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Que veinte años no
es nada ...
Aníbal M. Vinelli.
Los Trisinger,
en Pelos de Gallina, un show que conserva la
marca indeleble del humor y el talento del conjunto.
Creciendo inexorablemente según pasan
los minutos, Pelos de gallina marca la sorprendente
reaparición del grupo de humoristas que
integran Los Trisinger.
Se los ve casi idénticos a aquel momento
supremo de 1982, cuando en la cumbre de su popularidad
—esa que los había convertido en
una presencia insoslayable en los territorios
del café-concert— cumplieron con
el requisito de cualquier agrupación
argentina: se disolvieron. |

PICARDIA Y SURREALISMO. EL HUMOR MUSICAL DEL
CONJUNTO MANTIENE LA FRESCURA DE LOS PRIMEROS
TIEMPOS. |
Físicamente no han cambiado, quizás
producto de una vida saludable (o todo lo contrario).
Pero todavía son la familia Singer, la del
tiránico jefe Yon, su lugarteniente Pol, el
tímido Piter y el sordomudo Charly. Jugados
respectivamente por Chiqui Reynoso, Antonio Calvar,
Rody Kohanoff y Charly Diez Gómez: supieron,
en la ficción, tener una hermana, Lucila, pero
la mataron en 1975 en el Embassy.
Sobre esa estructura de parentela llenan (en el mejor
sentido de aprovechamiento del espacio) el coqueto
escenario del Molière, que en la noble tradición
del género se ubica en un amplio y confortable
sótano. Y en pleno barrio de San Telmo, felizmente
renaciendo por estas horas.
Cantan y bailan un poco, Pol narra y guitarrea, Charly
le da vida a la batería (en más de un
sentido) y Pol y Piter abordan instrumentos no convencionales,
algo que ellos mismos son.
A partir de una presentación deliberadamente
compleja, lo demás son impactos puros, con
más de un show-stopper, esos Fénix infrecuentes
y tan buscados donde el público no puede menos
que subrayar sonrisas y carcajadas con aplausos y
exclamaciones que traducen felicidad.
En tiempos muy duros (y el cuarteto supo actuar en
años todavía más feroces) son
una bendita pausa de alegría que oscila desde
la franca picardía hasta el más delirante
surrealismo. Y ello con 7 piezas (dicen que lo eligieron
por el sentido cabalístico del número,
por los pecados capitales o por los enanos, aún
no lo deciden), que transitan por diversos ritmos.
Por ejemplo una chacarera trunca idish/santiagueña,
la carta a Papa Noel que no figurará en el
Libro Blanco de la Navidad, una estampa africana de
tribus de malas costumbres, un bolero subversivo,
la payada marxista (por el sordomudo con su sorprendente
máscara de Harpo Marx), la efervescencia pasional
y lorquiana transportada a una canción de sexo
ambiguo, y el remate con ciertas facetas siniestras
de los contratos artísticos.
En suma, 82 minutos (la duración medida y
armoniosa) de placer, simpatía e indudable
oficio. ¿Qué más se puede pedir?
Fuente:
Clarin.com
Octubre
- 2003
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