente dibujo del contexto actual
del espectáculo, de ninguna manera reductible
a una situación micro localizada, sino al paisaje
total de este planeta.
En términos de lenguaje tal actualización
es eficaz gracias a una máxima síntesis
en la poética de construcción del montaje,
comenzando por la renuncia de la «historia»,
de los sucesos harto conocidos para concentrarse en
la búsqueda de sentido de esos lejanos acontecimientos
hoy, y terminando en el uso de mínimos elementos
descriptivos de ese presente. Los hermosos trajes,
apenas una pieza en cada caso, ejemplifican ese arco
entre lo antiguo y lo contemporáneo. Y, se
sobreentiende, esa elección de una casa de
familia como situación de enunciación
(aunque aquí se hizo en un museo con una planta
arquitectónica colonial que la representaba),
huyendo del edificio teatral y acercándose
a la «cotidianidad» de tales hechos.
Medea Material se ofrece como un golpe en la sensibilidad
y conciencia del espectador. También aquí
se asume orgánicamente porque es apenas performance
que transcurre en escasos treinta minutos. Perfecta
muestra de que el teatro tiene vías autónomas,
no literarias, para comunicarse, pues todo el texto
es dicho en el idioma original de los actores, si
bien en menor o mayor medida conocido en su fuente
primaria o a través de Müller.
Ha de andar bien el teatro en Eslovenia cuando en
menos de un mes es capaz de impresionar tan vivamente
con grupos distintos a públicos de Cuba y Venezuela.
Recuérdese el comentario que hice en este mismo
espacio, hará tres semanas, de ¿Quién
le teme a Tennesse Williams?, de Mladinsko Teater.
Y ahora esta Medea bajo ese arco de tiempo.
Noviembre
- 2003
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