|
LOS
NUEVOS CAMINOS DEL TEATRO. EL SECRETO DEL TEATRO DEL
SIGLO XX
Roger Mirza
Entre los “Eventos especiales”
del XIII Festival Internacional de Teatro de Caracas
se desarrolló (el 9 y 10 de abril pasado) un
seminario sobre “Los nuevos caminos del Teatro”
con ponencias de Marco de Marinis (docente e investigador
italiano), Osvaldo Pellettieri (docente, investigador
y director argentino), Antonio Hormigón (docente
y director español) y Roger Mirza (docente
e investigador uruguayo), en el Ateneo de Caracas,
con la presentación de Orlando Arocha (docente
y director venezolano) y la introducción de
Leonardo Azparren (docente, crítico e investigador
venezolano). Por su particular interés como
enfoque de lo que significaron las principales experiencias
transformadoras del arte escénico en el siglo
XX presentamos en base a las notas tomadas y una entrevista
posterior, una síntesis y reelaboración
de la ponencia “El secreto del Novecientos teatral”
de Marco de Marinis. [1]
A modo de introducción: los
verdaderos profetas del teatro
En primer lugar, comenzó De Marinis, debe destacarse
con respecto a los caminos futuros del título,
que existe más futuro en textos escritos por
Gordon Craig, Meyerhold, Stanislavski o Artaud, que
en muchos autores y directores posteriores contemporáneos
incluyendo a Robert Wilson o Pina Bausch, para mencionar
algunos. Creo que en ellos aparece el carácter
profético y visionario de las grandes experiencias
teatrales del siglo XX. Ellos fueron los que plantearon
lo que sería el teatro de todo el siglo. Se
podría decir que ya a partir de Wagner, por
lo menos, se piensa el teatro de un modo antropológico,
con una perspectiva utópica que estará
también en Brecht, el Living Theatre, el Odin
y en América Latina Augusto Boal entre otros.
1. La falsa oposición: ‘teatro
de texto’-‘teatro de imagen’ o del
gesto
De modo que para saber dónde
está el teatro hoy y hacia dónde se
dirige, agregó el investigador italiano, tenemos
que interrogar a fondo la tradición teatral
del siglo XX y preguntarnos qué significaron
esas experiencias y en qué consistió
la ruptura que introdujeron. En ese sentido uno de
los ejemplos de la incomprensión que existe
con respecto a la revolución teatral del siglo
es la oposición esquemática que se suele
hacer entre el llamado ‘teatro de texto’
y el teatro sin texto o ‘teatro de imagen’,
entre ‘teatro de la palabra’ y ‘teatro
del cuerpo’. Creo que se trata de un cliché
seudocrítico, dijo De Marinis, un prejuicio
que consiste en creer que esa oposición existía
y que el Nuevo Teatro nació oponiendo un ‘teatro
del gesto y el cuerpo’ a un ‘teatro de
texto’. Esa oposición no capta la realidad.
Artaud nunca declaró que podía hacer
un teatro que renunciara al texto, ni Grotowski, ni
el Living, que son como los heraldos del Nuevo Teatro.
Es necesario pensar más bien en otro tipo de
oposición: distinguir entre un teatro para
el texto y un teatro con el texto, subrayó.
Parece un juego de preposiciones, pero es muy importante.
El crítico Jean Jacques Rubine habló
de un ‘teatro textocéntrico’ que
comienza y termina con el texto, durante buena parte
del novecientos. Mientras que existiría otra
vertiente, de un teatro que no rechaza el texto, sino
que lo incorpora como uno de los elementos del proceso
creativo, donde puede ser el punto de partida pero
no el fin del proceso teatral. Un texto que puede
intervenir, también, en medio del proceso creativo,
un proceso que podría empezar desde el cuerpo
o a partir de una imagen, por ejemplo.
2. Una segunda falacia: el “descubrimiento”
del cuerpo.
Al referirse al Nuevo Teatro, se habla
también del ‘descubrimiento’ del
cuerpo pero éste es otro equívoco, prosiguió
el investigador. A partir del 900 varios directores
pusieron el acento en la acción física
del cuerpo (como en el último Stanislavski,
por ejemplo) pero no se eliminó al texto. La
cuestión no era eliminar el texto u odiarlo.
El objetivo era trasladar al actor la dimensión
de la creatividad. Así el actor ya no era considerado
solamente como un declamador, un instrumento para
dar vida a un texto, sino un actor capaz de crear,
como dijo Stanislavsky. Para lograrlo se recurre siempre
a la sustracción temporaria del texto para
que el actor se vea obligado a recurrir a otros recursos
y a descubrir sus propios medios expresivos. Es lo
que hacía también Meyerhold en San Petersburgo,
siguió De Marinis. Meyerhold trabajaba en improvisaciones
sin palabras, a partir de textos, personajes o situaciones
dramáticas como “la locura de Ofelia”,
por ejemplo, o de esquemas de la Commedia dell’Arte,
o de fragmentos narrativos de Pushkin.
Algo similar hacía Jacques
Copeau en Le vieux Colombier en París en 1921.
Una parte central de la enseñanza de Copeau,
agregó el expositor, era la de hacer improvisaciones
con máscaras neutras, sin expresión
(las blancas máscaras del teatro oriental),
sin hablar. En esta sustracción temporaria
de la palabra para recurrir a la máscara, al
gesto, al cuerpo, se lleva al actor al plano de la
creatividad de dos maneras:
a) Al no disponer por el uso de la
máscara, ni de la palabra, ni del rostro y
la mímica facial para expresarse (que es el
expediente más fácil y cotidiano), el
actor se ve obligado a recurrir a otros medios corporales.
b) Además se logra de esta
forma la autonomía del actor con respecto al
personaje y al texto. En 1930 Stanislavski insistía
en “el método de las acciones físicas”.
El actor ya no debía partir de las emociones
que el personaje podía despertar en él
sino de sus acciones. La pregunta ya no sería
¿qué sentiría yo si fuera el
personaje?, sino ¿qué haría yo
si fuera el personaje?
De acuerdo a este planteo, prosiguió
el investigador, el proceso de elaboración
de la puesta en escena ya no parte del texto sino
que empieza con el actor, con improvisaciones y una
vaga idea del personaje y del texto de la obra. Es
famoso en este sentido el planteo de Stanislavski
con respecto a la entrada del inspector en El Inspector
de Gogol: ¿cómo debe entrar el personaje?¿qué
debe hacer?¿cómo moverse?
Este método que propone una
autonomía relativa del actor respecto del texto
será central y una de las grandes revoluciones
teatrales del siglo. De él parte Grotowski
quien propone ya una autonomía absoluta del
actor con respecto al texto. El caso más notable
es su espectáculo sobre El príncipe
constante de Calderón de la Barca. El actor
partió de una experiencia sin saber nada del
texto. Se trató de un trabajo del director
con el actor y no del actor sobre el texto y el autor.
3. El teatro debe trascenderse
a sí mismo
Si la revolución del
900 teatral no nace de la oposición ‘teatro
de texto’/’teatro sin texto”, la
novedad no se agota, tampoco, en la oposición
‘teatro para el texto’/’teatro con
el texto’. Hay otra oposición más
profunda que es la distinción entre un teatro
formal, estilístico, subrayó De Marinis
y otro teatro que busca reestructar el hombre a través
de una búsqueda que no se limita a la estética
o al estilo sino que se plantea un cuestionamiento
permanente, un repensar radicalmente qué es
el trato y cómo realizarlo, que se pregunta
intensamente cuál es su sentido y su valor,
un teatro que se cuestiona a sí mismo y que
busca trascenderse como arte.
¿Acaso la necesidad del teatro se funda sólo
en que tenía un valor y un sentido anteriormente?
¿Podemos aceptar esa justificación que
se apoya en la viscosidad de la costumbre y en la
inercia? Se debe pensar en un teatro que va más
allá de sí mismo y del espectáculo,
que ocupará un lugar nuevo en el mapa de Occidente
y en el imaginario colectivo, un teatro que abandona
las dimensiones del entretenimiento, la diversión
y la evasión. En Occidente el teatro tenía
como fin divertir, incluso el teatro más culto.
A partir de Stanislavski se disloca totalmente esta
situación. En lugar de ser un pasatiempo, el
teatro se vuelve algo que nunca había sido
desde el Renacimiento: un instrumento de conocimiento,
de búsqueda, un trabajo del individuo sobre
sí mismo. Esa es la transformación y
la ruptura introducida por el siglo XX y que De Marinis
destacó.
Luego prosiguió, relatando una entrevista a
Grotowski a fines de los setenta en el film que se
hizo sobre él en Pontedera. En dicha entrevista,
al hablar del tránsito del teatro de entretenimiento
al de búsqueda, se le pregunta qué cosa
lo atrajo al teatro en el comienzo y Grotowski contesta:
El teatro ha sido una enorme aventura en mi vida.
Ha condicionado mi manera de pensar y de ver a la
gente. En realidad no buscaba al teatro. Buscaba algo
más. De joven me preguntaba cuál sería
el oficio posible para llegar al otro y a mí
mismo, el oficio que me diera un eje en mi vida, una
dimensión que se apoyara en la vida normal
pero que me hiciera llegar a algo más alto,
que lo trascendiera todo. Ese interés por el
ser humano me llevó al teatro, pero podría
haberme llevado a la psiquiatría o al yoga.
4. El teatro del futuro exige
una refundación social
Para concluir, el investigador
italiano destacó la importancia de las sensaciones
físicas y del cuerpo en esa función
transformadora -individual y socialmente- del teatro
tal como fue planteado por los grandes renovadores
del teatro en Occidente. Hoy sólo a través
de la piel se puede llegar a la metafísica,
dice Artaud en su Primer manifiesto del teatro de
la crueldad. Se trata de un teatro que insiste en
su materialidad expresiva y en lo sensorial, un teatro
que busca salir de la mímesis, de la representación
de una acción para exponer y construir frente
a los espectadores las acciones mismas, subrayó
De Marinis, acciones que actúan directamente
sobre la percepción del espectador. Un teatro
que busca producir no un efecto en el espectador sino
una experiencia inédita, que no se propone
ser un reflejo ni una imitación de la vida
cotidiana sino la intensificación de la vida,
en una experiencia conjunta entre actores y espectadores
y que nos cuestiona integralmente como seres humanos
y en nuestra relación con las fuerzas naturales
y con el cosmos. Un proceso orgánico que busca
reconectarnos con el fluir de la vida y con sus impulsos
profundos. Existe una intensidad de la vida que es
difícil de alcanzar en lo cotidiano. Eso es
lo que concierne al actor y por inducción al
espectador. Ese es el teatro del futuro. La verdadera
batalla es comprender que el teatro no es sólo
espectáculo, ni una serie de textos o una colección
de obras, sino un modo de vivir , una experiencia
única que nos permite acceder a una calidad
de vida imposible de encontrar en otra parte, concluyó
De Marinis.
Pero ese teatro del futuro, agregó como corolario,
supone una sociedad del futuro. Es necesario por lo
tanto pensar el teatro en el marco de una refundación
social global de la sociedad utópica. No se
puede pensar el teatro del futuro sino dentro de una
sociedad dada vuelta, transformada, rehecha. Ese es
el empuje utópico que ya se planteaba desde
Meyerhold. Ese también es el secreto del teatro
del siglo XX.
Marco de Marinis
es uno de los más importantes teóricos
teatrales contemporáneos, profesor de la Universidad
de Bologna y autor de numerosas obras sobre teoría
y práctica del teatro del siglo XX, entre las
que destacamos: Semiotica del Teatro, Milano, Bompiani,
1982; Capire il teatro, Firenze, La Casa usher, 1988;
Il nuevo teatro: 1947-1970, Milán, Bompiani,
1988; Drammaturgia dell’ attore, Bologna, I
cuaderni del Batello Ebbro, 1997; La danza alla rovescia
di Artaud. Il secondo Teatro della crueltà:
1945-1948, Bologna, I cuaderni del Batello Ebbro,
1999; In cerca dell attore. Un bilancio del Novencento
teatrale, Roma, Bulzoni 2000; “Culture teatrali”,
ed. Cuaderni del Battello Ebbrio, N. 1 e 2/3, 1999-2000.
Fuente:
http://www.dramateatro.arts.ve
Septiembre
- 2003
|