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DEL TEATRO DE ARRUFAT
Abel González Melo| La Habana
Las tres partes del criollo es
la décima pieza teatral de Antón
Arrufat. La cualidad escénica de la obra
asume la interconexión de géneros
como base de una poética que ha crecido
a lo largo de casi cincuenta años, desde
que publicara sus primeros poemas en Ciclón
y tras la aparición de su tomo de Teatro
en 1963.
Todos inventamos un pequeño cuento cada
vez que nos prodigamos a una pasión o
a un deseo, y acaso por ello, desde que en 1957
Arrufat firmase y estrenara El caso se investiga,
el curso de sus historias para el teatro ha
comulgado con la sustancia narrativa que hasta
hoy lo acompaña, con el lujo del lenguaje,
del conocimiento y de la tradición que
amparan y promueven una circunstancia dramática.
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Él posee varios signos que lo distinguen entre
los dramaturgos cubanos en activo. No forma parte
del grupo surgido con la Revolución: comienza
a estrenar en los cincuenta y continúa en los
sesenta. Jamás ha dirigido una obra suya. A
diferencia de muchos que han permanecido con altas
y bajas en las carteleras, el silencio que él
ha detentado entre los ochenta y los noventa es singular.
Y sin embargo, qué relación tan estrecha
con el teatro como universo. Durante décadas
fue íntimo amigo de Virgilio Piñera,
a quien luego ha estudiado y difundido. Asesoró
varios montajes en Teatro Estudio. Ha escrito notables
ensayos sobre Chéjov, Strindberg y Sartre,
pilares de la escena contemporánea. Domina
como pocos las obras del bufo y a los clásicos
cubanos del siglo xix, en especial las personalidades
de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Joaquín
Lorenzo Luaces. No se trata de un desentendido.
En una primera etapa de su creación dramatúrgica
pueden ubicarse seis obras, escritas entre 1957 y
1964.
En El caso se investiga aparecen, a partir de la
utilización de la farsa como espacio de mixtura
y el absurdo como molde de libertad y disloque psicológico,
los elementos constitutivos de una poeticidad de vanguardia.
Pero Arrufat no reproduce a Ionesco o a Beckett, al
contrario: incorpora las referencias. El joven de
veintidós años reconcilia la imposibilidad
del silencio con la elocuencia inherente a la conducta
del cubano. En la búsqueda de un diálogo
ágil entronca con la herencia de los bufos.
El proceso ha consistido en superponer, no en calcar.
Así, El caso se investiga es la primera pieza
del teatro cubano que se apropia del vernáculo
en el que distingue elementos de absurdidad típicos
del espíritu nacional.
Las obras que seguirán a ésta, salvo
La zona cero (1959-64), se verán mediadas por
la posibilidad que Arrufat tiene de verse representado
en escena, hecho valioso para el fogueo de un dramaturgo,
más si se compara con la agonía que
aquejó al Piñera autotitulado «casi
autor teatral» dado el tardío estreno
de sus piezas. Seguramente la manera en que Julio
Matas, David Camps y Francisco Morín montaron
el teatro de Arrufat, influyó en las características
que se advierten en El último tren (1957),
El vivo al pollo (1959), La repetición (1963)
y Todos los domingos (1964). El tono de cámara,
el afán de experimentación y conexión
con las vanguardias, la palabra como columna básica:
de ahí nace la relación inmediata de
estas fábulas con el público, lo cual
fue estimulante para el escritor, quien no se detiene
en ocho años y progresa en el aprendizaje del
oficio.
Durante este período Arrufat ejecuta una mixtura
genérica: da paso a textos contaminados, ni
exclusivamente realistas ni exclusivamente absurdos.
Desde el punto de vista técnico percibe un
crecimiento en el arraigo de la situación mediante
la simbiosis de todos sus elementos expresivos. La
complejidad de los caracteres de Todos los domingos
y la susceptibilidad que ellos muestran de ser incorporados
por los actores, atisban su embrión en la pesquisa
psicológica de El último tren. El vivo
al pollo ha extendido a tres actos lo que en uno resolvía
la absurda coyuntura de El caso se investiga: sus
personajes, zambullidos en el tono de farsa, han ganado
en matices. Arrufat experimenta también pulsando
los límites de su libertad creadora, al punto
de prescindir de una locación y un tiempo concretos
para La zona cero.
La palabra ha desplegado amplio registro como portadora
de diversos modos de teatralidad. En El último
tren encierra la acción, todo el conflicto
quedará expresado en los parlamentos; aparece,
no obstante, el contrapunto con las sonoridades. En
La repetición las frases guardan equilibrio
con elementos extraverbales, como las máscaras.
En La zona cero el lenguaje alcanza un estatuto poético
que abstrae el curso de la anécdota. En Todos
los domingos la evocación lírica llega
a emplear el recurso del teatro dentro del teatro.
Esta obra se manifiesta como la más intensa,
de mayor vuelo y técnicamente mejor construida
de la primera etapa.
Brevemente expuestos, estos factores propician el
salto: Los siete contra Tebas, cumbre y piedra de
escándalo. Luego de su publicación en
1968 pasarían casi treinta años para
que un tomo de teatro de Arrufat viera la luz.
En la modernidad de la escena cubana el regreso a
la herencia clásica posee ejemplos tan notorios
como Electra Garrigó de Piñera y Medea
en el espejo de Triana. Ambas piezas reducen los arquetipos
griegos mediante la parodia. Al pasar por Esquilo
y Eurípides, Arrufat obedece más a un
criterio de mixtura como procedimiento intertextual
y mantiene el tono clásico y trágico
de las fuentes.
Los siete contra Tebas solicita el verso blanco.
En éste advierte el autor la majestad de su
palabra: versos más cortos, seguidos o interceptados
por otros más extensos, provocan un ritmo que
influye en la eficacia de este lenguaje como sendero
para consumar el conflicto. Formulado en el empaque
externo de la estrofa, tal lirismo permite que Etéocles
y Polinice alcancen las cúspides de sus posiciones
encontradas con la sensibilidad y el grado de verosimilitud
que la prosa no admite. La forma estrófica
otorga asimismo un tiempo interno al parlamento que
elude lo tangencial y apunta siempre, en términos
de acción, a los centros de debate.
Lo inquietante de esta escritura radica en la creación
de una sintaxis completamente nueva y personal para
los versos de Los siete contra Tebas, si tenemos en
cuenta que el origen estrófico de Esquilo se
ha perdido entre las traducciones que por lo general
hoy nos llegan en prosa. Arrufat comienza a sugerir,
desde su textura literaria, una puesta en escena que
desborda los límites del escenario y se traduce
en contrapuntos perennes nacidos del lenguaje verbal,
ya con respecto al silencio en el plano sonoro, ya
con respecto a la acción física en el
plano visual. Danza, música y esquemas plásticos
se han unido en consorcio espectacular. La fusión
persigue el enlace de las artes y brinda al teatro
el poder de aglutinarlas mediante la poesía
que yace en las formaciones lingüísticas.
El proceso de resonancia de la acción en la
palabra y viceversa, pautado por el autor, genera
un resultado genuinamente dramático.
Con esta pieza la dramaturgia de Arrufat conoce un
cenit, aunque su vigor sólo pueda constatarse
por ahora en la inmensidad del papel, pues Los siete
contra Tebas no ha sido aún estrenada en Cuba.
Tampoco La tierra permanente (1974-76) o La divina
Fanny (1984), ambas publicadas después de los
ochenta.
Características de esta segunda etapa creadora
son la apropiación del verso, el abandono de
la cámara o la habitación cerrada donde
antes transcurría la fábula, la frecuencia
de los espacios exteriores, la recreación de
personajes ya existentes (Etéocles, Polinice,
Fanny Elssler) en lugar de caracteres que eran pura
invención. A partir de esos nombres edificará
Arrufat sus propias asunciones de la leyenda. Se trata
ahora de obras muy extensas, los géneros totalmente
mezclados, un tejido de literatura abierta, incompleta
en la página y por tanto apta para ser representada.
La escritura de Las tres partes del criollo se inició
en 1983. En 2003 cierra un arco de veinte años
de labor. He escuchado al autor decir que guarda ciertos
apuntes durante largo tiempo y por un estímulo,
un buen día, los retoma. Si se la observa en
compañía de La divina Fanny y La tierra
permanente, Las tres partes puede resultar en sí
mima la culminación orgánica, la estación
cimera de una trilogía cubana del xix.
Salta a la vista la libertad con que Arrufat atiende
su fuente. No lo guía un orden cronológico
para especular sobre la visita a La Habana de una
gran bailarina europea. Tampoco prescinde de referentes
al proponer, como hizo en La tierra..., la evocación
conjunta de doce hombres sobre un pretérito
mitificado. No obstante, ambos procedimientos narrativos,
la pesquisa histórica y la retrospectiva, se
presentarán a la hora de rendir tributo al
personaje creado por Carlos Loveira. Las tres partes
del criollo imanta como la lectura contemporánea
de un hombre y su circunstancia. Aparentemente la
actitud es pasada, pero al cumplirse el centenario
de la República, cuando el mundo penetra otra
vez en un nuevo siglo y la decisión de un solo
individuo basta para dictar la discordia, Juan Cabrera
regresa colmado de signos.
El personaje maduro, de unos robustos cuarenta años,
se ha preparado para relatar instantes de su existencia
a unos periodistas: la vida «contada con cierto
orden», con especial énfasis en lo que
«se debe decir». Por un lado el afán
real de ser fiel a la historia y por otro la imposibilidad
de contar con exactitud, con la firmeza del presente.
Es mentira que conseguimos armar las cosas en la memoria
con la misma intensidad, con el mismo colorido que
antaño los objetos, las miradas, las charlas
poseyeron. El recuerdo difumina. Antón Arrufat
le es tan fiel a Loveira como Juan Cabrera a las imágenes
de su Infancia, Juventud y Madurez.
Como si escribiera episodios de una larga novela,
el autor no se ase a la rigidez de un planteamiento
formal que guíe al actor o al director. El
entorno sugerido por las didascalias esboza un pragmatismo
fugaz. No es tan importante respetar la acotación
como intuir el espacio de una atmósfera edificable
para determinada escena. Parece que el autor se dispersa,
entra al delirio cuando evoca un mediopunto, una pared
blanca, unos marcos verdes, e inmediatamente los torna
evanescentes y reclama una palangana inmensa en la
que se zambulla el cuerpo desnudo de Juan. Mas lo
importante es que la palabra que no está en
boca de los personajes tenga la capacidad de remover,
desde un imaginario plástico y sensorial, múltiples
empatías.
Al acercarse a la obra en sus más de cien
folios uno tiene la creencia primera de que es inauditamente
extensa, inacabable, larguísima. Tras la lectura
de las quince páginas iniciales, y luego, al
consumar el recorrido, la opinión descansa:
la amplitud del texto es su carta de síntesis.
En las exposiciones y descripciones se aloja la impronta
de un montaje donde unos cuantos elementos se transmuten.
Vislumbro en las palabras con que dialogan estos
seres la traslación de muchos de los giros
lingüísticos habituales de nuestro pueblo
a la escena. Y muy pegado, diría que inseparable,
un tono de cuidadoso ordenamiento sintáctico,
como un fluido elevado y memorable de expresiones.
Al punto de que Arrufat prescinde de esas imprecisas
acotaciones interiores del parlamento en que se indica
al actor un estado anímico. Cuando más,
sugerirá un movimiento que al comulgar con
el texto otorgará al intérprete toda
oportunidad, todo conocimiento.
El ejercicio del lenguaje verbal ha triunfado en
su humildad, en su cadencia serena. Verso y prosa
se integran. El Coro es augurio inicial. Una orquestación
polifónica se irá gestando. Los personajes
aguardan el cenital que los ilumine y les entregue
un segundo en la teatralidad novelada. Como una campana
que se escucha en la lejanía, cada frase advierte
fino eco.
Lo más hermoso de Las tres partes del criollo,
summa del teatro de Arrufat, habita en la emoción
de perpetuar una idea antigua a través de los
mecanismos rústicos, ambiguos y viscerales
de la memoria.
Octubre
- 2003
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