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En la tradición del costrumbrismo argentino
Miguel Frías

La obra de Alicia Muñoz, en la que Luis Brandoni vuelve a componer a un músico frustrado, se estrena esta noche en el Maipo. María Fiorentino, Alejandro Awada y Valeria Lorca completan el elenco.

Yo sé que te defraudé. Y no es que no me diera cuenta. Pero no podía, creeme, no podía... Es decir: yo pensaba que la felicidad estaba más adelante, sabés. Cuando saliera el 20.064, cuando zafara de las deudas, cuando pudiera sentarme a escribir los tangos geniales que me machacan el coco desde hace 20 años... Eso me tenía rabioso, ves: ver que el tiempo se me iba de las manos. Cumplir los 40, los 45, los 50 y que no pasara nada... Nada... Y ahora de golpe... Nunca más. ¿Sabés lo que es eso?

La suerte de Enzo, el personaje de Luis Brandoni en Justo en la mejor de mi vida, parece echada. Tanguero, bandoneonista mediocre, hombre fatalista, perdedor, aunque no más que la mayoría de los mortales: ni siquiera le queda el consuelo de seguir amparándose en sus frustraciones. El encuentro con su viejo amigo Piguyi y un hecho imprevisto le han permitido ver su vida desde otro lugar, aunque no modificarla. Lo condenaron a una inútil lucidez. A un limbo que lo transporta del estupor a la rabia y de ahí a la melancolía y, tal vez, al arrepentimiento. Su monólogo está dirigido a su esposa, pero mucho más a sí mismo, a nadie.

Sobre el escenario del Maipo, con una incompleta escenografía de cocina de fondo, Brandoni se calza unos anteojos metálicos y repasa por última vez las palabras de Enzo. El libro de Alicia Muñoz, elegido por él, parece escrito a su medida, con toques grotescos, y humor y melancolía porteños. "Y un elemento muy poco frecuentado durante estos últimos años: la emoción —agrega—. Creo que hoy el público puede reír o recibir una mirada crítica de la realidad en el teatro. Pero lo sensible ha caído en desuso. Por suerte, Alicia Muñoz sabe trabajar con la sensibilidad y contar una historia. Es una verdadera autora teatral. Me animo a decir que ocupará el lugar que lamentablemente dejó vacante Nelly Fernández Tiscornia".

Hace frío en la sala vacía. Un frío artificial, de aire acondicionado. María Fiorentino y Valeria Lorca lo mitigan con un café instantáneo y chistes y chismes del ambiente. Alejandro Awada y Daniel Miglioranza (bastante más gordo, ya no tan parecido al ex futbolista Néstor Clausen) sonríen con cigarrillos colgando de sus labios. Sentada en una butaca, Muñoz explica: "Escribí Justo en lo mejor... hace dos años, mirando a gente que, sin tener grandes dramas, descuidaba los afectos. Muchas parejas se quieren pero no saben convivir: desperdician los afectos, momentos que podrían ser buenos. Pensé en una situación sin retorno. La gente se sentirá tocada, tal vez dolorosamente tocada".

Esa empatía del público con los personajes ya fue comprobada. En mayo, la obra tuvo presentaciones "piloto" en La Plata, Montevideo y Rosario. Durante las funciones (con María Cristina Laurenz, quien no pudo seguir por compromisos personales, en lugar de Fiorentino), el elenco constató que Justo en lo mejor... provocaba identificaciones pero también carcajadas imprevistas. "Aunque el guión tiene toques graciosos, el humor, como la belleza, está en el ojo del que mira. El gran desafío es que la risa de la platea no lo lleve a uno a buscar más risa. Es raro: cuando más sufrimos sobre el escenario más ríe la gente. Como ocurre en los velorios", dice Fiorentino.

En Justo en lo mejor..., como en los velorios, de nada sirven el arrepentimiento. O tal vez sirve, pero para el público. Durante las presentaciones de mayo, casi todas las parejas se pegaban leves codazos en la platea y se hacían comentarios. Incluso, alguien vio a una mujer llorando y a otra que intentaba consolarla: Calmate, lo tuyo fue distinto. Muñoz explica: "Hay mucha identificación con situaciones simples. Hubo una búsqueda premeditada de que no hubiera dramas fuertes. La obra revuelve desde lo íntimo, lo cotidiano. Varias veces se dice: ¿Por qué no fui feliz?, ¿Por qué no hice feliz al otro?, ¿Por qué no me animé?".

El ensayo empieza. Enzo y Piguyi se reencuentran y conversan con un tono arrabalero que contrasta con el de otros personajes, como el Yanina, la hija del matrimonio de 22 años entrado en decadencia. El guión atrapa desde el inicio; los actores logran un clima emotivo. Pero luego empieza una seguidilla de imponderables. Alguien que, desde afuera, aúlla varias veces: ¡Dolape, dolape, vení para acá!. Gritos y susurros, una cadena de inodoro que genera un pequeño maremoto sanitario. Fiorentino que vuelca un vaso: el agua chorrea lentamente desde la mesa y Brandoni le hace un sonriente agregado al guión: Ves, ves Verónica que hacías todo mal.

De pronto hay un bache y el apuntador queda desorientado. "Es que están acostumbrados a que sea yo el culpable", bromea otra vez Brandoni, de excelente humor. Sabe que el elenco lo respeta, lo admira como a esos futbolistas veteranos que son a la vez jugadores y técnicos dentro de la cancha. "Para mí fue un referente muy poderoso siempre —dirá Fiorentino—. Cuando llevaba tres años haciendo teatro, hice toda la gira de Convivencia, de Oscar Viale. Miraba todo el tiempo embelesada a Federico Luppi y a Brandoni: una beca. Es muy fuerte volver a actuar junto a él ahora, con 20 años de carrera de encima. Me agarra: "justo en lo mejor de mi vida"".

Julio Baccaro, director de la obra y del Teatro Cervantes, agregará: "Luis viene de hacer Stéfano en el Cervantes, dirigido por Juan Carlos Gené. Su personaje también era un músico fracasado, un papel absolutamente apropiado para su cuerda actoral, basado en el grotesco". Después definirá la estructura de Justo en lo mejor...: "Es una pieza clásica, porque mantiene la unidad de lugar, espacio y tiempo, aunque alude a otros espacios, tiempos y posibilidades. Enmarcada en el costumbrismo, tiene zonas mágicas. Pero el accionar de los personajes siempre es real. Así roza el grotesco a la vez que es moderna".

Pero estas explicaciones se darán después, porque ahora Brandoni-Awada, mejor dicho Enzo-Piguyi se traban con este diálogo sobre el escenario:

—¿Me está diciendo que vos tuviste hijos, Piguyi?

—Alguno. Y no lo está pasando bien. No le dejé ni un apellido siquiera.

—¿Vos falluto? Decime que no es cierto...

—Escuchame...

—Vos eras mi ídolo, mi maestro. Largué el industrial por vos, estudié el bandoneón por vos, me fui de casa por vos... Eras mi hermano.

—¡Pará Cacho! Lo que haya sido para vos "me ne frega". Fui lo que fui y punto. Aquí no corre el camelo.

—¿Nuestra amistad fue camelo entonces?

—No, chabón. Lo que digo es que nadie anda por ahí mostrando todo lo que es porque no llega ni al preescolar. ¿O vos no tenías tu regia fachada?

—Lo tuyo no era una fachada, era una muralla de cemento armado.

—Eso depende de las biabas que te haya dado la vida. Vos tuviste a tus viejos, que mal que mal te apañaron. Yo vine al mundo sin casco ni chaleco y tuve que cambiarme los pañales solo.

—No tanto che. Tuviste a tu tío Nicola.

—Sí. Fue lo único bueno que tuve de pibe. Si comí un plato de sopa y tuve una tricota fue por él.

—Y si tuviste un bandoneón también. ¡Qué genio era el tano che!

—Aspero como un papel de lija, pero en el fondo... Yo a veces me hacía el dormido, y él venía como un chorro hasta mi catre, me acomodaba las cobijas, y si hacía mucho frío me echaba encima su capote de bombero.

—Entonces no digas que nadie te apañó.

—Sé. Cuando no estaba en curda. Ahí le salía la bestia calabresa y me echaba a correazos. Por un lado mejor, te digo. Así aprendí a no confiar ni en mi sombra.

—¿Quiere decir que vos nunca quisiste a nadie?

—Mostrar no quiere decir querer.

—Tenés razón. Yo estaba tan seguro de que mi mujer y mi hija me querían como yo las quería a ellas...

—¿Y vos se lo mostrabas?

La obra avanza hacia un final que encuentra a varios curiosos con los ojos enrojecidos. Brandoni y Baccaro le dan indicaciones al resto. El elenco se prepara, ansioso, para esta noche.

Fuente: Clarin.com
Octubre - 2003

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