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Imágenes y palabras
CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ
El Teatro Abanico celebró en Miami su primer año de andadura con una exposición de fotos y una representación de la pieza 'El enano en la botella'.

El Teatro Abanico ha arribado a su primer año de andadura, y lo hace con un saldo artístico más que estimable. Pero sobre todo, lo que más se debe destacar es el hecho de que, gracias al noble empeño de la actriz Lily Rentería, las artes escénicas y la cultura hispanas de Miami puedan contar con un espacio más. El proyecto, sacado adelante contra todos los vientos y las mareas que algo así supone en una ciudad como ésta, iniciará a partir de enero del año próximo una nueva etapa, en la que, además de trasladar la sede a Coconut Grove, pasará a llamarse Academia de Artes y Mentes. Sobre los planes y actividades que desde allí se van a realizar, prometo informar en su momento.

Vuelvo al primer aniversario de Abanico. Su directora quiso celebrarlo del mejor modo que se puede hacer: con varias actividades en su local en Giralda 22, Coral Gables. Una de ellas fue la exposición Estática milagrosa, que reúne una docena de fotos de Iván Álvarez tomadas por él en un reciente viaje a La Habana. Hace ya varios años vi una película argentina —de Eliseo Subiela, si la memoria no me falla— llamada Últimas imágenes del naufragio. Pienso que es el subtítulo perfecto que podría llevar la muestra de fotos de Álvarez.

Contrariamente a esa idea de la ciudad como un espacio vital y dinámico, la urbe que se ve en esas estupendas fotos transmite una desoladora impresión de abandono, ruina y destrucción. A diferencia de otros artistas de la cámara, Álvarez no se interesa por las personas que habitan La Habana, sino que concentra más su atención en sus edificios, en esas construcciones que son la imagen viva y elocuente del deterioro de una utopía que, como aquella otra revolución, se fue a bolina.

Piezas como Esto no tiene nombre, Vértigo, Gracias a San Ignacio y Estática milagrosa I hablan de ello, con esa contundente elocuencia frente a la cual las palabras no pueden competir. La última de esas fotos, por cierto, ha venido a adquirir un gran valor testimonial: pocas semanas después de haber sido tomada, ese viejo caserón amarillo, apuntalado por todos lados, se vino abajo, a consecuencia de un aguacero.

Una vez leí que la historia de una ciudad se puede contar a través de sus espacios construidos. ¿Puede hacerse lo mismo a partir de sus espacios vacíos o destruidos? Me temo que no. Así que cada vez será más difícil poder armar la historia de esa ciudad que los cubanos consideramos la más hermosa del mundo.

Iván Álvarez, sin embargo, no puede evitar ver La Habana con la pupila de un artista, y eso lo lleva a descubrir los vestigios de belleza que aún quedan en ese paisaje después de la batalla. En Mourning, por ejemplo, capta una callecita de La Habana Vieja, cuando el sol tempranero comienza a iluminar sus destartalados edificios y atempera un tanto su fealdad con un gracioso tinte dorado. En otra de las fotos, se ve una imagen panorámica de la Catedral, cuya imponente y hermosa arquitectura parece emerger de entre los escombros acumulados sobre los techos. En resumen, unas fotos en las que Iván Álvarez logra conjugar la visión estética y el registro documental.

Como era previsible, el teatro fue una de las manifestaciones que estuvo presente en esta especie de mini jornada con la cual Abanico festejó su primer año. La selección hecha por Lily Rentería fue todo un acierto: invitó a la actriz Grettel Trujillo para que escenificara El enano en la botella, un monólogo de Abilio Estévez (¡otro más!: ahora mismo se está poniendo Santa Cecilia en una sala alternativa de Madrid) estrenado por ella en el 2001 y del cual ha realizado lo que se puede calificar, sin temor a parecer exagerado, como una auténtica creación. Algo que tiene un mérito doble, pues se trata de un texto difícil de representar donde los haya.

En primer lugar, porque como la mayoría de las piezas dramáticas de Estévez, no posee acción ni conflicto al modo tradicional. Para entendernos, es uno de esos textos en el que, de acuerdo al gusto de los espectadores poco curtidos, no ocurre nada. En él, un enano que ha vivido casi toda su existencia encerrado en una botella, se dedica durante una hora a contar su historia. El término contar nos remite de inmediato a la narrativa, con lo cual menciono la primera dificultad de la obra: el protagonismo que tiene la literatura, la palabra escrita por encima de lo teatral. Pero atención: nótese que hablo de dificultad, no de defecto. ¿Y qué cuenta el enano? Pues, entre otras cosas, de lo nada cómodo que es vivir en una botella, aunque a todo se acostumbra uno, así como también sobre las cualidades que esa incomodidad desarrolla y que los seres humanos cómodos nunca sospecharán.

¿Que se trata de ideas y reflexiones filosóficas? Pues claro: exactamente sobre ellas está construido el discurso del personaje. Aquí, a diferencia de otras obras suyas como La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, Perla marina, Un sueño feliz y Santa Cecilia, donde trata temáticas referidas a la realidad cubana, Abilio Estévez aborda un conflicto cuyo alcance social y humanista posee una dimensión más universal: hasta dónde puede la conciencia del ser humano justificar una forma de vida que lo desnaturaliza, como lo sintetizó con tanto acierto Wilfredo Cancio Isla.

Todo tiene su cara buena y su cara mala, es la frase con la cual el enano resume su filosofía de la adaptación. Así, si su encierro le impide conocer la realidad exterior, le permite, en cambio, saber cómo es la vida dentro de una botella. ¿Significa eso que es un conformista? ¿Es feliz en su cárcel de vidrio? Lo primero que hay que decir más es que no escogió ser enano, como el protagonista de El tambor de hojalata, sino que a él le impusieron "esa nimiedad asquerosa con la que nunca ha sabido qué hacer".

Sólo que con el tiempo, la botella terminó por convertirse en su destino, de tal modo que ya no imagina la existencia fuera de ella. Sabe además que aquello no puede llamarse vida, porque cuando "las circunstancias te impiden que vivas, entonces estás muerto queriendo vivir". Al final, le queda sólo el consuelo de saber que no es el único enano encerrado en una botella. Lo único que cambian son las botellas. Pero en el fondo da lo mismo.

Del resumen anterior se puede deducir el enorme reto que entrañaba llevar a las tablas la obra de Abilio Estévez. Un texto hermosamente escrito, cargado de una densidad de ideas y abundantes referencias cultas, que está a años luz del naturalismo lingüístico y los diálogos pedestres que dominan en nuestra dramaturgia. Pero precisamente por esa discursividad literaria, muy difícil de transformar en hecho escénico.

Ése es uno de los grandes méritos por los que hay que aplaudir a Raúl Martín (director) y Grettel Trujillo (actriz), artífices de este prodigio artístico, de esta pequeña joya que es El enano en la botella. Ambos han sabido no sólo aprovechar, sino además potenciar los valores del texto original, al que se acercaron con una actitud creadora. Si algo no se hace en la puesta en escena es ilustrarlo servilmente. Los dos teatristas lo tomaron como materia prima para una plasmación que lo reelabora y enriquece notablemente, sin que ello signifique infidelidad ni adulteración.

En especial, considero admirable el equilibrio conseguido entre los diferentes matices que se combinan en el espectáculo, unos presentes en la obra y otros debidos al director y la actriz. La universalidad del asunto tratado por Estévez, quien eliminó aquí las referencias directas a nuestra realidad, no se afecta ni se reduce con la cubanización incorporada al montaje. Ésta está hecha a través de códigos verbales y gestuales que acercan al personaje a nuestro auditorio y le aportan un sabor popular que aligera un tanto la carga filosófica y el fuerte dramatismo de lo que se plantea en la pieza. Igual ocurre con elementos como el humor, la música y el maquillaje, que se integran orgánicamente y enriquecen la puesta en escena.

En mi caso particular, El enano en la botella me ha servido además para descubrir a una actriz de unos recursos técnicos, una versatilidad y un talento excepcionales. El juego de desdoblamientos y el constante cambio de un registro a otro exigidos por la obra son realizados por ella con una comodidad y un dominio que denotan una sólida formación. Algo que se ve confirmado por su uso de la voz, su desplazamiento por el escenario y su inteligente empleo de la expresividad no verbal. Ante trabajos como el suyo, uno se queda como se quedó Julio Cortázar cuando terminó de escribir Rayuela: despalabrado, incapaz de describir con palabras el milagro artístico del que fue testigo privilegiado.

Refiriéndose al personaje de la obra de Abilio Estévez, Norge Espinosa escribió que es "uno de los personajes más desoladoramente enternecedores de nuestra más reciente vida teatral". No se me ocurre más que añadir que gracias a Grettel Trujillo, ese enano que toca desesperada e infructuosamente el cristal de su botella tendrá para la posteridad su rostro y su cuerpo.

Cubaencuentro.com
Octubre - 2003

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