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Hamlet en “Dallas”
SANTIAGO FONDEVILA
| Segundo “Hamlet” de
la temporada. El primero en lituano y este segundo
en inglés. Aseguraría que en los
últimos diez años hemos vistos “Hamlet”
en muchos idiomas, pero también que el
príncipe de Dinamarca sólo ha hablado
catalán (Lluís Homar) desde hace
lo menos quince. El del Romea es un buen, interesante
producto de la factoría Bieito asociada
a un reparto de actores que poeseen la técnica
suficiente como para desmelenarse sin caer en
la caricatura. O sea para eludirla. |
HAMLET
Autor: William Shakespeare
Dramaturgia: Xavier Zuber
Intérpretes: George Anton, George Costigan,
Karl Daymond Matthew Douglas, Lex Shrapnel, Rachel
Pickup, Rupert Frazer, Diane Fletcher y Nicholas
Aaron
Director: Calixto Bieito
Estreno: teatro Romea (30/IX/2003)
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Dice el director que imaginó la obra en una
monarquía contemporánea de esas que
salen en el “Hola”, pero tanto el espacio
escénico, un piano bar de cualquier hotel de
Las Vegas, como la truculencia de la acción
–bárbaro le llamó Voltaire a Shakespeare,
juzgando esta obra– y las acciones características
del estilo del director –pistolas, borracheras,
botellas y tragos, crispación y golpes–
me sugieren el capítulo final de una serie
como “Dallas”, donde JR sería lógicamente
el rey Claudio del original. Eso sería así,
claro, si la versión textual no fuera tan respetuosa
y a la vez magnífica como la que ha realizado
Xavier Zuber en un alarde de corta y pega, aunque
no sea capaz de “traicionar” definitivamente
al autor. De ahí que tengamos que ver como
a Polonio lo matan a botellazo limpio para que después
Gertrude nos diga que el príncipe lo atravesó
con una espada, o que Ofelia se suicide anudándose
las cintas de casete con los mensajes amorosos de
Hamlet y la misma reina cuente luego el cuento de
la rama que se partió.
Si bien es cierto que el espectáculo funciona
gracias a la interpretación, también
lo es que en momentos como los citados se pone en
evidencia el terrible condicionante que supone imaginar
el lugar y el momento de la obra y luego intentar
acoplar las acciones y el texto a ella. Desde luego
que podemos admitir ciertas convenciones, que para
eso es teatro, pero hay que cuidar que éstas
no se conviertan en contradicciones. Se me ocurre,
por ejemplo, cómo Polonio, de quien se destaca
el exagerado proteccionismo sobre sus hijos, pueda
asistir, aunque sea tras la cortina, a la violación
de Ofelia sin intervenir. Una violación por
lo demás del todo inútil. Violación,
señor Bieito, a menos que sea usted de la opinión
de algunos jueces que corren por los tribunales de
este país que exigen la muerte de la violada
para admitir el delito.
Desajustes o acciones innecesarias al margen, afortunadamente
ahí está el pianista y su música,
tan o más protagonistas que el mismo Hamlet.
Diana de Calixto Bieito, el amigo Horacio no sólo
acompaña con su instrumento el acontecer escénico
sino que se dedobla en fantasma del padre, en sepulturero
y es quien liquida a Rosencratz y Gildenstern, quienes
con Hamlet representan el asesinato del padre y rey
en una escena admirablemente resuelta. Mucho más
contenida que la “lectura” de “Macbeth”
o “La ópera de cuatro centavos”,
este “Hamlet” debiera hacer reflexionar
al buen director sobre la caducidad de unos códigos
que empiezan a mostrarse vacuos y que a buen seguro
sabrá cómo reemplazar.
Fuente
- La Vanguardia
Octubre
- 2003
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