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Cuba detrás del telón
EL PUGILISMO DIALÓGICO DE RAMOS
Matías Montes Huidobro
La figura que domina la escena cubana durante las
primeras cuatro décadas de existencia republicana
es José Antonio Ramos, representativo de la
preocupación por Cuba, de la conciencia ética,
de los encontrados puntos de vista ideológicos
que se desarrollan en este período lleno de
logros pero también de frustraciones, de desesperación
existencial y cívica, de movilidad ética
y estética. Toda la obra de Ramos es una depuración
del realismo al servicio de lo cubano. Cuando empieza
a escribir, Ibsen representaba la revolución
en la escena nacional en medida similar a lo que ocurriría
con Pirandello, Ionesco y Genet décadas más
tarde. Es el dramaturgo sobre el cual se van sentando
las bases del movimiento dramático nacional,
que gradualmente irá trascendiendo los límites
del teatro de tesis.
Hay que tener en cuenta que durante esos cuarenta
años de una República que acababa de
nacer, se vivía dentro de unas circunstancias
muy precarias en cuanto a dirección, formación
de actores y corrientes innovadoras del teatro moderno.
Por consiguiente, propuestas teóricas y prácticas
que se habían hecho ya en Europa o que se estaban
haciendo, no entraban en el teatro que se hacía
en Cuba. Para ser justos, tenemos que reconocer que
acabábamos de independizarnos y que, salvo
las esperpénticas innovaciones de Valle Inclán,
ni siquiera debidamente reconocidas en España,
el teatro español iba a la zaga en las teorías
dramáticas europeas. Como indica Ramos, al
principio de la República hasta el teatro de
Ibsen no era aceptado. Por consiguiente, el Ramos
ibseniano es ya un revolucionario. Nada parece indicar
que hubiera una receptividad teatral que llevara ,
primero, al espíritu de Ramos, más abierto
a la teatralidad, y al de Luis Alejandro Baralt después,
más moderado, con los cuales el teatro se va
orientando por nuevos caminos.
Durante toda su vida, va a sostener una lucha titánica
contra los enemigos del teatro (que merodean impunemente),
dentro del cual será el caso más representativo.
Mientras penosas mediocridades son llevadas a escena
con éxito, Ramos tiene grandes dificultades
en poder estrenar, no sólo en Cuba, sino en
España, que era otro escenario posible. Por
otra parte, es el primer dramaturgo que empieza a
escribir una obra de forma sistemática y continuada
destinada a la creación de un teatro nacional.
Hará, en el corto período de apenas
cuarenta años, un recorrido aglutinador que
es como una síntesis de propuestas escénicas
que se han ido desarrollando en las dramaturgias europeas
por muchísimas décadas. Prácticamente
tiene que empezar a trabajar desde la nada, apoyándose
en el peor teatro de su tiempo, ya que las corrientes
innovadoras en la escena mundial había que
irlas a buscar fuera de España. Ramos se da
cuenta de estas carencias y estos lastres, y adoptando
una actitud de avanzada rompe, en la medida de sus
circunstancias, con las cadenas del coloniaje teatral.
Por otra parte, como cubano y hombre de su tiempo,
no puede traicionar los principios nacionalistas y
de justicia social.
Comenzando con corrientes ibsenianas, introduce en
la escena cubana otras vertientes. Da los primeros
pasos por el camino del realismo chejoviano, el expresionismo,
la metateatralidad y el existencialismo, aunque no
creo se le hayan acreditado debidamente estas contribuciones.
Depura los componentes realistas y su manejo de la
caracterización de los personajes y el contrapunto
dramático del diálogo lo colocan en
una posición de primera línea. Llena
un vacío que no había sido ocupado por
ningún dramaturgo desde la Avellaneda. Temáticamente,
partiendo de las crisis familiares, deja sentadas
las bases del teatro como microcosmos de las luchas
nacionales y anticipa escenarios más brutales
del teatro de la crueldad, la batalla campal entre
generaciones e ideologías, y el encarnecido
cainismo que tanto daño nos hará por
todo el resto del siglo veinte. ¿Que más,
entonces, podría pedirsele a un dramaturgo?
En cierto modo, las primeras cuatro décadas
del teatro cubano podrían llamarse José
Antonio Ramos.
En un período de menos de diez años,
de 1906 a 1915, su teatro va en progresión
ascendente, colocándolo a la cabeza de todos
los otros dramaturgos, posición que va a ocupar
por largo tiempo. En medio del melodrama, su obra
adquiere una resonancia que los malos hábitos
dramáticos de este género no deben eclipsar.
Se adelanta en más de cuarenta años
a lo que va a hacer Rodolfo Usigli con El gesticulador
(1947) en el teatro mexicano, que ha recibido mayores
reconocimientos.
Entre toda su producción hay que reconocer
que Tembladera (1917) va a la cabeza de su dramaturgia;
un verdadero clásico de la escena nacional
y la obra más importante que se escribe en
Cuba antes de El Chino de Felipe y Electra Garrigó
de Piñera. El aprendizaje de Ramos, que se
va desarrollando por más de diez años,
lo conduce a la nacionalización de los principios
ibsenianos de acuerdo con la identidad creadora del
dramaturgo y la problemática nacional.
El pugilismo dialógico de su obra quizás
sea su característica sobresaliente. Ramos
va a dejar sentado que su "teatralidad"
está en la dramaticidad intrínseca del
planteamiento, aunque se trate simplemente de un rebotar
de puntos de vista. En la "relación física
de presencias" establecida entre los espacios
de los personajes y el propio espacio con el espectador,
reside su dinámica dramática. El receptor
está en expectativa y Ramos no lo defrauda.
Recurre a la capacidad de interpretación semiótica
del espectador a quien cree capaz de leer los signos
de la escena, relacionarlos, interpretarlos y llegar
a sus propias conclusiones, sin ser víctima
de la violencia física a que puede llegar el
teatro.
El pugilismo dialógico de Ramos es de orden
civil y exige un distanciamiento dialéctico
de parte del espectador, que aunque físicamente
pasivo es racionalmente activo, condición que
ignoran los directores que no ven más allá
del movimiento externo. La propuesta no es técnicamente
brechtiana pero es también un discurso de toma
de conciencia. Por eso se siguen los principios logísticos
del diálogo, casi como si fueran las reglas
del juego, en una conducta civilizada donde los hablantes
ceden la palabra por turno, escuchando lo que se les
ha dicho y reaccionando sicológicamente de
acuerdo con lo expuesto por su contrincante. Se argumenta
a favor o en contra, para avanzar en el proceso dramático
con precisión. Hay un canon lingüístico
que se sigue para no estancarse en un discurso monologal,
aunque en algunas de sus obras del período
de formación esto último ocurre. Sin
embargo, sus mejores momentos descansan en el discurso
de la alternalidad dentro de una unidad de conjunto
que se traduce en la concurrencia de argumentos en
progresión.
La crítica no se ha dado debida cuenta de la
efectividad de Ramos en la mayor parte de los casos,
y muchos directores de escena se niegan a comprender
que la dramaticidad emerge de un discurso gestual
ajustado al problema intrínseco que se plantea.
La dramaticidad cotidiana no está en nuestros
gestos: nuestros gestos son el resultado de procesos
emocionales y físicos dentro de situaciones
que nos llevan a actuar de un modo y no de otro: el
drama hace el gesto. Lo que pasa es que en las peores
obras de este período hay una gesticulación
dialógica que no corresponde con el drama,
que es la característica dominante del peor
teatro, ya que inclusive en muchos casos no hay drama
sino gestos verbales que pasan como tales. No así
en el caso de Ramos, que puede equivocarse en el procedimiento
pero no en el "drama".
Ramos cree, pone en práctica y organiza de
forma convergente, el diálogo como agente de
la construcción de la historia y la caracterización.
Dejando a un lado otras características del
discurso semiótico que empiezan a formar parte
de la dramaturgia cubana gracias a otros signos que
introduce el propio Ramos, el dramatismo de su obra
está en el manejo de un diálogo alterno
en constante avance o retroceso, dominado a veces
por apasionados enfrentamientos radicalizados.
Al contrario de lo que se ha intentado afirmar, estos
diálogos de acción racional, lejos de
implicar pasividad de parte del receptor, requieren
una actividad mental que resulta englobante. Los personajes
se miden además, no sólo por su capacidad
de "decir" sino también por su capacidad
de "hacer" en la medida del lenguaje. Existe
por consiguiente una conciencia dinámica que
no termina en escena sino que se proyecta al receptor
y que no ha perdido su vigencia en la escena cubana.
Muchos ejemplos de esta naturaleza hay en su dramaturgia
y es difícil hacer una selección porque
una selección excluye la otra. En el caso de
Tembladera, el contrapunto dialógico que hemos
seleccionado para ilustrar la segunda propuesta del
Ciclo de Teatro Cubano en el Centro Cultural Español,
la del 12 de noviembre, va a tener lugar no sólo
a niveles ideológicos, sino también
dentro de los matices emocionales y sicológicos
de la relación entre Isolina y Joaquín
(dramatizadas por Eliana Iviricú y Germán
Barrios), protagonistas de la obra. Es de todos modos
un enfrentamiento verbal a nivel emocional con orden
y concierto, donde las pasiones están medidas
por la conducta. Por extensión, los planteamientos
del conflicto individual responden a un mundo típicamente
republicano donde una voz daba paso a la otra dentro
de los términos de una oposición civilizada
que todavía no había sido entrenada
en la desfachatez, la demagogia y la barbarie.
Cuba detrás del telón. Ciclo de
conferencias sobre la dinámica de la dramaturgia
cubana en la República (1902-1958), por Matías
Montes Huidobro.
l. “Del nacionalismo a la vanguardia”.
Lectura dramatizada: La sombra de Ramón Sánchez
Varona. Noviembre 5, miércoles, a las 6 y 30.
2. “Toma de conciencia del teatro nacional:
José Antonio Ramos”. Lectura dramatizada:
escenas de Tembladera de Ramos. Noviembre 12, miércoles,
a las 6 y 30.
3. “Experimentación y subconsciente”.
Lectura dramatizada: Drama en un acto de Flora Díaz
Parrado. Noviembre 19, miércoles, a las 6 y
30.
4. “El principio de la crueldad”.
Lectura dramatizada: Falsa alarma de Virgilio Piñera.
Noviembre 26. miércoles, a las 6 y 30.
Con la cooperación de Julie de Grandy,
Eliana Iviricú, Sandra García, Germán
Barrios, Orlando Varona, Orlando Rossardi, y otros
intérpretes, a cuyo cargo estará la
lectura dramatizada de textos.
Sede: Centro Cultural Español. 800 Douglas
Rd.. Ste. 170, (esquina a la calle 8), Coral Gables,
FL 33134. Tel: (305) 448-9677. Entrada gratis
Octubre
- 2003
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