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Norma Aleandro
“El actor que no es tímido es un exhibicionista”
Liz PERALES
El desembarco de Norma Aleandro en
el Marquina de Madrid es el acontecimiento en este
inicio de la temporada. A partir del día 10,
y acompañada por el carismático Sergio
Renán, encarnará en Mi querido embustero
a la actriz Stella Campbell, amante de Bernard Shaw.
Con esta obra que estrenó hace un año
en Buenos Aires llega a nuestros escenarios Norma
Aleandro, la actriz más respetada de Argentina
e incluso para algunos críticos la mejor en
lengua española. Muy requerida por nuestros
cineastas, no había actuado en el teatro español
desde su exilio político. Como muchos argentinos,
Aleandro y su familia huyó del país
tras el pronunciamiento de la Junta Militar Argentina
–“nos pusieron una bomba en el teatro
donde trabajaba con una amenaza de que saliéramos
del país en 24 horas. Evidentemente, a las
doce horas estábamos en Uruguay y yo sin documentación”–
y se refugió en España durante cuatro
años en los que apenas trabajó. “Entonces
no era muy conocida y sólo estuve un mes en
el teatro Maravillas con un espectáculo mío
que se llama Sobre el amor y otros cuentos, basado
en textos de autores españoles y latinoamericanos.
Un espectáculo de humor sobre el amor que sigo
haciendo pero que se ha ido transformando con la vida
y conmigo”.
Ahora, sin embargo, su presencia culmina
el desembarco en nuestro país de tantos y tan
buenos actores argentinos (Miguel Angel Solá,
Ricardo Darín, Oscar Martínez, Dario
Grandinetti) que ha propiciado la crisis económica.
“Desde la crisis nos están ofreciendo
mucho trabajo, sobre todo en cine, pero también
está viniendo mucha gente a hacer teatro. No
sé si hubo alguna vez tantos artistas argentinos
en España, quizá fue al revés,
compañías españolas en Argentina.
Yo, por ejemplo, empecé a los trece años
con una compañía española, con
la de Ana Lasalle, una gran actriz que estuvo allá
muchos años y que estando de gira se encontró
con la revolución cubana y se quedó
en Cuba. Yo hice mucho teatro clásico con ella.
Pero ahora la situación se invirtió”.
Teatro frente al cine
Popular en nuestro país gracias a la película
de Campanella El hijo de la novia, Aleandro ha sido
también la actriz del cineasta Eduardo Mignona
(Sol de otoño, El faro, Cleopatra), aunque
su fama traspasó fronteras en 1984 con La historia
oficial, de Puenzo, cuyo papel de madre adoptiva de
un niño de padres desaparecidos en la Dictadura
le valió varios premios como el de Cannes.
También la catapultó a Estados Unidos,
donde llegó a ser nominada al Oscar por Gaby,
una historia verdadera. Y aunque nunca ha dejado de
hacer cine –en estos momentos rueda en Madrid
Seres queridos, de la pareja Teresa de Pelegrí
y Dominic Harari–, su carrera ha estado presidida
por el teatro, algo que jamás ha abandonado.
–Yo me divierto como loca en
el teatro. Hago cine pero diría que de un cien
por cien, me divierto un veinte. En el cine la película
es del director pero en el teatro la obra es por entero
de los actores. El teatro es como un acto de amor
entre el público y los actores que no se repite
y por eso no aburre. No se repite si tienes una cierta
técnica para no tratar de hacer lo que en la
función anterior y conectarte con el público,
que es donde está realmente la belleza del
teatro. Es como en la vida, si te fue bien ayer, no
es bueno tratar de que hoy sea exactamente igual.
–Mi querido embustero es una
pieza sobre Stella Campbel, las actriz que inspiró
Pigmalión a Bernard Shaw ¿Usted ha tenido
algún autor que le escribiera a medida?
–Con el cineasta Eduardo Mignona siempre he
trabajado, pero no me escribía a medida, con
la excepción de Cleopatra, su última
película, que sí ha sido un papel escrito
para mí. El personaje no tiene nada que ver
conmigo, pero me dijo ‘hagamos una película
juntos, te voy a decir el personaje’, y como
vivimos muy cerca íbamos hablando del personaje
y enamorándonos del tema. Pero no he tenido
una relación como Judi Dench y David Hare.
Bueno, Vargas Llosa me escribió una obra, Kathie
y el hipopótamo, después de que le hiciera
La señorita de Tacna.
–Stella Campbel fue la actriz
más aclamada de su época, ¿siente
que es un papel a su medida?
–Más que identificarme, le tengo una
gran simpatía a Stella Campbel, más
allá de que fuera actriz, que eso es lo de
menos. A mi me gusta como persona, ella vivió
en la época victoriana y en una sociedad tan
puritana era capaz de vivir su vida con libertad,
tenía sus amantes y lo vivía abiertamente.
Y por otro lado, nunca dejó de decirle a Bernard
Shaw lo que pensaba. Tenía un humor muy particular,
como él, pero también un pensamiento
profundo, y en eso él tuvo mucha suerte porque
después se enamoró de una tonta, según
dice.
El director y la comadrona
–Además de actriz, dirige teatro y ópera.
¿Qué espera una actriz como usted de
un director?
–Primero, que sea sensible e inteligente para
que yo vuele.Creo que un director debe ser un buen
partero, alguien que hace que el otro pueda parir
algo bellísimo. No creo en los directores que
intimidan al actor, esos directores que se queden
en su casa. En la creación tiene que haber
alegría. Los actores somos naturalmente tímidos
y el que no lo es, es un exhibicionista. Un director
está para que ayude al actor a salir de su
timidez.
–Además escribe y da
clases. Como profesora ¿qué enseña?
–Bueno, mi hijo, que es profesor y actor, tiene
un estudio al lado de casa y allí, cada tanto,
doy seminarios en los que, por lo general, trabajo
las dificultades de la actuación.
–¿Tienen los actores
unas dificultades tipo?
–No, hay muchas, pero cada actor tiene la suyas.
Y hay ciertas cosas que necesitan un sostén
técnico. Un intérprete de piano puede
tocar perfectamente, pero le cuesta muchísimo
entender el espíritu, por ejemplo, de Beethoven.
El profesor debe ayudarle para que vuele hacia Beethoven
por donde él puede, no por dónde volaba
Beethoven, eso nadie lo sabe. Yo me dediqué
a esto porque tuve que enfrentar muchas dificultades
–¿A lo que más
temen los actores es a quedarse en blanco?
–Es algo común. El trabajo de actor es
muy parecido al de un trapecista, como ellos dependemos
absolutamente del compañero y a la inversa.
Hay como una respiración conjunta. Si el otro
es bueno, es mejor para ti, porque tu eres mejor.
Lo peor que te puede pasar es trabajar con un mal
actor. Cuando un actor se queda en blanco y el otro
lo saca, lo llamamos adaptación: al violinista
se le soltó una cuerda, pero entró el
pianista con un acorde para sacar adelante el espectáculo.
Eso es una adaptación y eso es el abecé
del trabajo actoral. Pero el público, en general,
no se entera casi nunca de estos problemas, son cosas
que nosotros comentamos después de la función
y de las que nos reímos.
–¿Piensa en el público
cuando prepara un espectáculo?
– Pienso que el público de la calle es
un milagro. Fíjese, es alguien que va a comprar
a la boletería algo que no existe, ¡mire
que comercio tan extraño y espiritual!, yo
adoro al público porque compra algo que no
sabe cómo es, va con una inocencia absoluta,
entra en un lugar y se sienta al lado de otra gente
que con la misma inocencia ha comprado lo que no existe
y espera lo que sea, y de pronto se levanta el telón,
y yo digo que soy una reina y aunque no hay ni trono
ni yo esté vestida como tal, ellos tienden
a creerme. Hay una especie de convenio muy bello entre
el público y el actor, un convenio que viene
sucediendo desde que estábamos en las cuevas
y los chamanes hacían cosas para sacarse el
miedo, para alimentar nuevas ilusiones... y para todas
estas cosas sigue existiendo este chamanismo que es
el teatro.
Defraudar al público
–¿Y cuando el público no se cree
que la actriz es una reina?.
–Claro, no hay que defraudarle y para eso no
hay que aburrirle, ya sea en cómico o en dramático.
Si se defrauda a un lector, a un visitador de museos,
o a un espectador es difícil que vuelva.
–Conseguir un espectador de
teatro es casi más difícil que un lector,
se le exige un esfuerzo mayor: estar informado de
la cartelera, ir a la sala, comprar la entrada.
–No creo que le digan lo mismo los libreros,
pero en cualquier caso y en ese sentido ojalá
no hubiera crítica, y no lo digo por nosotros
los actores, sino por el público. Yo como público
desearía que alguien no me contara cómo
es la obra. No es bueno porque te quitan la aventura
de probar y no me diga que no vale la pena la aventura.
Fuente:
El Cultural
Septiembre - 2003
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