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VOZ EN MARTÍ:
OTRA EXPERIENCIA (I)
Omar Valiño | La Habana
Se filtran por las rejillas los ruidos
habituales de la calle. Más cerca suenan las
chavetas con su timbre metálico. Chirrían
las prensas apretando los moldes. Rasgan las manos
las hojas secas. El olor del tabaco es la atmósfera;
la magia su elaboración cuasi silenciosa, cuasi
musical: esa artesanía contra la que nada ha
podido el tiempo, la misma de un siglo atrás.
Sobre el natural montaje de sonidos
reverbera la voz de Martí. El pequeño
estrado del lector de tabaquería ha sido ocupado
por cuatro actores y una actriz de Teatro Escambray.
Cartilla en mano, han venido a «imitar»
el viejo oficio de aquel, leyéndoles a los
tabaqueros sobre el Maestro de todos los cubanos.
Mas la distinción de tal lectura estriba en
que está organizada como un espectáculo.
Si bien muy singular, espectáculo teatral,
sin duda.
Les sirve de guía la discutida
pero «clásica» biografía
de Jorge Mañach, Martí, el Apóstol
(1933) que, aún con sus imprecisiones y valoraciones
hoy superadas, fue el texto a través del cual
muchos cubanos conocieron a Martí en la República.
Convertida en memoria, sigue deslumbrando por su belleza
literaria y por esa forma novelada que transmite a
un hombre vivo en medio de sus avatares.
Carlos Pérez Peña, quien
ideó y dirigió la puesta en escena,
respeta la ilación cronológica de la
vida del héroe pautada por Mañach, pero,
por supuesto, enfatiza seleccionando pasajes, frases,
momentos, hechos insoslayables, algunos más
conocidos, otros menos. Perfila así, de manera
brillante, esquivando una hagiografía, un rostro,
su evolución y sus porqués.
Seguramente motivado por ese tipo
de aniversario imantador, como lo fuera en este 2003
el sesquicentenario del natalicio del Apóstol,
Carlos se propuso una imposible biografía teatral
de Martí. Es todavía la concomitante,
la dependiente de la literatura, en tanto esperamos
por la pieza dramática que recree su vida.
Mas, aún así, tiene la ventaja del teatro:
crear vida frente a los espectadores y devolvernos
lo sabido como nuevo, gracias a la extraordinaria
capacidad de emocionar contenida en el acto teatral.
Si, como en Voz en Martí, la escena viviente
posee la magia de hacernos padecer, ante nuestros
ojos todo vuelve a parecernos original.
Esa presencia viva marca también
la diferencia con la radio, aunque es perfectamente
posible grabar el espectáculo para ese medio.
Lo permite el hecho de que Pérez Peña
concibió la puesta para las tabaquerías,
calculando aprovechar el entrenamiento de sus destinatarios
potenciales como escuchas acostumbrados a las lecturas.
Los tabaqueros, además, no pueden mirar por
los requerimientos de su faena, de tal manera que
el montaje destierra lo visual (iba a decir lo físico,
mas no es cierto, pues ya señalé antes
la función decisiva de la presencia actoral),
confiándose al reino del sonido, la voz y la
palabra.
En la utilización de ese vehículo
encarna la poiesis misma de la puesta en escena: narrando
a veces, coloquial en ocasiones, declamatoria sin
afectaciones en otras, exaltada cuando lo exige el
verbo martiano y cantada especialmente cuando así
lo quieren los actores, la palabra resulta diferente
porque obtiene una condición teatralizada a
través de la acción vocal, evadiendo
un acto de habla circunscrito simplemente a que aquella
sea dicha o leída.
La palabra se hace acompañar
de una muy sintética banda sonora que, ejecutada
por el técnico Armando Peña, deja escuchar
un acorde, recrea la sonoridad de un ambiente o la
vibración de un sonido, expande la musicalidad
de una situación, creando en fin una eficaz
urdimbre de planos sonoros.
El montaje se muestra en su construcción
perfectamente orientado por el verdadero eje que lo
signa: la «tensión» de un público
específico; ese conjunto de tabaqueros para
el que fue concebido, sin cuyas particularidades no
fuera de esa forma. Pocas veces en la historia del
teatro se habrá visto a espectadores que, siéndolo,
realizan al mismo tiempo un trabajo otro y en cuya
estructura laboral se abre un «agujero negro»
para la entrada del arte.
Es imposible desligar, además,
esa circunstancia receptiva de la de aquellos tabaqueros
que en su hora acogían a Martí en Tampa,
Cayo Hueso o Ybor City y, desde sus puestos similares,
aplaudían al tribuno.
La palabra trae ahora, a través
de Voz en Martí en sus dos pariguales partes
de una hora, la brillantez del niño, el fervor
patrio del adolescente, los requiebros de la familia,
el dolor de la madre, la dignidad del desterrado,
los primeros escarceos amorosos, la aventura interna
del conocimiento.
Dibuja a La Habana colonial y a la
metrópoli española, más tarde
a Caracas, Guatemala y México, finalmente a
New York. Esculpe las figuras del maestro Mendive
y los amigos Fermín y Juan Gualberto, también
a Mercado. Nos dice de María Granados, de Carmen
y de Carmen Mantilla.
Desanda los pasos agitados de Martí
el conspirador: el preparador cuidadoso y consciente
de la revolución, el fundador del Partido Revolucionario
Cubano y de la república al tiempo que de la
guerra «necesaria y breve». El contrariado
por hombres y acontecimientos.
Asistimos, pues, al intenso peregrinaje
de Martí. Vemos al hombre y con él a
las ciudades, las figuras y los hechos que lo hicieron:
el peso de una vida volcada en numerosas formas de
escritura: poemas, cartas, apuntes, discursos, documentos,
ensayos, dramaturgia, artículos periodísticos...
Traza, en definitiva, un itinerario
interno y otro externo desde el cual se va perfilando
esa pelea tan suya, y por extensión tan cubana
y actual, de la vida privada versus el servicio público.
Pero esto alcanza una carnalidad muy propia en el
espectáculo porque nos presenta, precisamente,
transparentes las ideas y su fondo, casi el nacimiento
de ellas en ese cruce de motivos, huellas y pasiones
disímiles que es toda biografía. Construye
al héroe con su voz y ofrece las voces de los
otros viéndolo.
Pérez Peña encuentra
una dramaturgia, una peculiar oscilación entre
lo suave y lo fuerte, tan típica por demás
de las experiencias martianas y de su posterior reflejo
en su estilo literario. Diría que halla y afina
un tono para presentarnos la dramaturgia de la vida
del Apóstol: la ternura de una carta, la confesión
de un poema al lado del documento visionario o de
la instrucción militar.
Martí emociona por sí
mismo, en primer lugar porque es una verdad patria,
un «examen de la posibilidad cubana»,
una verdad cumplida e inconclusa al mismo tiempo.
Como «es el amor quien ve», con amor el
teatro permite ver. Y, sin embargo, no estamos en
presencia de una reconstrucción factográfica
de Martí, sino de su espíritu fundante
e infinito.
Fuente:
lajiribilla.cu
Septiembre
- 2003
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