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La soledad
de un condenado a muerte
JOAN ANTON BENACH
| El pasado 22 de julio,
cuando el Grec abordaba su tramo final, se presentó
en el Tantarantana una de las producciones locales
más interesantes del último festival
de verano. “Just la fi del món”
era el título del espectáculo y
su puesta en escena una auténtica rareza.
Una sorpresa tonificante. El texto lo escribió
el francés Jean-Luc Lagarce (1957- 1995),
autor prácticamente desconocido en Catalunya,
al igual que el director, el italiano Roberto
Romei (1967), cuyas incursiones en nuestros escenarios
han sido escasas y sin demasiado relieve público.
No obstante, tanto Lagarce como Romei son dos
nombres de un estimable peso específico
en el panorama del arte dramático contemporáneo.
El primero, por ser autor de más de dos
docenas de piezas teatrales y haber visitado otros
géneros literarios antes de su muerte prematura.
El segundo, por su destacada actividad interpretativa
que combina con la dirección y con una
importante tarea profesoral. |
JUST
LA FI DEL MÓN
Autor: Jean-Luc Lagarce. Versión
catalana de Jaume Melendres
Director: Roberto Romei
Intérpretes: Lurdes Barba, Gemma Sangerman,
Mercè Martínez, Albert Triola
y Òscar Muñoz
Lugar y fecha: Teatro Tantarantana (4/IX/2003)
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El hecho es que “Juste la fin
du monde” (1990) es una propuesta que respira
una madurez y originalidad situadas al margen de los
estilos autóctonos, con la sugestión
que tal circunstancia conlleva por tratarse de una
obra interpretada por actores de aquí y servida
en una excelente versión catalana de Jaume
Melendres. “Just la fi del món”
acaba de regresar al Tantarantana, donde estará
hasta el 28 de este mes iluminando el tubular y un
tanto claus-trofóbico recinto con una anécdota
conmovedora y un cuidadísimo montaje. El personaje
principal, un hombre condenado a muerte por el sida,
visita a su familia, de la que ha vivido largo tiempo
separado. Intenta despedirse de los suyos y, sin embargo,
en ningún momento se atreverá a informar
de su trágico destino. La llegada del hijo
pródigo altera el equilibrio y la rutina de
un grupo, hostil a cualquier novedad que pueda quebrar
un sistema de relaciones en el que se ha enquistado
una atroz incomunicación.
Las secuencias de “Just la fi
del món”, y, en particular, las reflexiones
de su protagonista, encierran aquella emotiva vibración
derivada del dato autobiográfico. Jean-Luc
Lagarce, cuya obra se ha emparentado con la de Bernard-Marie
Koltès, otro gran malogrado, concibió
la obra a partir de su enfermedad y de la conciencia
propia de una muerte inevitable. Pese a ello, el dramaturgo
quiso trascender la tragedia personal y presentar
su “caso” como el paradigma terrible,
capaz de delatar una crisis convivencial extrema que
a muchos afecta y a todos amenaza. Dramáticamente
el asunto es fascinante. Y lo es, también,
la forma con que Roberto Romei la ha tratado, haciendo
de las palabras el auténtico motor de la acción
y convirtiendo a los “incomunicados” en
protagonistas de una danza de autistas, tan sugestiva
como desoladora.
A las audacias formales del director
se ajusta admirablemente un cuadro interpretativo
muy conjuntado y del que destacan Albert Triola, convincente
y expresivo, el mejor papel, creo, de su carrera,
y una soberbia, impecable Lurdes Barba. Magnífica
la escenografía de Roy.
Fuente
- La Vanguardia
Septiembre - 2003
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