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El dolor
de lo real
María Ana Rago
En La Jaqueca se
recrean las consecuencias de la imposibilidad de escucharse.
Muy buenas actuaciones.
Muchas situaciones de la vida cotidiana
provocan dolores de cabeza. La jaqueca (texto surgido
de un trabajo en equipo), una puesta teatral llena
de diálogos y actitudes reconocibles, presenta
una de esas posibles circunstancias que condena a
los protagonistas a convivir con el dolor y a sufrir.
El título tiene una doble referencia: se habla
de enfermedades, pero también de la deleznable
capacidad de los humanos de provocar la jaqueca, fastidiando
con necedades a los seres más próximos.
Una cama y una mujer mayor acostada
en ella ocupan el centro de la escena. Al pie de esa
cama, un hombre sentado, preocupado. Al costado, muy
cerca, una mujer joven contempla y se contempla desde
una silla y completa el cuadro. En la mesita de luz,
un vaso con agua y algunos remedios. El momento que
atraviesan no parece ser fácil. Los tres crean
esa silenciosa escena mientras el público va
ingresando a la sala de El Excéntrico de las
18.
La madre está enferma y sus
hijos la cuidan. Ella quiere que la internen, para
morir en un hospital. La proximidad de la muerte despierta
los recuerdos y aviva los rencores. La pieza muestra
cómo se vive con el fantasma de la muerte,
cómo se espera el final y cómo se va
muriendo en esa espera. Los hermanos se pelean (por
momentos parecen dos chicos) y la madre tiene que
llamarlos al orden. Y entonces ya no se sabe quién
cuida a quién. Son sólo tres, pero incapaces
de escucharse auténticamente entre sí.
Es una obra breve (dura cincuenta
minutos) y de estructura simple, en la que cada uno
de los personajes pone en evidencia sus intolerancias
y sus debilidades de carácter, con pinceladas
de humor que permiten al espectador soportar parlamentos
angustiantes. La imagen de tímidos llantos
y prolongados silencios (en los que se escucha la
llegada de la muerte) se repiten. La jaqueca cumple
con la premisa chejoviana de mostrar en el teatro
la vida tal cual es, con un trío de actores
(Cecilia Peluffo, Ana Garibaldi y Miguel Forza de
Paul), que con convicción interpretativa crea
situaciones creíbles.
"Del hospital entro y salgo.
Ya soy propiedad de los médicos", dice
la madre. Los sentimientos de culpa, el deseo de la
muerte, la herencia, la soledad, la cobardía,
el olvido son los temas convocados por la enfermedad.
Con dolor y casi con sarcasmo, en la postrimería,
la madre cae en la cuenta de su intrascendente vida.
El desarrollo temático de la pieza, reforzado
por las palabras de ese personaje que cierran la obra
mientras baja la luz, sugiere los versos de Rubén
Darío: "Ser y no saber nada y ser sin
rumbo cierto,/ y el temor de haber sido y un futuro
terror.../ Y el espanto seguro de estar mañana
muerto".
Cristian Drut dirige La jaqueca, después
de haber hecho lo propio con Top Dogs (del dramaturgo
suizo Urs Widmer, en el Teatro San Martín).
Se enfrenta una vez más a un texto habitado
por personajes expulsados —por diferentes causas—,
del territorio de la felicidad.
Fuente:
Clarin.com
Septiembre - 2003
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