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DENTRO DEL
GRIS
Juan Martins
| La alteridad del espacio
teatral se exhibe desde el personaje y su complexión
ante el público, por medio de la acción
que se desarrolla desde y en el lenguaje: la estructura
de los diálogos no garanti-za por si solo
que la pieza de teatro mantenga su modalidad comunicacional:
el público ve el discur-so que le entretiene.
Como es sabido se consigue cuando éste,
el lenguaje teatral, se ha estructurado en su
contexto: «la palabra —dice Leonardo
Azparren Jiménez * — en el teatro
se ve» y no se lee. Digo todo esto porque
hasta ahora hemos tenido la oportunidad, si no
el placer, de conocer la narra-tiva y la poesía
de Goldemberg, para no citar su otra pieza teatral
Hotel Amérikka (en tanto versión
dramática de La vida a plazos de don Jacobo
Lerner), en la que la extensión «narrativa»
adquiere una poética comprometida con lo
judeo-latinoamericano, como bien lo sabemos los
lectores y se evidencia cuando, desde un discurso
ortodoxo, desarrollamos una lectura superficial
en la cual no se duda en calificar, no sin cierto
eufemismo, de realismo mágico (lo que no
deja de ser cierto, pero no exclusivo para el
análisis de su obra), quizás se
hace, a partir de cierta crítica, por facilidad
discursi-va o intelectual, en la que nos vemos
tentados cuando no profundizamos sobre otros aspectos
del lenguaje. Cada lector es libre de hacerlo.
Hay por el contrario en Golpe de gracia —o
el autor lo quiere así en esta ocasión—,
una búsqueda arraigada en el hecho latinoamericano.
El hecho como tal no posee sólo una figura
epistemológica de carácter histórico
sino que es, por lo demás, lúdica.
Esta relación lúdica viene al caso
cuando se establece cierta (inter)teatralidad
en el texto dramático: |
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CORONEL (Al PROFESOR, como tomándole
un examen).— A ver, la relación entre
el tiempo y la historia…
PROFESOR.— Pues…la relación
entre tiempo e historia salta a la vista, ¿no?
(Pausa) Sin embargo, como en el caso de la poesía
y de la religión, no se conoce ningún
tratado, mo-derno o antiguo, que explique, sin huecos
ni sin lugar a dudas, cuál es exactamente
esa relación.
CORONEL.— ¡Bravo, bravo!
Usted ya está listo para las tablas. (Volviéndose
súbitamente hacia el PRESIDENTE.) ¿Te
das cuenta? ¡Palabras! ¡Puras palabras
para la platea! (Vol-viéndose a la PRIMERA
DAMA, melancólico) Es lo que te decía
hace un rato: un mar de distancia. Pero no me lamento.
Todos debemos aceptar con humildad y entereza, el
papel que nos ha tocado desempeñar a cada
uno de nosotros en el gran teatro del mun-do…como
le dicen a la vida los entendidos en este tipo de
cosas… (Al PRESIDENTE) ¿No es cierto?
(El PRESIDENTE lo mira intrigado) A mí, amurallado
en este Colegio, el papel de espectador de la Historia.
A ti, mi querido Javier, en Palacio, de protagonista.
¿Sabes tú quién soy yo en este
Colegio. Sí sí, ya sé: el Coronel
Director. ¿Acaso alguien piensa en mí
como en el héroe de Leticia? ¡Qué
va! Aquí yo soy el Coronel… ¿Cómo
me llaman los cadetes a mis espaldas? (Coge el maniquí
y se pone a bailar con él a ritmo de meren-gue,
cojeando) ¡Merengue! Sí señor:
¡el Coronel Merengue!
La realidad se transgrede por medio
de este juego teatral, teatro dentro del teatro, espacio
dife-renciado entre la realidad del espectador y de
la escena propiamente. Con la intención de
edificar otra realidad que bien es una imagen de lo
latinoamericano o, como se ha dicho en otros lugares,
una metáfora del poder. Se nos dice de la marginalidad
del poder por medio de la palabra como alteridad de
la realidad y se confirma aquella (inter)teatralidad
cuando los personajes se colocan en el lugar de los
espectadores a objeto de descubrir la máscara
la cual les permite saber qué hay de literalidad
en la historia política de Latinoamérica,
cuánto hay de despreciable en su condición
de personajes, por ejemplo, el maniquí, siendo
un dispositivo escénico, es, por consecuencia,
un ele-mento de trasgresión que identifica
la visión real del espectador. Es decir, sobre
el maniquí cada personaje esconde sus valores,
temores, sentimientos y depresiones emocionales. Entabla
una rela-ción emocional compleja con el espectador
y, como nos interesa, lúdica para que el entretenimiento
se instaure y el público se someta a la alegría
y a la emoción de estar ante una obra de teatro.
Por lo que el discurso escénico no se pierde
en el texto teatral, diferenciándose de la
narrativa que cono-cemos de Goldemberg. La estructura
teatral alcanza convenios con el humor y lo escatológico
como indicios de una concordancia preescrita con la
audiencia. El público, decía ahora,
necesita ver y oír, luego reírse de
su propia anécdota, del sentido de su realidad
o de su contexto del país. De lo con-trario
permanecerá en la butaca cansado y aburrido
mientras transcurren las escenas. Goldemberg, se cuida
de estos aspectos en esta propuesta que le son propios
al discurso teatral: el humor y el sarcasmo que rodea
al hecho político permanecen junto al quien
«ve» o «lee» esta pieza. Siendo
el humor un recurso de la alteridad, puesto que la
realidad es transgredida por medio del humor: los
personajes se contienen sobre su imagen. De allí
que el espejo —aquél otro dispositivo—
permite que éstos puedan verse o reflejarse,
aun cuando su propia imagen no les satisfaga por la
burla y la sátira. El espejo-cuadro en el foyer
del palacio (donde al mismo tiempo se ha improvisado
un pe-queño escenario con butacas) es un marco
de la desfigurada realidad que se representa o se
denota en la intimidad de la vida doméstica
de estos personajes que no hacen sino que identificar
la podre-dumbre de nuestros políticos. Claro
que visto desde una retrospectiva histórica,
tenemos en el per-sonaje principal «Presidente»
el arquetipo del tirano latinoamericano. El «Presidente»,
junto al resto de los personajes, no son otra cosa
que una máscara, una debilidad moral y psicológica.
Y todo se desarrolla en la intimidad del palacio presidencial:
lo doméstico como escala del poder y burla
de la historia. Allí, el «Presidente»
y su contrario próximo «Coronel»
se entienden con sus aduladores de turno: autoritarismo,
prostitución, infedilidad, militarismo, corrupción
adquieren un mismo lugar común. Con ello quiero
decir que lo importante acá no es el tema sino
lo estilístico, esto es, el tra-tamiento lúdico
que se hace de los personajes y cómo adquiere
para la literatura valor: Esto por supuesto se lo
dejo a los lectores. En lo que creo que estaremos
de acuerdo es en lo que nos importa de Goldemberg
aquí: un giro estilístico fiel a las
estructuras dramáticas. Por una razón
muy sencilla que todo autor tiene presente: es el
texto quien le exige al autor y no el autor al texto.
Valiéndose de esa premisa nos asomaremos a
nuevas posibilidades creadoras. Si por el contrario
sólo esperamos el paradigma judeo-latinoamericano
nos vamos a encontrar con una sorpresa, pero me atrevo
anunciar (sin querer perjudicar lectura alguna), como
he hecho en otra oportunidad, que esa modalidad del
pensamiento judío es estructurante y no ideológico,
está presente en forma intrínseca en
el texto, es un sustrato que sólo quiere valerse
de esa modalidad del pensamiento literario, presente,
como rit-mo escritural y no como mala propaganda.
Y eso es la ideología: propaganda.
También hay que decir que el
recurso de la (inter)teatralidad es muy usado por
el teatro en gene-ral y el teatro latinoamericano.
Lo que por ahora me recuerda la exitosa versión
teatral que hiciera el grupo de teatro venezolano
Rajatabla de Sr. Presidente de Miguel Ángel
Asturias, en donde la teatralidad viene dada por ese
hecho del teatro dentro del teatro, el juego, dentro
del juego como recurso satírico y burla del
poder para poder identificar al principal personaje
(otro presidente más de cualquier república
latinoamericana) con la corrupción y el militarismo.
Para ello se valió, la dirección —nuestro
destacado director Carlos Giménez ya fallecido—,
de introducir todos los ele-mentos lúdicos
posibles que podemos hallar en el claroscuro de los
personajes y su desfigura, acer-cándonos a
modelos expresionistas, en tanto que los personajes
son (des)aminados y contenidos por un ambiente oscuro
y tenue para crear una atmósfera grisácea
de tenue psicológica y así demarcar
la depresión política de nuestros países.
Aquí, en Sr. Presidente, se logra con la versión
de una obra narrativa. En cambio, con Golpe de gracia
tenemos, desde el mismo texto teatral, aquella experien-cia
expresionista y, después de todo, lúdica
que nos exige toda obra de teatro que se califique
de ser tal. Y es precisamente desde el hecho expresionista
que Goldemberg adquiere su ritmo escritural, explicándonos
como nuestros personajes latinoamericanos se han venido
desfigurando con la histo-ria. Cabe decir aquí
que el expresionismo es una modalidad de interpretación
psicológica y, espe-cialmente, estética
que tiene su utilidad a la hora de comprender la relación
que establece el público con los personajes.
De alguna manera esa relación tiene una representación
orgánica. Esta es la manera en que el espectador
se emociona y siente a los personajes y luego racionaliza
en forma de interpretación, creando una desproporción
de la realidad y un sentido de alteridad. Entonces
lo que el público siente y luego racionaliza
es el conjunto de la palabra, la acción y la
escenificación de lo que ve. Por la tanto lo
que ve es un «reflejo» de la realidad,
pero transferido a otro contexto, por ejemplo, en
cierta circunstancia, a la hora de ver la puesta en
escena de Golpe de gracia, el «Presi-dente»
es visto con un rostro (¿máscara?) desfigurado
y sacado de su trama para erigir una alteridad de
la realidad y una metáfora del poder. Y al
mismo tiempo aquella desfiguración del personaje
dependerá del estado de ánimo del espectador
que asciende hacia una interpretación racional
de la historia. Vuelvo a decirlo, ver en estos personajes
nuestros fracasos humanos, sociales y políticos
lo cual sólo se logra ante la preponderancia
estética.
Septiembre
- 2003
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