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En PRIMERA FILA
Amado del Pino | La Habana

El XI Festival de Teatro de La Habana permitió asomarse a diversas tendencias dentro del teatro actual. Se pudo ver teatro-calle, espectáculos unipersonales y obras con preocupaciones sociales o culturales. El público habanero ratificó su pasión por el escenario tanto en los espectáculos extranjeros como en los de casa.

Al cierre de esta edición de La Jiribilla y cuando faltan unas horas para que caiga el telón del XI Festival de Teatro de La Habana, amplío mis notas sobre espectáculos recién vistos en salas o espacios abiertos colmados de un público entusiasta y conocedor.

Empiezo por casa. Esta vez la muestra cubana resultó bastante sucinta y se concentró fundamentalmente en títulos premiados en festivales recientes organizados por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

Del gran dramaturgo Virgilio Piñera llegó desde Santiago de Cuba Dos viejos pánicos, interpretada por Teatro A Dos Manos. Ramiro Herrero utiliza en su totalidad la letra de este delirante texto, pero acentuando lo humorístico y dejando en segundo plano la fuerte carga existencialista del original virgiliano. Una escenografía coherente y una rica banda sonora sirven de apoyo a las formidables actuaciones de Dagoberto Gaínza y Nancy Campos. El primero obtuvo Premio de Actuación Masculina en el Festival Nacional de Teatro, hace ahora un año. La Habana aplaudió también su prodigiosa cadena de acciones y el juego con lo popular sin renunciar a la claridad conceptual.

Mucho se comentó sobre el encanto y el virtuosismo interpretativo de La edad de la ciruela, a cargo de Teatro D’ Dos. Acerca de este montaje de Julio César Ramírez opiné por los días de su estreno y llamé la atención sobre lo sólido de la dramaturgia, a partir del consagrado texto de Arístides Vargas .Los participantes en el Festival Nacional de Camaguëy, asistimos a la atmósfera de fascinación que concluyó con los dos premios de Actuación Femenina para Deisy Sánchez y Yaquelín Yera. Ramírez ratifica su vocación por la sobriedad y su apuesta al actor como centro que se hizo visible en su aplaudida La casa vieja y en El zapato sucio, también presente en la cartelera del Festival.

Con ropa de domingo, del grupo Pálpito, es uno de esos espectáculos que ratifican la confianza en las posibilidades y las funciones de lo teatral. Tiene mucha razón el dramaturgo Freddy Artiles al hablar en las Notas al Programa de que «La ternura y el humor se entremezclan en esta pieza del muy joven Maikel Chávez». Además, la sobriedad es palabra de orden en un divertimento lleno de poesía, dirigido por Ariel Bouza, y que le rinde culto al juego escénico. Los actores entran y salen de los personajes, pasan del gesto cotidiano a la manipulación efectiva de títeres. El argumento se teje a partir del muy representado y delicioso cuento de Onelio Jorge Cardoso, El cangrejo volador. Xiomara Palacio y Maikel Chávez vertebran la narración y suman las contradicciones de los personajes de la madre candorosa y el hijo que quiere ser titiritero a la metáfora de la voluntad que procede del texto de Onelio. A ritmo de estilizada música campesina, esta sencilla y a la vez rica ropa de domingo se convirtió en un soplo de aire legítimo dentro del Festival.

Mientras redacto estas notas, el público se encamina hacia la sala Hubert de Blanck para disfrutar de uno de los espectáculos nacionales que ha contado con una de las mejores respuestas de los espectadores. Cabaiguán- La Habana- Madrid, Premio Tirso de Molina 2000, retoma el reflejo de las costumbres, se apoya en el habla popular y —como advierte el autor en las notas al programa— pone sobre el tapete, entre broma y broma, asuntos muy serios de nuestra contemporaneidad.

Estamos ante una comedia realista muy detallada en cuanto al manejo de las situaciones. Cid dialoga con fluidez y no se limita en el decir de los personajes. La abundancia del verbo no desemboca en fastidio o aburrimiento por la vitalidad de los personajes y la eficacia del argumento. La puesta en escena de María Elena Soteras respetó esa vocación extensa y, al parecer, confió en que el público agradecería las más de dos horas de representación con tal de reír, mientras espera por el sorpresivo final. En la función a la que asistí los espectadores aceptaron de buena gana la ya inusual duración, pero el espectáculo hubiese ganado en solidez con una síntesis de las transiciones, demasiado cercanas al tiempo real. También hubiese agradecido cierta poda o mayor teatralización de los monólogos-confesiones de los personajes, interesantes en las ideas que exponen, pero con una fuerte vocación descriptiva. Desde el punto de vista actoral, sobresale el encanto de Miriam Learra y la contenida gracia de Pancho García.

Los visitantes
Desde Dinamarca llegó el grupo Batida Teatro con una Obertura que ha despertado un sentimiento cercano a la unanimidad entre los participantes y el público. Con dirección de Giacomo Ravichhio, la puesta de Teatro Calle preserva elementos dramatúrgicos como la construcción de situaciones coherentes y la presencia de acciones dramáticas sencillas pero poderosas. El trabajo en espacios abiertos —sobre todo en los parques— los foguea en los trucos de la espectacularidad y el manejo de un sobrio pero vital sentido del humor. Los daneses saltan la barrera del idioma apelando a construcciones elementales en inglés y, sobre todo, a una riqueza del lenguaje extraverbal que permite seguir las delicias del argumento. La alternancia entre lo musical y lo dramático resulta también ejemplar. El sonido no ilustra, sino que acompaña y enriquece el tejido de las insólitas situaciones.
Coyote, del portugués Teatro Lendias d’Encantar propició el desconcierto entre los asistentes al Museo Nacional de Bellas Artes. El comienzo del espectáculo, dirigido por Carlos Curto, resulta agradable e interesante. La escenografía, resuelta a través de ropas dispersas, sugería un rico juego teatral. Pero el montaje se apoya en la palabra, expresada casi todo el tiempo de frente al público por el actor Antonio Revez. Los que no sabemos portugués nos sentimos bastante ausentes de una propuesta en que los elementos de comunicación visual son bien pocos. Creo que ante casos como este deberá facilitarse al público una copia con la esencia del argumento. Más allá de la barrera del idioma, el montaje se convierte en una suerte de confesión hablada o narración oral. Todo parece indicar que hay belleza poética en la desgarrada historia del protagonista y el actor Revez demuestra algo de fluidez y sinceridad expresiva, pero la linealidad de la puesta lo limita en su posible lucimiento.

Obertura y Coyote representan dos maneras distintas de enfrentar un público desconocedor del idioma original. En estos casos se hace imprescindible que el lenguaje del gesto y otros elementos espectaculares establezcan una comunicación más universal.

El triciclo, del español Jácara Teatro, tiene como base un texto de Fernando Arrabal autor vinculado a las transformaciones de la función del texto teatral en la segunda mitad del siglo XX. Estamos ante un diálogo brillante, sutil, apasionado por los contrastes; frente a una situación tragicómica y unas relaciones que van de la rutina a la ternura entre los marginales que protagonizan el argumento. El director, Juan Luis Mira, parece jugarse la mayoría de sus cartas a la efectividad y el misterio del texto de Arrabal. El ritmo de la puesta resulta por momentos encantador y, hacia la mitad del espectáculo, decae por la repetición de las claves de un juego escénico insuficiente. Las luces, que logran un hermoso efecto final, debieron incidir más en el resto del montaje. La música y los efectos sonoros, a cargo del propio director sobre la escena, sí apoyan las situaciones dramáticas, pero no está del todo resuelta la imagen y la función del pianista sobre el escenario.

Desde Colombia nos llega El enano, versión libre de la novela de Lagerkvist. Aquí asistimos a poderosas y eficaces imágenes escénicas. Formidable entrenamiento exhibe la actriz Clara Inés Ariza, que logra convertir el ruidoso tanque que la acompaña en una suerte de segundo personaje. Sin embargo, lo fragmentado de la dramaturgia, la recurrencia en un decir monocorde durante los largos, y un tanto artificiosos, cambios de vestuario empañan la comunicación con el espectador. No estoy pidiendo que la historia se contara de una forma más clara ni rechazando la voluntaria crudeza del espectáculo. Sucede que las respetables convenciones del montaje me sirvieron para comprobar la sinceridad y el rigor de las búsquedas, pero no para conmoverme con el resultado de la compleja metáfora teatral.

En una especie de viaje de vuelta llega la compañía Apsara con Dolores en La Mayor. Aquí se pretende devolver las imágenes clásicas del cabaret en un juego a través de un texto que resulta redundante y un discurso teatral agradable, pero demasiado extenso. La actriz Silvia Barreiros, a cargo también del texto, da pruebas de buena distribución de la energía y sentido del humor, pero agota sus recursos por la repetición de frases y gestos desde el largo prólogo. En la dramaturgia abundan los lugares comunes y los atisbos de nostalgia por el teatro popular se pierden entre chistes no siempre felices.

Hace tiempo no veía una sala tan abarrotada como el Noveno Piso del Teatro Nacional en la primera función de Quíntuples, procedente de Puerto Rico. Teatro del Sesenta estuvo en La Habana con este espectáculo hace quince años y resulta notable la lozanía que conserva. Luis Rafael Sánchez es uno de los más importantes escritores puertorriqueños con títulos muy difundidos como La guagua aérea o La importancia de llamarse Daniel Santos. Para el teatro —además de los seis monólogos que integran Quíntuples— ha escrito obras muy recordadas: Antígona Pérez o Casi el alma.

A nivel de puesta en escena, Rey Pascual y Miguel Vando parten de una estructura simple y de escasos elementos. La cercanía y complicidad del público se convierten en la base de la teatralidad del montaje. Delirante resulta el intercambio en el monólogo de Carlotta Morrinson, embarazada y demasiado precavida.

En las actuaciones está el corazón de Quíntuples. Idalia Pérez Garay tiene aquí muchas oportunidades para el lucimiento como actriz consagrada. En el primero de los personajes que asume se aprecia levemente excesiva y un tanto común en su desenfado, pero a partir de ahí su labor es un encanto por el manejo de las sutilezas, la colocación y riqueza de matices de su voz para darle cuerpo a criaturas bien diferentes. José Félix Gómez demuestra precisión, amplio dominio del espacio escénico y gracia para que lo preciso de sus acciones no se confunda con lo rutinario.

El XI Festival de Teatro de La Habana permitió asomarse a diversas tendencias dentro del teatro actual. Se pudo ver teatro-calle, espectáculos unipersonales y obras con preocupaciones sociales o culturales. También el humor, tan cara al cubano, pudo disfrutarse por estos intensos días. Además, el público habanero ratificó su pasión por el escenario tanto en los espectáculos extranjeros como en los de casa.

Octubre - 2003

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