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La honda huella de Teatro
Estudio
Osvaldo Cano | La Habana
Fundacional, frondosa, paradigmática es
la obra de una agrupación que precisa apologías,
pero que merece, ¿quién lo duda?, el
elogio. Colectivo que aún batalla con notable
dignidad por mantenerse en la brecha, dialogar con
el público, hurgar en nuestros problemas, sacarlos
a flote.
Pertenezco a una generación para la cual Teatro
Estudio constituyó la meca de nuestra escena.
Me cuento entre quienes se deleitaron con los montajes
de Galileo Galilei, El parque, La duodécima
noche, Contigo pan y cebolla, Bodas de sangre, Morir
del cuento, El becerro de oro y muchas otras que extenderían
demasiado esta lista. Para mis contemporáneos
la labor de Raquel y Vicente Revuelta, Adolfo Llauradó,
Bertha Martínez, José Antonio Rodríguez,
Miriam Learra, Adria Santana... resulta un rasero
infalible para medir la calidad de actores y actrices.
En fin que nosotros, los de entonces, somos unos privilegiados
a pesar de que solo conocemos del cuento una parte.
Digo una parte, pues cuando en 1958 Teatro Estudio
irrumpe en el ámbito escénico cubano,
como una fuerza renovadora e inquieta, solo éramos
un proyecto en la apasionada mente de nuestros padres.
Dicho en otras palabras, no pudimos presenciar, por
ejemplo, el mítico estreno de Viaje de un largo
día hacia la noche. Montaje al cual un crítico
tan exigente como Rine Leal calificó como «uno
de los grandes momentos del teatro cubano de todas
las épocas». Corrían tiempos en
los cuales —según el gráfico decir
de Mirtha Aguirre— hacer teatro era «una
hazaña continuada». En ese entonces las
tendencias comerciales ganaban terreno y acudir a
cualquiera de las pequeñas salas habaneras
era un raro privilegio.
Por eso, aún ahora, a 45 años de su
publicación, un documento como el Manifiesto
de Teatro Estudio I asombra tanto por su vigencia
como por su lucidez. En él, los jóvenes
que lo suscribieron —encabezados por Raquel
y Vicente Revuelta— advierten que su labor estaría
encaminada a «fomentar un verdadero teatro nacional»
y confiesan compartir «las mismas preocupaciones
por nuestra profesión y por nuestro pueblo».
Resulta que la característica definitiva de
este grupo ha sido la inconformidad con el estado
de cosas reinante; la acusada vocación investigativa,
transgresora, iluminadora; la concepción del
grupo como un laboratorio...
Fue desde su escenario que dramaturgos como Abelardo
Estorino, José Triana o Héctor Quintero
estrenaron piezas tempranas, contribuyeron a enrumbar
la dramaturgia nacional, provocaron la polémica,
arrastraron al público, cautivaron a la crítica...
De Teatro Estudio partió el núcleo fundador
del también legendario Teatro Escambray; en
más de una ocasión Flora Lauten —líder
de Buendía, uno de los grupos más importantes
de la escena cubana de este y de todos los tiempos—
se ha confesado discípula de Vicente Revuelta.
Allí se estudió a Stanislavsky y a Grotowski,
se estrenó a Brecht, Shakespeare, Piñera,
Sinisterra, O’Neill, Lorca, Chejov...
Taller, laboratorio, escuela, plaza de grandes momentos,
todo ello ha sido Teatro Estudio. Por solo mencionar
algunos ejemplos, en aras de no abrumar a los lectores,
recordaré al Grupo Los Doce, los vínculos
con el Instituto Superior de Arte o con los jóvenes
de Chispa, el montaje de La noche de los asesinos
—que subyugó al público europeo—,
o el de Medida por Medida que, en medio del azaroso
«período especial», mostró
cómo la precariedad puede ser trocada en poesía.
Si algo ha caracterizado la labor de los líderes
de esta agrupación a lo largo de sus nueve
lustros de existencia es su voracidad, su afán
renovador, su vínculo con las vanguardias...
Y conste que no hablo de copia servil, sino de asimilación
enriquecedora, de diálogo activo, de aportes
propios.
Aún a riesgos de incurrir en olvidos lamentables
provocados tanto por mi relativa juventud como por
las trampas de la memoria, no quisiera dejar de mencionar
que por este grupo han pasado artistas de la talla
de Nena Acevedo, Helena Huerta, Julio Matas, Ernestina
Linares, Sergio Corrieri, Helmo Hernández,
Roberto Blanco, Gilda Hernández, Silvia Planas,
Oscar Valdés, Tomás González,
Carlos Pérez Peña, Omar Valdés,
Erdwin Fernández, Elio Mesa, Florencio Escudero,
Julio Rodríguez, Corina Mestre, Armando Suárez
del Villar, Isabel Moreno, Alina Rodríguez
y otros tantos. Ellos no solo han sentado cátedra
en escenarios de aquí y de allá, sino
que han contribuido —como fue su propósito
inicial— a fomentar un teatro nacional; han
escrito día a día y noche a noche, en
el anonimato de los ensayos o tras los aplausos de
cada función, una importantísima porción
de nuestra historia teatral, contribuyendo a la afirmación
de una sensibilidad y a la formación de un
público.
Solía decir Bertolt Brecht que «el teatro
ha de ir delante de su público en lugar de
correr tras él». Creo en eso. Soy uno
de esos silenciosos testigos que ha presenciado como
Teatro Estudio ha ido tirando de la cuerda para arrastrar
tras de sí a sus espectadores. Todo ello sin
ápice de facilismo; sin concesiones que a la
larga terminan produciendo un efecto contrario al
deseado. Pero también creo que el teatro debe
procurar que esa distancia que lo separa de su público
no sea tanta que provoque que se pierdan, mutuamente,
de vista. Considero que esa ha sido una de las brújulas
que ha guiado a sus líderes.
En fecha tan temprana como 1959, a solo un año
de su fundación y en el Manifiesto de Teatro
Estudio II, ya sus fundadores advertían de
los peligros que podrían acarrear el divorcio
entre sus preocupaciones estéticas y la función
social del teatro. No hay dudas de que ambas premisas
han animado a sus miembros a lo largo de casi medio
siglo. Una frase atesorada en el citado documento
resuena todavía —y estoy seguro de que
por mucho tiempo— como una de esas certezas
indeclinables que deben animarnos por siempre: «hoy
no hay derecho a hacer teatro en Cuba si no es para
plantear los problemas que hoy Cuba enfrenta».
Fundacional, frondosa, paradigmática es la
obra de una agrupación que precisa apologías,
pero que merece, ¿quién lo duda?, el
elogio. Colectivo que aún batalla con notable
dignidad por mantenerse en la brecha, dialogar con
el público, hurgar en nuestros problemas, sacarlos
a flote. Hoy cuando la abrumadora mayoría de
sus miembros han tomado sus propios rumbos, fundado
escuelas, grupos, vertientes estéticas, protagonizado
momentos cardinales de nuestra escena... es que se
puede apreciar a plenitud la hondura de su huella.
Octubre
- 2003
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