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Una mañana con Hamlet
Eduard Fernández, actor de teatro y de
cine
JOSEP MASSOT
Viendo a Eduard Fernández
encadenar pitillo tras pitillo, no podía
dejar de recordar su papel en “Smoking
room”. Le descubrí en 1993 haciendo
un papel patibulario, el “Roberto Zucco”
de Koltès, con Emma Vilarasau y una jovencísima
Laia Marull, y en 1999 –también
con Lluís Pasqual– le agradecí
que devolviera a Beckett la comicidad secuestrada
por tanto dramaturgo grandilocuente en “Tot
esperant Godot”. Porque Eduard Fernández
viene de la troupe de los cómicos, que
es como se llamaban orgullosos antes los actores.
Amotinado desde pequeño, harto de repetir
curso tras curso en un instituto Balmes que
le aburría, pues no era mixto y quedaba
lejos de la libertad que tenía en su
anterior colegio y en los largos meses de playa
y bullicio de amigos en su casa de Castelldefels,
Fernández siguió el consejo de
una amiga y se apuntó –a los 16
años– en los cursos de mimo que
daba Mario Valdés en la plaza del Pi.
Allí germinó su pasión
inesperada por el mundo del teatro, una pasión
vital que no ha dejado de crecer porque siempre
encuentra una excusa para renovarla y no caer
en la rutina y el oficio.
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Fernández (Barcelona, 1964) recuerda el éxtasis
previo de su primera actuación en un teatrillo
de la ciudad y el estrepitoso fracaso: el público
no entendió su estatuaria de mimo. Sin desalentarse,
se matriculó a los 18 en el Institut del Teatre.
Con Ricard Sierra y Christian Schuller ensayaron un
mimo que seguía el canon Ducroux, “el
abecé del cuerpo, una estatua de Rodin en movimiento”,
nada que ver con la gestualidad abstracta de Marceau.
Hacía acrobacias, malabarismos, máscaras,
commedia dell'arte, y se ganaba mal la vida –una
vez tuvo que hacer de cabra y se escondía en
el camerino para que no supieran que era él.
Hizo el payaso con Carles Giberga por bares y garitos
de los que alguna vez tuvieron que salir por piernas,
divirtiéndose y aprendiendo, como aprendió
de Rogelio Rivel, hermano del gran Charlie.
De repente, como le suceden las cosas a Eduard Fernández,
cuando hacía “Tira't de la moto”
(1988), un amigo le dijo que a la mañana siguiente
iba a La Cúpula a hacer unas pruebas para Els
Joglars. Eduard Fernández le acompañó:
se quedó cuatro años, haciendo “Columbi
lapsus” y “Yo tengo un tío en América”.
El siguiente paso no esperó a que lo diera
el azar. Alguien le transmitió un comentario
elogioso de Lluís Pasqual. Venciendo sus dudas,
cogió el primer avión a Madrid y se
plantó en el teatro donde Pasqual estrenaba,
¡aquel mismo día!, una obra de Valle-Inclán:
fue el año de Roberto Zucco, su revelación.
Animal de teatro, y por lo tanto, mal pagado, Eduard
Fernández vibra cuando evoca el dilema en que
se encontró cuando su mujer quedó embarazada:
tenía que actuar y hacer mil bolos, atender
a su familia, coger aviones, taxis y trenes, y la
niña, Greta, “lo más maravilloso
que me ha pasado nunca”, nació con él
sobre las tablas, en Madrid. “Actuaba con Javier
Cámara y Juanjo Menéndez y éste,
al enterarse, cortó los aplausos de fin de
función para comunicar emocionado la noticia:
los espectadores se pusieron de pie aplaudiendo a
rabiar. Siempre lo recordaré.”
Tras decenas de castings sin éxito, logró
al final entrar en el cine, gracias a la fe de Mariano
Barroso. En su filmografía, “La voz de
su amo”, “El embrujo de Shanghai”,
“Fausto 5.0”, “Smoking room”,
“Son de mar”. Y este mes tendrá
dos películas en cartel: “El misterio
Galíndez” y “En la ciudad”.
Trabajador metódico, que estudia a fondo sus
papeles, en un bar, bloc en mano, haciendo croquis,
tomando notas, del cine le atrae esa manera fragmentaria
de rodar historias, el primer plano que se escapa
al espectador en un teatro –no se ve la lágrima,
no se aprecia la mueca. Y del teatro, le gusta tener
el dominio del tempo, dictado en la sala de montaje.
Como actor, lo que busca es expresarse, entender el
mundo y entenderse a sí mismo. Y me cuenta,
riendo, una propuesta. Si se ha puesto de moda que
los actores escupan, arrojen líquidos, cocinen,
insulten... ¿por qué, entonces, no permitir
al público fumar, salir a tomar una copa, cuchichear,
ir y venir, en lugar de tenerles clavados en sus butacas
en posición de beatitud pasmada?
Fuente
- La Vanguardia
Octubre
- 2003
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