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Cuba detrás del telón.
Ramón Sánchez Varona: circunloquios
de eros
Matías Montes Huidobro
¿Hasta qué punto un buen texto dramático
puede sostenerse sin la necesidad de complicaciones
de montaje, basándose sencillamente en la pericia
del dramaturgo y de los actores, gracias al trabajo
de actuación del director, sobre los cuales
debe concentrarse la atención del espectador
en ese proceso de conflictos en pugna que es el buen
teatro? Quizás este sea el objetivo específicamente
“teatral” de un ciclo sobre el teatro
cubano que se ofrecerá durante el mes de noviembre
en el Centro Cultural Español, con la colaboración
de un grupo de actores y actrices que contribuirán
generosamente a la lectura dramatizada de algunos
textos. Tengo en mente, en el fondo, la posibilidad
de que alguien haga realidad una especie de “teatro
de cámara” que se sostenga en la fidelidad
textual e interpretativa, sin parafernalia superflua,
que atraiga por lo que se dice y se hace, por el planteamiento,
la voz y el gesto, donde al actor (y el término
incluye naturalmente a las actrices), como los músicos
de una orquesta de cámara, sean el foco de
atención en la medida de la proyección
interna de sus caracteres.
Naturalmente, detrás de todo esto hay mucho
más, porque el teatro, a pesar del constante
desplazamiento a que ha sido sometido, es el género
que hace los planteamientos más directos sobre
la condición humana, histórica, política,
social e inclusive económica de una determinada
época, a pesar de la obstinada exclusión,
ignorancia y hasta desprecio de muchos participantes
activos de la vida cultural cubana. En la historia
del teatro en Cuba, desgraciadamente, es en 1959 que
los agentes de la cultura nacional se dan cuenta que,
efectivamente, el teatro es un arma política.
En el exilio parece que nadie se ha dado cuenta todavia.
Digo desgraciadament, porque se empleó en la
peor causa y de una forma coercitiva hasta distorsionar
la función misma de la dramaturgia, o de cualquier
arte, que sólo puede existir más allá
de toda coerción. De otra forma, no puede reflejar
fielmente toda una época, salvo en la medida
que refracta la opresión que se ejerce sobre
la obra creadora.
Esto lleva a contradicciones, naturalmente, porque
si algo bueno tuvo el teatro cubano de la República
(1902-1958) es que los dramaturgos cubanos estaban
en absoluta libertad de escribir lo que les diera
la gana y nadie se metía con ellos. Y esto
es mucho. Si los llevaban a escena o no, o si su patrimonio
se perdía (como ha ocurrido después
dentro y fuera de Cuba) eso es otra cosa. Esa marginación,
sin embargo, los llevó a utilizar su picota
crítico-dramática para plantear en escena
todas las fallas de la vida republicana, cosa que,
paradójicamente, no ha podido hacer salvo muy
subversivamente, la dramaturgia cubana ulterior, precisada
a responder a los parámetros castristas que
no permiten una denuncia abierta. La crítica
marxista se refiere a la obra de estos escritores
de la República como “dramaturgia de
resistencia”, cosa que cuando intenta manifestarse
durante el castrismo da lugar a diversos niveles de
represión.
Parecerá error de mercadeo iniciar un Ciclo
de Teatro Cubano con un dramaturgo prácticamente
ignorado, pero precisamente por ello, para destacar
el hecho, es que he seleccionado La sombra de Sánchez
Varona, como punto de partida, especialmente por los
aspectos jurídicos del texto, que servirán
para contrastarse con Falsa alarma de Piñera,
con el que pienso cerrarlo. Es como un péndulo
de la conciencia que va de un extremo a otro, dos
maneras de ver el mundo, enfrentar la ética
y concebir el teatro.
Hay que tener en cuenta que el teatro cubano de la
República se inicia en medio de un vacío,
y aunque es cierto que contábamos con la figura
monumental de Gertrudis Gómez de Avellaneda,
algo de Luaces y un poco de Milanés, no teníamos
antecedentes (salvo los que llegaban del teatro vernáculo)
donde sostenernos. No debemos sorprendernos en cuanto
a sus limitaciones, si no en cuanto a sus logros,
ya que en un período de cuarenta años
vamos a estar en condiciones, primero gracias a José
Antonio Ramos, y después gracias a Carlos Felipe
y Virgilio Piñera, para entrar en acción
dentro de la experimentación y la vanguardia.
De ahí que no estaría de más
apuntar a nuestros logros (los de nuestros dramaturgos,
porque la República como tal tenía poco
interés en el género dramático)
más que a nuestras limitaciones.
Tal es el caso de Ramón Sánchez Varona
(1883-1962), que podemos clasificar como un efectivo
comediógrafo, que aunque cargue con los defectos
del folletín y el melodrama, llega a trascenderlos.
Aunque es un dramaturgo con una obra relativamente
extensa que fue bastante apreciada por sus contemporáneos,
el paso del tiempo y las inclemencias del olvido dentro
de un proceso histórico no menos demoledor,
han sido implacables con él. El proceso histórico
cubano y la obsesiva politización del movimiento
teatral en Cuba, han llevado a un sinnúmero
de desplazamientos que deben subsanarse. Es un dramaturgo
que merece una reconsideración y la propuesta
de una lectura dramática de La sombra intenta
su reubicación y la de algunos de sus contemporáneos,
pertenecientes a la primera generación de dramaturgos
de la República que sintieron un profundo desasosiego
por el futuro de Cuba.
Tenían una preocupación adicional por
la mujer, que jugó un papel estelar en la dramaturgia
republicana, pero que a lo largo del siglo XX ha sido
gradualmente desplazada por el quehacer escénico
masculino, lo cual es algo paradójico. Porque
además de tratarse de una toma de conciencia
nacionalista del teatro de la primera generación
republicana, nos vamos a encontrar con una toma de
conciencia de la posición de la mujer y un
análisis pertinaz del machismo cubano. A esto
opondrán nuestros dramaturgos una galería
de mujeres oprimidas, algunas de ellas, y otras de
avanzada que tratan de imponer sus derechos.
Los circunloquios de eros de Sánchez Varona
lo colocan en la vanguardia del análisis de
la conducta femenina. Este hecho, ya de por sí,
amerita una retrospectiva. No hay más que transcribir
un par de citas de Las piedras de Judea (1915), para
darnos cuenta que los personajes femeninos de Sánchez
Varona no se andaban con pelos en la lengua. La protagonista
opone la práctica del adulterio y las teorías
del derecho femenino, hasta llegar al derecho de libre
elección que tiene la mujer respecto al objeto
de deseo: “Espera, no he terminado, hay más.
No hace mucho tiempo que estuvieron aquí de
visita Julián y su mujer. Había además
otras personas, entre ellas Lorenzo Febles. No sé
por qué, se habló de matrimonio. Recuerdo
que Julián, dirigiéndose a Febles, le
dijo --No seas bobo, chico, no te cases, y si te casas
procura hacerlo bien enamorado de la novia, porque
si no lo estás, luego, pasadas las primeras
efusiones, tu mujer viene a ser algo así como
un gordo de puerco en la garganta”, resumiendo
la situación de la mujer cuando Rosa comenta:
“es cosa triste tener que ser estúpida
para ser buena”. Las piedras de Judea forma
parte de una serie de obras que representan un paso
de avance en la caracterización de la mujer
y la exposición de un discurso femenino de
vanguardia por dramaturgos del sexo opuesto.
A lo largo del teatro cubano de la República
va apareciendo un nutrido grupo de personajes femeninos
que luchan por sus derechos, lo que coloca a nuestra
dramaturgia dentro de un teatro de avanzada en este
sentido. Con La asechanza (1918), a pesar de elementos
que toma del folletín, rompe con los principios
del golpe de efecto y hay un mayor acercamiento a
la realidad tal y como aparece concebida en el teatro
moderno. Hay una conciencia stanislavskiana de la
búsqueda de lo verdadero, como si el dramaturgo
quisiera disimular al máximo la teatralidad
del espacio escénico. La opacidad de la obra
toma como modelo la vida misma, minúscula y
antidramática, que invita a una puesta en escena
siguiendo los preceptos de Stanislavski.
En cuanto a La sombra (1937), con más ardid
teatral, trabaja con matices del discurso femenino
en los que no vamos a entrar, para dejar que lo escuchen
directamente en las voces de Julie de Grandy, Germán
Barrios, Eliana Iviricú, Orlando Varona y Orlando
Rossardi, a cargo de la lectura dramatizada que tendrá
lugar en el Centro Cultural Español, el 5 de
noviembre a las seis y media.
Cuba detrás del telón.
Ciclo de conferencias sobre la dinámica de
la dramaturgia cubana en la República (1902-1958),
por Matías Montes Huidobro.
l. “Del nacionalismo a la vanguardia”.
Lectura dramatizada: La sombra de Ramón Sánchez
Varona. Noviembre 5, miércoles, a las 6 y 30.
2. “Toma de conciencia del teatro nacional:
José Antonio Ramos”. Lectura dramatizada:
escenas de Tembladera de Ramos. Noviembre 12, miércoles,
a las 6 y 30.
3. “Experimentación y subconsciente”.
Lectura dramatizada: Drama en un acto de Flora Díaz
Parrado. Noviembre 19, miércoles, a las 6 y
30.
4. “El principio de la crueldad”.
Lectura dramatizada: Falsa alarma de Virgilio Piñera.
Noviembre 26. miércoles, a las 6 y 30.
Con la cooperación de Julie de Grandy,
Eliana Iviricú, Sandra García, Germán
Barrios, Orlando Varona, Orlando Rossardi, y otros
intérpretes, a cuyo cargo estará la
lectura dramatizada de textos.
Sede: Centro Cultural Español. 800 Douglas
Rd.. Ste. 170, (esquina a la calle 8), Coral Gables,
FL 33134. Tel: (305) 448-9677. Entrada gratis
Octubre
- 2003
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