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La audacia devaluada
María Ana Rago
La nueva versión de Hair se despliega en generoso
desborde de energía pero ya no escandaliza.
| El arranque de la obra es bueno
y alentador. Pero lamentablemente promete mucho
más de lo que después efectivamente
se ve sobre el escenario durante las dos horas
y media (con intervalo), en las que transcurre
el espectáculo. La canción Era de
Acuario suena intensa en la afinada y potente
voz de Anahí Core (una verdadera revelación).
Lo que sigue no convence tanto. Hair, la comedia
musical que intenta reflejar el movimiento hippie
de la segunda mitad del siglo pasado, hoy resulta
algo anacrónica. Uno de los cuadros musicales
es en defensa del pelo largo... Pero se generaron
muchas expectativas alrededor de esta obra, sobre
todo entre los nostálgicos. |
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Mientras el público ingresa, los jóvenes
actores, con blusas anudadas en el pecho y vestuario
colorido, se desplazan en el escenario; algunos caminan
por los pasillos de la sala y otros sobre los respaldos
de las butacas, en "cámara lenta"
—la coreografía es de Emilio Buis—.
Los músicos hacen su parte sentados en un auto
viejo que está sobre el escenario —la
dirección musical del espectáculo es
de Mariano Tito—. La escenografía se
extiende más allá del escenario, ya
que hay andamios a los costados de la platea y una
bandera norteamericana gigante sitúa al espectador
en EE.UU.
Michael Butler (EE.UU.) y Gustavo Rojana (Argentina)
presentan esta comedia, en una versión original
con dirección general de Rubén Elena.
La imagen que conmovió allá por 1965
a dos actores del off de Broadway (Gerome Ragni y
James Radoa) y los motivó a escribir esta pieza
fue la de 600 jóvenes hippies que protestaban
en el Central Park de Nueva York contra la guerra
de Vietnam. Se estrenó en Buenos Aires en 1971
(con producción de Alejandro Romay) y estuvo
en cartel cuatro años. La puesta local estrenada
hace pocos días en el Teatro Premier es en
muchos pasajes una sátira del movimiento hippie,
en la que queda algo solapado el alegato por la paz.
Precisamente el reclamo por la paz es un grito vigente,
y sostener la puesta haciendo eje en eso le hubiera
permitido ganar en contemporaneidad; sin embargo,
en la obra ese reclamo aparece casi escondido por
el predominio de otras banderas, como la apología
del sexo libre y de las drogas, que se alzan reiteradas
veces en una obra demasiado larga. Los movimientos
sexuales que se repiten todo el tiempo resultan excesivos
y ya no constituyen un rasgo de audacia, ni los desnudos
resultan escandalosos. El término "alucinación"
(y toda su familia de palabras) se repite constantemente.
Abruma, no escandaliza.
El momento más interesante es cuando llega
la citación de reclutamiento a Claude, para
la guerra de Vietnam y se produce el tironeo entre
la guerra y la paz. "Todos somos carnada para
la guerra", protestan. Y merece destacarse la
energía que irradian sobre el escenario. La
canción del final ayuda a levantar el espectáculo
(suele ocurrir en todos los musicales). Y mientras
cantan: "Deja que entre, deja que entre el sol,
que entre, el sol", el público se entusiasma
y hasta baila en el escenario.
Fuente:
Clarin.com
Octubre - 2003
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