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El Teatro Nacional de Guiñol, escuela, tradición y continuidad
Yamina Gibert | La Habana

La titeretería cubana, autodidacta o académica, sostenida por logros y hallazgos dado su afán resistente de permanencia, ha tenido base fundamental en el mantenimiento de una tradición de esencia primitiva, sustentada por la transmisión generacional de un oficio popular.

Hoy a todos nos gustan los fantásticos animatronics y disfrutamos fabulosas realidades virtuales, sin embargo, paradójicamente, sentimos especial emoción por la proeza de un «viejo» títere animado por la más auténtica energía humana. Cuando analizamos el desarrollo histórico del teatro para niños en Cuba, constatamos su natalidad reciente.

La titeretería cubana, autodidacta o académica, sostenida por logros y hallazgos dado su afán resistente de permanencia, ha tenido base fundamental en el mantenimiento de una tradición de esencia primitiva, sustentada por la transmisión generacional de un oficio popular. Experiencia que se replantea a lo largo de los años por sucesivos aprendices, que aportan la impronta de un quehacer artesanal conservado como fuerza mágica que nos permite huir de la fría supermodernidad. Un movimiento muy dado al peregrinar masivo de múltiples juglares, algunos intachables alquimistas, otros simples mercaderes aficionados de obras de arte baratas.

No solo ha influido en el carácter formal del teatro de muñecos la primacía del empirismo, o una academia sólida como el ISA. Igual o en primera instancia, lo ha hecho el Teatro Nacional de Guiñol, la célula madre, la fundamental compañía base. Sus fundadores nos enseñaron la responsabilidad que entraña abordar este género que exige cautela, rigor profesional y un estudio profundo del fenómeno, porque el rescate de un patrimonio cultural no puede ser enfrentado de forma superficial.

El manifiesto del Guiñol Nacional de Cuba de los años 50 expresaba que la fundamentación artística de una compañía de teatro para niños y de títeres debía hacer énfasis en la representación de un arte escénico verdaderamente nacional, formador de valores humanistas. La base conceptual de este pensamiento filosófico decía que la función estética del arte, dada por su capacidad de formar el espíritu creador, aseguraría, de alguna manera, el perfeccionamiento del gusto, teniendo influencia educativa intelectual.

En tal caso, Carril y los Camejo también nos legaron la necesidad de practicar el teatro como un acto de fe, de fuerte pertenencia, entrega total y rito de laboratorio, como los actores itinerantes de la comedia del arte y los titiriteros ambulantes que, con su retablo a cuestas, muchas veces se inmolaron junto a sus muñecos, haciendo de su vida el teatro y del teatro la vida, con más ganancia espiritual que material.

Cuenta Dora Alonso, que en 1955 Pepe Carril y los hermanos Camejo, insistiendo en buscar un teatro nacional para niños, le solicitaron un libreto para actores y muñecos porque este público debía tener algo teatral nuestro como en la literatura. Ella se les unió al entusiasmo creativo, elaboró una pieza siguiendo su poética personal. Sucedía que estos artistas que trabajaban un repertorio formidable de la literatura universal, habían comprobado en la práctica que las obras cubanas eran más populares, por eso reclamaron un drama original que expresara con más fuerza la nacionalidad. Los textos motivados fueron Pelusín y los pájaros (1956) y Pelusín Frutero (1957), propuestas sintéticas para títeres de guante y retablo, reveladoras de acertadas metáforas que proporcionaron el nacimiento de nuestro títere nacional, la confirmación de los conceptos teóricos para la selección textual de un repertorio.

Ellos fueron un principal antecedente. Pero el año 1963 marcó el acontecimiento definitorio, se inauguró una nueva sala para el Teatro Nacional de Guiñol, y en ella se quisieron ubicar puestas de gran formato donde se complejizaran recursos técnicos expresivos. El 14 de marzo de 1963 ocurrió la fundación. La inauguración la protagonizó el estreno de Las cebollas Mágicas, de la brasilera María Clara Mashado, como resultado de un taller o proyecto de colaboración soviético cubano en el edificio Focsa, de nuestra capital. El repertorio fue fortaleciéndose con la venida de nuevos actores y obras de dramaturgos como Aristófanes, Lorca, Valle Inclán, Zorrilla, Cervantes, Moliere. Se recuerdan con especial devoción las puestas memorables de La Loma de Mambiala, Don Perlimplín, El Cartero del Rey, La Celestina, Don Juan, La corte del faraón, Pelusín del monte, Ibeyi Aña, Changó de Ima, El maleficio de la mariposa, Pluff, el fantasmita, El Mago de Oz, La Nana, Tintín Pirulero.

Tal vez se pudieran significar tres etapas para guiar su estudio, la primera del año 63 al 73, donde la exquisita selección de obras se distingue para los más diversos públicos, no falta el teatro universal y existen guiones que nacen de la tradición campesina y folklórica de origen africano y de los cuentos clásicos.

En la década del 60 se le insufló a la cultura cubana la energía que antes del 59 le había sido negada. Se implementaran colectivos de guiñol en todo el país, auspiciados por el Consejo Nacional de Cultura y el Guiñol Nacional de los Camejo. Sin embargo, a partir del 66 declina la actividad teatral por torpezas administrativas institucionales y porque faltó una política cultural teatral definida. Esta situación, según nos cuenta Rine Leal en sus estudios, creó un ambiente de sospecha, de prejuicio, de predisposición poco propicio al desarrollo del talento y se perdieron creadores y creaciones por el deseo excesivo de didáctica y de trasplantar el discurso político al estético. Pero el arranque de la década, con sus Festivales, concursos y el desarrollo del Teatro Nacional de Guiñol, ya había posibilitado el ascenso cuantioso de un movimiento cultural. Este no cesó su práctica y su lucha por la estabilidad.

Al comenzar los’70 el país se debatía en una seria lucha ideológica y económica y en el teatro, el desencuentro apuntaba al resquebrajamiento del diálogo. La práctica institucional errónea que venía de los 60 trajo susceptibles bajas y rupturas en la primera mitad, y aunque el teatro titiritero -en lo que el teatro dramático se resentía mucho más- se sobrepuso a pesar de la situación discordante, viéndose rotas continuidades estéticas como las de Carril y los Camejo, que no tuvieron en ese momento sucesión posible. En estos años se generan marcas traumáticas al movimiento, se fusionan colectivos, surgen otros, y sin embargo, se gesta el fortalecimiento de una dramaturgia específica para niños y jóvenes, con estructuras y conceptos más sólidos o menos simplistas.

En pos del reajuste, los problemas suscitados con la creación comienzan a superarse, y es con la fundación del MINCULT en el 76 que el diálogo institución-creación comienza a fluir y se reorienta la continuidad que bien aprovecha, la formación emergente de artistas titiriteros, y se intensifica nuevamente la representación artística, la permanencia y la acumulación cognoscitiva. La experiencia mantiene su paso de maestros a grupos, de generación a generación.

Llegando a los 80, se recuperó el encuentro. Florecieron incontables estilos, se consolidaron talentos y fructificaron estéticas. Poseíamos una academia de lujo como el ISA y fue tan potente el movimiento práctico que cuando se agotó su continuidad cualitativa ascendente se sintió demasiado fuerte su debilidad. Esto coincidió con el entorno político mundial de la última década del siglo XX que puso en shock a la nación. Así el teatro, punto ínfimo en el horizonte volvió a perder fuerza, y se hizo imprescindible el cambio hacia otra estructura institucional que tendría que resolver la reevaluación de la escena en las nuevas circunstancias. Así llegaron los proyectos.

Estos fueron años de transición y polémica, de afirmación y continuidad. En el Teatro Nacional de Guiñol por su parte, aparecieron en el repertorio autores contemporáneos, directores artísticos y actores que ingresaron al elenco porque se insistía en el arribo de aires de renovación. Armando Morales, actor, diseñador y director, transgredió su espacio y sentó importantes pautas para el devenir de las nuevas producciones de los 90. Al realizar el estreno de Érase una vez un mundo al revés, con Teatro de la Villa, dio un punto de giro esencial por la atinada revalorización del género tratando la vuelta del protagonismo del retablo, la exquisitez de la utilización de los recursos expresivos, dosificando y explorando al máximo las posibilidades teatrales en función de la animación.

Considero que el colectivo del Teatro Nacional de Guiñol, comandado por Roberto Fernández y Armando Morales, sin desprenderse de la savia de los precursores, ha sido determinante en el desarrollo de la generación titiritera de los 90. La agrupación, con sus clases magistrales y talleres, sabios consejos y habilidades prácticas, ha intervenido e interviene en la formación de jóvenes artistas. Por distintos caminos han sido y son decisivas sus influencias, presentes en nuestras escuelas de arte, en los proyectos Teatro de Las Estaciones, Trujamán, Pálpito, La Estrella Azul, La Carreta de los Pantoja, entre otros.

Hoy a 40 años de la fundación, en momentos en que se reconstruye la sede -¿casualidad histórica?- recordamos no sólo su labor fundacional de los guiñoles del país por los Camejo, quienes hicieron realidad el sueño de la Revolución, que sabía imprescindible por esta vía, el crecimiento espiritual de la infancia y la adolescencia.

Octubre - 2003

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