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Una desesperada declaración de amor
CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami

La sala Ensayo 100, de Madrid, acoge durante este mes 'Santa Cecilia', un monólogo de Abilio Estévez, donde se evoca esa ciudad única llamada La Habana.

Casi una década después de su estreno en La Habana, el grupo Galiano 108 ofrece este mes una temporada con el que posiblemente es su trabajo más celebrado: Santa Cecilia. Un monólogo cuyo texto firma Abilio Estévez, y con el cual se presentarán en la sala madrileña Ensayo 100 (Raimundo Lulio, 20. Telf. 91 4479486), en funciones de viernes a domingo.

Desde que se puso por primera vez en 1994, el montaje de Galiano 108 ha acumulado elogios, premios e invitaciones para presentarlo en varios países. Sin embargo, en su momento dos o tres críticos de la Isla, los más oficiales y dogmáticos, expresaron su descontento por el contenido ideológico de la obra. En particular, les irritaba su nostalgia por La Habana prerrevolucionaria, así como el presentar, según ellos, una imagen desoladora y catastrófica de La Habana de hoy.

Donde se hablaba de un papá tiránico no veían una referencia al típico padre autoritario cubano, sino una manera de aludir en clave a... Ustedes-Saben-Quién. Si buena parte del espacio escénico permanecía a oscuras, era para remitir al espectador a los apagones que se empezaron a padecer en el país con el inicio del Período Especial (sic). En fin, todo un catálogo de idioteces generadas por la lectura que hacían de una obra que estaba hablando sobre cuestiones mucho más profundas y trascendentes.

Lo primero a tomarse en cuenta es que no se trata de una obra realista, sino escrita desde las coordenadas poéticas, algo imprescindible para acceder a Santa Cecilia. Estamos ante una ensoñación, una leyenda, una sonata de espectros, una especie de rito pagano. Su protagonista, además, no es un personaje vivo, sino el fantasma de una mujer que murió ahogada en un ciclón, y que despierta de su tumba marina para invocar sus recuerdos. Está condenada a vagar eternamente y a contar su historia, que en buena medida constituye también la de La Habana.

¿Cuál es la visión de ésta que se nos entrega en Santa Cecilia? Ante todo la de una ciudad única que había que vivirla. Una Habana intemporal y metafórica, que corresponde a la idea sostenida en el texto de que "una ciudad no es la suma de sus monumentos y repartos. Es un juego de vasos comunicantes, un laberinto donde cada puerta conduce a la otra".

Por eso se la evoca y recrea a través de sus habitantes y sus sitios más entrañables, pero también de sus olores, su luz, sus visitantes más ilustres, sus personajes literarios y ¡ese calor! Hay, por otro lado, una afirmación del aspecto vital de esa ciudad y sus gentes, algo que se resume en una frase que es toda una expresión de nuestra filosofía popular: "Todo lo real es gozable y todo lo gozable es real".

Esa evocación tan entrañable está hecha, sin embargo, desde una nostalgia que no deja de ser crítica. Santa Cecilia no es tanto un canto elegíaco por una Habana desaparecida, como la reivindicación de unos valores que se han ido perdiendo, al ser sustituidos por otros más perecederos. Es esa Habana a la cual la fantasmagórica figura femenina se niega a renunciar, y su manera de decírnoslo es esa historia que cuenta una y otra vez.

Su gran amor por la ciudad queda brillantemente expresado en uno de los bocadillos finales: "La Habana será un infierno, pero es el mío. ¡De aquí no hay quien me mueva!". Porque eso es Santa Cecilia, "una declaración de amor más o menos desesperada y más o menos desesperanzada, pero declaración de amor". Lo apuntó el narrador Senel Paz en las notas que escribió para el programa del estreno de 1994, donde además señala: "Un texto así conjura los peligros. Ninguna ciudad que es amada de este modo corre peligros definitivos".

Ceremonia para una actriz desesperada, subtituló su obra Abilio Estévez, que la escribió por encargo de Galiano 108. El texto fue creado así a la medida exacta de Vivian Acosta, quien realiza uno de esos trabajos actorales que el espectador conserva en su memoria durante mucho tiempo. Acosta no requiere de cambios de vestuario ni maquillaje para convencernos de que es cada uno de los personajes (o fantasmas o lo que sean) a los que da vida. Con qué admirable dominio sale de uno para convertirse en el otro. Con cuánta facilidad pasa de la risa al dramatismo, del baile al lirismo reposado, de la gestualidad cotidiana al expresionismo más alucinado. Todo eso además lo realiza en un escenario desnudo, en donde apenas hay una silla, gracias a su talento y, sobre todo, a su apabullante técnica.

Esta última la ha adquirido Vivian Acosta a través del intenso entrenamiento sicofísico y de la investigación que ha hecho Galiano 108 en nuestra cultura y, en particular, en su zona de origen africano. En Santa Cecilia se pueden reconocer elementos pertenecientes a Grotowski, la danza y el Stanislavski menos apegado a la estética naturalista. Pero son también evidentes otros de origen parateatral, como el trance y las ceremonias rituales, en los cuales el grupo se ha nutrido para crear su propio estilo de actuación.

Es de allí de donde proceden la energía y los recursos que Vivian Acosta reelabora para que cristalicen en un trabajo interpretativo de una riqueza, un espectro de registros y matices y una expresividad sencillamente impresionantes. Su estupenda labor en la obra hace que una inflexión de la voz, una mirada, un gesto con el abanico o un pie a medio levantar se carguen de expresividad y de significado. Pero que nadie piense que se trata de un frío despliegue de técnica: virtuosismo técnico aparte, su interpretación está cargada de fuerza, emoción, desgarro, intensidad, dolor.

Como en todo monólogo, es la actriz quien en gran medida lleva el peso mayor de la representación. Mas sería injusto no reconocer lo mucho que Santa Cecilia debe a Carlos Repilado (diseño de luces), Juan Piñera (música) y José González (puesta en escena). Quienes vean la obra podrán comprobar cuánto aporta cada uno para conseguir ese balance integral de montaje redondo y sin fisuras que logra como saldo final Santa Cecilia.

Sólo me queda concluir esta reseña reiterando lo que he tratado de expresar en las líneas anteriores: quien desee regalarse con hora y pico de teatro excelente y en estado puro, no debe perderse la Santa Cecilia de Galiano 108. Les aseguro que recomendaciones como ésta no se hacen con mucha frecuencia.

Octubre - 2003

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