Incluye tu email para recibir información sobre nuestras actualizaciones
POSTALES | FOTOS
ARTÍCULOS - 2003
  Diciembre
Noviembre
Octubre
Septiembre
Agosto
Julio
Junio
Mayo
Abril
Marzo
Febrero
Enero
DIARIOS
  The New York Times
Sun-Sentinel
El Nuevo Herald
The Miami Herald
Los Angeles Times
La Vanguardia
Washigton Post
El Mundo
El Clarín
CNN
ArteMiami.com

BUSCADOR internet teatroenmiami.com
La honda huella de Teatro Estudio
Osvaldo Cano | La Habana

Fundacional, frondosa, paradigmática es la obra de una agrupación que precisa apologías, pero que merece, ¿quién lo duda?, el elogio. Colectivo que aún batalla con notable dignidad por mantenerse en la brecha, dialogar con el público, hurgar en nuestros problemas, sacarlos a flote.

Pertenezco a una generación para la cual Teatro Estudio constituyó la meca de nuestra escena. Me cuento entre quienes se deleitaron con los montajes de Galileo Galilei, El parque, La duodécima noche, Contigo pan y cebolla, Bodas de sangre, Morir del cuento, El becerro de oro y muchas otras que extenderían demasiado esta lista. Para mis contemporáneos la labor de Raquel y Vicente Revuelta, Adolfo Llauradó, Bertha Martínez, José Antonio Rodríguez, Miriam Learra, Adria Santana... resulta un rasero infalible para medir la calidad de actores y actrices. En fin que nosotros, los de entonces, somos unos privilegiados a pesar de que solo conocemos del cuento una parte.

Digo una parte, pues cuando en 1958 Teatro Estudio irrumpe en el ámbito escénico cubano, como una fuerza renovadora e inquieta, solo éramos un proyecto en la apasionada mente de nuestros padres. Dicho en otras palabras, no pudimos presenciar, por ejemplo, el mítico estreno de Viaje de un largo día hacia la noche. Montaje al cual un crítico tan exigente como Rine Leal calificó como «uno de los grandes momentos del teatro cubano de todas las épocas». Corrían tiempos en los cuales —según el gráfico decir de Mirtha Aguirre— hacer teatro era «una hazaña continuada». En ese entonces las tendencias comerciales ganaban terreno y acudir a cualquiera de las pequeñas salas habaneras era un raro privilegio.

Por eso, aún ahora, a 45 años de su publicación, un documento como el Manifiesto de Teatro Estudio I asombra tanto por su vigencia como por su lucidez. En él, los jóvenes que lo suscribieron —encabezados por Raquel y Vicente Revuelta— advierten que su labor estaría encaminada a «fomentar un verdadero teatro nacional» y confiesan compartir «las mismas preocupaciones por nuestra profesión y por nuestro pueblo». Resulta que la característica definitiva de este grupo ha sido la inconformidad con el estado de cosas reinante; la acusada vocación investigativa, transgresora, iluminadora; la concepción del grupo como un laboratorio...

Fue desde su escenario que dramaturgos como Abelardo Estorino, José Triana o Héctor Quintero estrenaron piezas tempranas, contribuyeron a enrumbar la dramaturgia nacional, provocaron la polémica, arrastraron al público, cautivaron a la crítica... De Teatro Estudio partió el núcleo fundador del también legendario Teatro Escambray; en más de una ocasión Flora Lauten —líder de Buendía, uno de los grupos más importantes de la escena cubana de este y de todos los tiempos— se ha confesado discípula de Vicente Revuelta. Allí se estudió a Stanislavsky y a Grotowski, se estrenó a Brecht, Shakespeare, Piñera, Sinisterra, O’Neill, Lorca, Chejov...

Taller, laboratorio, escuela, plaza de grandes momentos, todo ello ha sido Teatro Estudio. Por solo mencionar algunos ejemplos, en aras de no abrumar a los lectores, recordaré al Grupo Los Doce, los vínculos con el Instituto Superior de Arte o con los jóvenes de Chispa, el montaje de La noche de los asesinos —que subyugó al público europeo—, o el de Medida por Medida que, en medio del azaroso «período especial», mostró cómo la precariedad puede ser trocada en poesía. Si algo ha caracterizado la labor de los líderes de esta agrupación a lo largo de sus nueve lustros de existencia es su voracidad, su afán renovador, su vínculo con las vanguardias... Y conste que no hablo de copia servil, sino de asimilación enriquecedora, de diálogo activo, de aportes propios.

Aún a riesgos de incurrir en olvidos lamentables provocados tanto por mi relativa juventud como por las trampas de la memoria, no quisiera dejar de mencionar que por este grupo han pasado artistas de la talla de Nena Acevedo, Helena Huerta, Julio Matas, Ernestina Linares, Sergio Corrieri, Helmo Hernández, Roberto Blanco, Gilda Hernández, Silvia Planas, Oscar Valdés, Tomás González, Carlos Pérez Peña, Omar Valdés, Erdwin Fernández, Elio Mesa, Florencio Escudero, Julio Rodríguez, Corina Mestre, Armando Suárez del Villar, Isabel Moreno, Alina Rodríguez y otros tantos. Ellos no solo han sentado cátedra en escenarios de aquí y de allá, sino que han contribuido —como fue su propósito inicial— a fomentar un teatro nacional; han escrito día a día y noche a noche, en el anonimato de los ensayos o tras los aplausos de cada función, una importantísima porción de nuestra historia teatral, contribuyendo a la afirmación de una sensibilidad y a la formación de un público.

Solía decir Bertolt Brecht que «el teatro ha de ir delante de su público en lugar de correr tras él». Creo en eso. Soy uno de esos silenciosos testigos que ha presenciado como Teatro Estudio ha ido tirando de la cuerda para arrastrar tras de sí a sus espectadores. Todo ello sin ápice de facilismo; sin concesiones que a la larga terminan produciendo un efecto contrario al deseado. Pero también creo que el teatro debe procurar que esa distancia que lo separa de su público no sea tanta que provoque que se pierdan, mutuamente, de vista. Considero que esa ha sido una de las brújulas que ha guiado a sus líderes.

En fecha tan temprana como 1959, a solo un año de su fundación y en el Manifiesto de Teatro Estudio II, ya sus fundadores advertían de los peligros que podrían acarrear el divorcio entre sus preocupaciones estéticas y la función social del teatro. No hay dudas de que ambas premisas han animado a sus miembros a lo largo de casi medio siglo. Una frase atesorada en el citado documento resuena todavía —y estoy seguro de que por mucho tiempo— como una de esas certezas indeclinables que deben animarnos por siempre: «hoy no hay derecho a hacer teatro en Cuba si no es para plantear los problemas que hoy Cuba enfrenta».

Fundacional, frondosa, paradigmática es la obra de una agrupación que precisa apologías, pero que merece, ¿quién lo duda?, el elogio. Colectivo que aún batalla con notable dignidad por mantenerse en la brecha, dialogar con el público, hurgar en nuestros problemas, sacarlos a flote. Hoy cuando la abrumadora mayoría de sus miembros han tomado sus propios rumbos, fundado escuelas, grupos, vertientes estéticas, protagonizado momentos cardinales de nuestra escena... es que se puede apreciar a plenitud la hondura de su huella.

Octubre - 2003

www.teatroenmiami.com no es responsable por las opiniones expresadas. Cada autor u opinante es responsable por sus opiniones e ideas. Igualmente las informaciones relacionadas con espectáculos son enviadas a www.teatroenmiami.com y son los productores y promotores de dichos espectáculos los responsables de cambios, suspensiones o informaciones erroneas. Los materiales son propiedad intelectual © de sus fuentes originales y son utilizados aquí solo con fines educativos

Este website está diseñado para 800 x 600 | Internet Explorer +5.
Design by www.teatroenmiami.com © 2000-2004
TeatroenMiami.com
se actualiza semanalmente
Es un website educativo y sin fines de lucro
Miami, FL - USA