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Psicópatas carniceros
JOAN-ANTON BENACH
En las sangrientas fechorías de “El
tinent d'Inshimore” imaginadas por Martin McDonagh
(Londres, 1971) algunos renombrados teatros de Gran
Bretaña vieron un germen maldito capaz de arruinar
el difícil proceso de paz de Irlanda del Norte.
Escrita en 1999, la obra estuvo un par de años
peregrinando en busca de escenario, hasta que fue
acogida por las anchas espaldas de la Royal Shakespeare
Company. Con la desaforada locura de su “teniente”
Padraic, el premiadísimo autor de “La
reina de la belleza de Leenane” (1996) osaba
penetrar en el territorio intocable del terrorismo
irlandés como un matón marrullero pidiendo
guerra. La inclemente burla de McDonagh ridiculizando
a quienes torturaban y mataban a mansalva, movidos
por una pulsión enfermiza, parecía una
provocación, anunciadora de tempestades, contrarias
a las cautelas negociadoras. Sin embargo, sólo
hubo unos chaparrones inocentes.
La inocuidad que presentaba “El tinent d'Inishmore”
puede explicarse por dos razones. Primero, la farsa
de Martin McDonagh agrede al INLA, un grupúsculo
de asesinos descerebrados, repudiado unánimemente,
mientras deja de lado al poderoso IRA. Y, en segundo
lugar, porque la propia demesura de este “gore”
político desactiva la posibilidad de polémicas
virulentas.
El lenguaje dramático de esa comedia de la
crueldad extrema tiene referencias obvias en el mercado
del espectáculo. Quentin Tarantino y David
Lynch. O Peckinpah y Monty Python, como anota certeramente
Marcos Ordóñez, en el prólogo
a la edición de la obra (Proa, 2003). Ya saben:
violencia a bobortones y un humor brutal y sin cortapisas.
McDonagh construye un formidable campo de paradojas.
El más sañudo terrorista llora a lágrima
viva la pérdida de su gato. Padre e hijo, amantísimos,
están en un tris de convertirse en parricidas
de la noche a la mañana. Los más inofensivos
personajes del cuento serán quienes descuarticen
los cadáveres que acaban poblando una escena
generosamente hemoglobínica...
El director Josep Maria Mestres ha manejado con eficacia
esas confrontaciones y creo no ha dejado escapar ningún
detalle que pudiera contribuir a la solidez de la
farsa y a su capacidad de diversión. Sin poner
ningún cataplasma a la mala uva del texto,
traducido por Joan Sellent, el director ha acertado
plenamente en el tono siniestramente festivo de la
comedia y en el perfil de cada personaje. El espectador
hallará una soberbia actuación de Pep
Anton Muñoz; el entusiasmo y entrega de Oriol
Vila; la saludable energía de la inmensa Rosa
Boladeras; a un convincente Manel Sans... En el papel
de Padraic, Roger Casamajor exhibe más vigor
que malicia, en una sobreactuación, con todo,
muy meritoria. Junto a la espléndida escenografía
de Pep Duran deben destacarse las aportaciones de
Amadeu Farré, fabricante de una magnífica
carnicería humana y gatuna, y las de Nasa,
Linuesa y Pascó, responsables de unos efectos
especiales de mucha categoría.
Pero como la felicidad absoluta no es de este mundo,
ahí queda una sombra. ¿Por qué
el TNC ha programado lo que a fin de cuentas es “una
simple comèdia de garrotades” (Ordóñez)?
Fuente
- La Vanguardia
Octubre
- 2003
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