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Septiembre fue un mes… de teatro
Zoila Sablón | La Habana

La undécima edición del Festival de Teatro de La Habana (FTH) recién ha concluido. Según informes oficiales del Comité Organizador la cifra de espectadores se elevó a cerca de 55 mil. No cabe duda de que ello es un suceso de público en la historia del FTH. Hay suficientes razones para regocijarnos. El trabajo de promoción fue una ola imparable de información en todos los medios de prensa. La permanencia entre nosotros del Perro Huevero también resultó otro logro del evento. Los dos talleres y el seminario ofrecidos en la sesión teórica es un punto para recordar. Algunos ya las han acuñado como las jornadas de Moyano, maestro del taller de teatro de calle Epidemia 1, y cuyo ejercicio final estremeció no solo a sus participantes, que eufóricos tomaron las calles de El Vedado; sino al transeúnte ocasional que caminaba entre lluvia y lluvia por La Rampa, en el parque de El Quijote, frente al Coppelia, hasta desembocar en la fuente que se abre al malecón: los actores lavando su cuerpo con un agua que nos resulta tan cotidiana y tan extraña a la vez. En esa imagen, apenas advertida, veo yo también el sentido de las palabras que siguen. Gracias a todo ello, la otra cara de esta edición se ilumina, mostrándonos un rostro cuyo perfil se fue conformando día a día, y verificando función tras función.

Desde sus inicios al FTH lo ha acompañado la frase de José Martí «En teatro como en todo, podemos crear en Cuba». Una de las ideas de Martí, que como flashazos ha servido bien para regir y encauzar un pensamiento alrededor de un empeño. Pero para la realización del Festival la rotunda afirmación de nuestro querido apóstol no es suficiente. La conocida frase resulta un estímulo para los teatristas, una motivación que trasciende las fronteras de un Festival.

¿Por qué y para qué se hace el Festival? A veces creemos que de tanto hacerlo lo tenemos claro. A veces pensamos que basta nuestro tremendo esfuerzo, nuestra persistencia en llevarlo a término, junto con el desgaste personal y económico que implica. Hacer el Festival también pasa por el deseo colectivo de continuar un proyecto de confirmación, de convocatoria teatral, de apertura, y por el hecho de mantener vivo el jolgorio que siempre ha sido desde que en 1980 irrumpió en el movimiento teatral de la Isla como una inteligente y orgánica respuesta a los funestos años del quinquenio gris. No obstante estas razones, el FTH es un hecho concreto, una acción que requiere de un propósito definido, de un concepto a partir del cual las estrategias y objetivos del Festival se hagan más visibles, más claros y provechosos para todos. Sin pretender olvidar, como ya he dicho antes, el tesón, el laboreo y la consagración por puro amor al teatro de la que participan un puñado de gente comprometida con el óptimo desarrollo del Festival.

Hace algunas semanas también mencioné aquí el enorme privilegio de tener a Alfonso Sastre, a Ian Herbert, Presidente de la Asociación Internacional de Críticos Teatrales, a Juan Carlos Moyano, Paolo Beneventi, Lluis Masgrau, a Beatriz Camargo, entre los invitados. Pudiéramos decir que la zona de mayor ganancia de este Festival se resume en los disímiles encuentros que se sucedieron cada día en la Fundación Ludwig de Cuba, unidos a los talleres. Por otra parte, el Festival sirvió de espacio para las presentaciones de libros sobre y de teatro, en espacios no teatrales. Esto sirvió de extensión y de articulación con el resto de la programación cultural habitual de La Habana.

Un Festival, ya se ha dicho muchas veces, no puede ser la suma acumulativa de espectáculos en las comprimidas jornadas de cada día. Al Festival debe regirlo un concepto, una idea rectora que les permita a los organizadores y a un comité de selección un trabajo menos angustioso, poder contar con una base fundamental para el desarrollo de su difícil labor, difícil por los innumerables compromisos que se ponen en juego a la hora de la selección de las obras. Aquí se incluye, por supuesto, el elemento económico y financiero del gran aparataje que arrastra un festival de estas dimensiones.

Otra de las interrogantes que nos hacemos es si dos años es un período pertinente para realizar todo el trabajo de organización, de localización de grupos, en un festival de carácter internacional; si vale la pena una inversión inicial que optimice una infraestructura técnica y humana en función de la celebración del FTH.

Ya sabemos que el Festival es una fiesta, como diría nuestro Estorino, una isla para el teatro y la alegría y el color. Pero no es algarabía equívoca, caótica, especialmente, porque es una fiesta que nos convoca a todos a encontrar un sentido en lo que hacemos, en la parte que nos corresponde en la isla del teatro.

¿Cuál es el punto que distingue el hecho de que algunos espectáculos estén y otros no? ¿Las fechas de estreno? No ¿La calidad? No ¿La representatividad? ¿En cuáles términos entonces? ¿Los Premios destacados? Tampoco. ¿El público? ¿Qué buscamos y encontramos con este Festival? Son preguntas lanzadas y estrelladas contra la programación del Festival sin constatar una respuesta que vaya hilvanando la secuencia de espectáculos y sedes de esta edición.

El diseño de tres o cuatro circuitos de programación indica una jerarquización de las obras, además de las condiciones técnicas precisas. Un equívoco en este sentido podía, o pudo de hecho, tirar por tierra una propuesta interesante. Un ejemplo de esto fue Rashomon, de Pan Asian Reportory Theater, en el Teatro Mella: la barrera del idioma y una sede destinada a la movilización de grandes públicos con compañías como el Conjunto Folclórico Nacional, Héctor Quintero, o colectivos del humor y de la danza.

Septiembre es el mes del teatro por excelencia para los cubanos. Es el mes del encuentro, de la discusión, del diálogo fuera del escenario; el mes de los homenajes y condecoraciones, de las presentaciones de libros, celebración de talleres, seminarios, y el mes de los boletines. Es el mes del balance, de lo que se ha producido y de cómo va caminando el teatro en la Isla. La Habana y Camaguey conviven en el mes de septiembre. Uno se edifica sobre el otro, y viceversa. La idea original para esta edición de que solo los Premios de Camaguey y el Villanueva de la Crítica participaran en la XI edición del Festival de Teatro de La Habana, quizás no es la mejor respuesta, especialmente para aquellos grupos que no han recibido ninguno de ellos, quizás no sea la solución más sabia, pero es un concepto, una premisa a partir de la cual se construye la arquitectura más visible del Festival. Quizás pueda diseñarse a partir de temáticas, de países, de regiones, o de una estética en particular; aunque se cuenta como desventaja la espera de dos años para llevar a cabo la próxima edición. Pero son solo ideas, señales de un estado de opinión, de un pensamiento también comprometido, por razones de solidaridad elemental y «crítica leal», como acuñara Sastre, hacia el Festival y a quienes cada año se enfrentan a la demoledora rutina de esos días.

Octubre - 2003

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