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Valle-Inclán y Bigas Luna, bárbaro binomio
JOAN-ANTON BENACH

Casi una hora de representación la ocupan los efectos, casi siempre impresionantes, de una imponente belleza

Cuando a un exuberante creador como Bigas Luna se le presta un recinto de 11.000 metros cuadrados para que haga en él lo que quiera, puede salir algo lógicamente opulento y que se parezca incluso a una obra de teatro. En esta ocasión, el uso de la gran nave de la antigua siderurgia del puerto de Sagunto por parte del director ha servido para alumbrar, entre otras cosas, un conjunto de escenas que recorren el desgarrador conflicto entre el terrateniente y gran fornicador gallego don Juan Manuel Montenegro y su muy pendona descendencia. Es decir, la tragedia que atraviesa como un persistente aullido las tres “Comedias bárbaras” de don Ramon María del Valle-Inclán: “Cara de Plata”, “Romance de lobos” y “Águila de blasón”.

El autor las escribió entre 1906 y 1922 en un orden exactamente inverso al anotado. En el relato que culmina con la muerte del hidalgo Montenegro hay una progresión violenta, muy bien vista por Pablo Ley, a quien Bigas Luna confió la adaptación de las “Comedias”. El hábil bisturí de Ley consiguió reducir a tres las ocho horas largas del tríptico y en ese punto su trabajo concluyó. No obstante, las poderosas sugestiones e intuiciones visuales del director aconsejaron realizar una poda mucho más radical todavía y de la que Pablo Ley ya no se podía sentir responsable. Vivimos en pleno descrédito de la palabra y ésta, acorralada por el ímpetu de las imágenes y las sensaciones, acabó ocupando algo más de 45 minutos en la colosalista aventura de Bigas.

En su primera función, el espectáculo duró dos horas menos cuarto. De la sencilla cuenta se deduce que casi una hora de representación aparece llena de efectos colaterales, casi siempre impresionantes, de una gran fuerza expresiva, de una imponente belleza. Coros de clérigos mitrados, seis corceles que arañan en largas galopadas los ocres arenosos de la vieja nave, procesiones con la mitología religiosa gallega, exvotos y grupos desarrapados y lisiados, intervalos musicales sobrecogedores a veces ocupados por el limpio tañido de las campanas...

Para no erosionar demasiado pronto el vigor del impacto, Bigas Luna dilata un tanto la sorpresa visual más magnificente. De pronto, todo el perímetro interior del recinto se enciende gracias a una proyección de imágenes filmadas que merece un lugar en el Guinness: linealmente, son más de doscientos metros iluminados con elementos vinculados a la trilogía de Valle, broncos paisajes marinos; el áspero berrocal por el que huye Liberata, la molinera, perseguida por los perros de don Pedrito, que acabará violándola en una de las escenas más brutales de la obra; cabezas, sólo cabezas y fauces de lobos aullantes, metáfora utilizada por el propio autor para referirse a la maldad que habita en los dominios del diablo...

Entre tanto, el texto y sus intérpretes libran un combate desigual contra la capacidad tragona del “hábitat” del montaje, amueblado escenográficamente por Manolo Zuriaga, Josep Simon y por el escultor Miguel Navarro, creador de la magnífica “ciudad” que aparece al final, detrás del mundo de caciques y vagos, de supersticiosos y lascivos. Hay un esfuerzo por contar con suficiente eficacia “informativa” los datos clave de las “Comedias”, pero no se advierte aquel trabajo de dramaturgia mínimamente serio –firma la “puesta en escena” Ferran Madico– que es el que justifica las acciones y, claro está, el que debiera modular los formidables relieves poéticos que encierra la escritura de Valle-Inclán. Cara de Plata (Sergio Peris Mencheta) y Sabelita (Carmen del Valle) tienen una buena escena inicial, cuya calidad sólo se repite con intermitencias. Pep Cortés, Juli Mira, Pedro Casablanc, Carles Sanjaime... son algunos nombres destacados de un reparto con más de 40 personajes y un total de cien figurantes y que tiene por principal protagonista a Juan Luis Galiardo como el “caballero” Montenegro, progresivamente retórico y excesivo.

Bigas sigue fiel a sus obsesiones. En los macropectorales femeninos, supera con mucho a Fellini: los suyos son pródigos en chorros lácteos, sabiamente diseñados, sin que a la primera se note el truco de tan dadivosa secreción. Sensualidad y erotismo se hacen presentes en este excepcional trabajo del director, que confiesa no entender de teatro pero que se consagra como un artista de la macro y la microinstalación. Las proyecciones, dioramas y objetos (quijadas de cerdo, esculturas de santos, sucedáneos óseos...) del “museo Bigas-Valle” hablan de una feliz incursión del director en la performance y las artes plásticas.

Fuente - La Vanguardia
Octubre - 2003

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