LOS INTELECTUALES
Y EL TEATRO DE HOY
Alfonso Sastre| La Habana
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Todo
lo que vengo diciendo es a favor de un teatro
de ataque al imperio, pero también
de un teatro autocrítico en relación
con nuestras propias situaciones y respuestas.
En situaciones como la de Cuba, se ha de postular
asimismo la legitimidad de un teatro crítico
de la propia situación, lo que no quiere
decir; desleal. La deslealtad es otro mundo,
y nosotros, creo yo, hemos de ser leales —críticos
pero leales— a todas las tentativas
que haya o que surjan para cambiar el mundo.
Buenos días. ¡Empezamos!,
como dicen, los regidores de escena. Solo
que para empezar yo quiero expresarles que
mi deseo es no resultar un elemento demasiado
extraño entre ustedes, entre las gentes
de teatro —teatreros o teatristas—
que haya entre ustedes; aunque ello —caer
extraño— sería lógico
que sucediera porque la verdad es que yo no
soy más que un escritor, y que lo único
que sé hacer, bien o mal, o regular,
es literatura, aunque —eso si—
también, entre mis habilidades literarias
está la de hacer eso que se llama «literatura
dramática», y que yo prefiero
nombrar con una palabra que todavía
no se ha hecho popular, ni acaso se haga nunca,
pero que yo la uso; esa palabra es «parlatura»,
que no es otra cosa que la literatura que
se escribe para el teatro¡la literatura
que algunos hacemos —y por eso se nos
llama autores, al menos todavía—
para que otros (los actores) la hablen y la
maticen o la interpreten o la recreen sobre
los escenarios. (Diálogos para ser
parlados: parlatura. (Diálogos y monólogos,
que también, en su fondo, son diálogos,
pues que las palabras son siempre dialogales).
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Algo tengo que ver, pues, con el teatro,
pero no esperen de mí que dirija a unos actores
durante unos ensayos, ni que dé ideas luminosas
—nunca mejor dicho— para que una escenografía
adquiera, con determinadas luces, el debido relieve,
ni para diseñar arquitecturas escénicas,
ni para establecer una pauta de ruidos y de músicas
en el curso de una acción teatral, ni para
nada, en fin: una calamidad, mientras muchos de mis
colegas escritores son también teatreros y
se muevan en los escenarios (donde yo no paso de ser
un huésped) como el pez en el agua. Aunque
ustedes vean que en las historias del teatro español
mi nombre figura con algunas o muchas páginas,
para el teatro yo soy, con arreglo a mi apellido,
y haciendo un chiste definitivamente malo, un verdadero
de–sastre. No, yo no sabría ni siquiera
cómo dirigirme a los técnicos en el
escenario, ni casi sé —y de oídas—
el argot propio de estos oficios que ahora se suelen
agrupar bajo la denominación de «las
artes escénicas». ¿Un forillo?
¿Aquel practicable? ¿Ese cañón?
¿Una carra? ¿Un cenital? ¿La
faldeta? ¿Un escafurcio? ¿Tal camelo?
¿Las patas de la cortina? ¿La escotadura?
¿El ciclorama? ¿Entre cajas? ¿Y
qué es un telón corto? ¿No será
un telón al que se le ven las piernas? Bueno,
en fin, allá ustedes con su lenguaje; pues
yo no soy, como les digo, más que aquella persona
de la que antes se decía: Es el Autor, y al
que el público solía llamar al final
de los estrenos: ¡Autor! ¡Autor!, cosa
que al parecer ocurrió por primera vez en la
España del siglo XIX al terminar el estreno
de la tragedia «El Trovador», del joven
autor Antonio García Gutiérrez, que
dicen que salió al escenario vestido de soldado
porque entonces estaba haciendo su servicio militar
y le habían dado un permiso en el cuartel para
asistir al que fue un acontecimiento tan feliz que
hasta llegó a ser la base literaria de la ópera
de Verdi Il trovatore (como «Don Álvaro
o la fuerza del sino», del Duque de Rivas lo
fue de otra ópera de Verdi, «La forza
del destino». Todo esto pertenece a la historia
del teatro romántico español).
¿Entonces en qué quedamos?
¿Los escritores dramáticos que en el
teatro «no somos más que escritores»
formamos parte de una especie a extinguir? Yo lo sentiría,
y no solo por mí, sino por el teatro, y ustedes
disculpen mi quizás indisculpable vanidad,
pues creo que es a escritores que apenas has hecho
en el teatro otra cosa —o ni eso— que
asistir a los ensayos, a quienes debe la historia
del no pocos de sus episodios más brillantes.
La cosa está clara: desde el exterior del teatro
se ven mejor algunas dimensiones de lo que ocurre
dentro, y se pueden remediar mejor algunos de sus
males, al menos, del orden de la poesía y de
la estética teatrales.
Queda claro, pues, que yo no soy eso
que se llama «un hombre de teatro», y
mucho menos «un animal de teatro» —como
se dice elogiosamente de algunos artistas de la escena—,
a pesar de figurar con algún relieve en sus
historias; pero sí me permito y me he permitido
siempre— opinar sobre lo que en el teatro ocurre,
y muchas veces lo he hecho y lo hago sobre lo que
sucede en el teatro español. ¿Les interesa,
aunque sea lejanamente, este tema?
Suponiendo que sea así, les
diré ya que el «teatro español»
ha sido siempre y sigue siendo una institución
muy reaccionaria.
Estoy cansado de decirlo allí,
pero ustedes no pueden estar todavía cansados
de esto que digo, pues es la primera vez que así
me expreso para ustedes. Así es que casi todo
lo mejor que ha ocurrido en el teatro español
a lo largo de la historia en el sentido de ampliar
su mundo y abrir sus horizontes, lo han hecho, hasta
la fecha de hoy mismo, escritores, muchos de ellos
generalmente rechazados o a duras penas admitidos
en los escenarios de España. Entre estos se
encuentran desde Cervantes —el autor de esa
gran tragedia que es la Numancia— en los siglos
XVI/XVII, a Ramón del Valle Inclán,
en el siglo XX. Lo mejor del teatro español
se ha hecho, me reafirmo, «contra el teatro
español». (Es una paradoja más
del teatro.)
Se hace, pues, el mejor teatro español,
decimos, «contra el teatro español»,
queriendo decir con ello: contra la estructura y la
organización, tanto pública como privada,
de este fenómeno sociocultural y contra sus
agentes, empresarios, actores ilustres y, ya en el
siglo XX, contra los directores y los programadores
oficiales y la Administración Pública
en general. ¡Y siempre ha sido así, con
unos u otros matices y unas u otras intervenciones
en el proceso! En realidad, se trataría hoy
de establecer una verdadera dialéctica, y para
ello es preciso plantearse cuál tendría
que ser la propia (dialéctica) del teatro.
¿La de la verdad contra la mentira? ¿La
de la literatura contra la espectacularidad? ¿La
de los escritores contra los teatreros o teatristas?
¿La del individualismo de unos escritores —muy
«suyos»— contra las «creaciones
colectivas»?
En realidad se trataría de
reivindicar juntos, unos y otros, escritores, artistas
y técnicos, el carácter colectivo —buenamente
colectivo y lejano de todo revoltijo— de los
espectáculos dramáticos; carácter
colectivo que, precisamente, reclama la importancia,
del componente literario, de la literatura, y por
tanto de los escritores en esos colectivos, que tantas
veces no lo son sino dictaduras de algunos directores
que se autoafirman como estrellas en todo lo que hacen,
y que no ven en los dramas escritos, sino una materia
que sirva de base a sus «inventos» escénicos
o lucubraciones.
En cuanto a mí, que no soy
maestro de nada, ni de las letras, pero sí
un aprendiz del teatro con ideas muy estrictas sobre
sus corruptelas y vacuidades, al menos en España,
puedo aportar —creo— nociones como esta
que he dicho de «parlatura», noción
que expresa nuestra forma —la de los escritores—
de estar en el teatro como algo más (mucho
más) que unos huéspedes más o
menos bienvenidos o indeseados, y a los que se les
escucha pero no se les hace mucho caso, por parte
de los «teatreros». No, no; nosotros,
escritores no practicantes de los oficios y de las
artes del escenario, hemos estado siempre en la genealogía
del teatro, y desde nuestros gabinetes de trabajo
—lejos, pues, de aquellos lugares en los que
el teatro se hace, se fabrica y se manifiesta ante
sus públicos—, hemos contribuido a que
el drama haya ido a algunas parte, a que se haya renovado
y haya seguido unos u otros rumbos, y, en fin, a que
«haya tenido historia» y no se haya limitado
a ser un fenómeno social recurrente con la
única y reducida misión de que unas
gentes, los actores, hayan dado expresión a
su narcisismo personal, y otras, el público,
a divertirse de las realidades de la vida «pasando
un buen rato», inmediatamente olvidable; pero
también, escribiendo sus dramas, estos autores
han contribuido a la historia de la literatura, de
manera que Fuenteovejuna, de Lope de Vega no se limitó
a ser un buen guión para hacer un espectáculo,
sino que es además un texto literario que convive
en la historia de la literatura con los soneto s de
Garcilaso de la Vega o la lírica celeste de
San Juan de la Cruz o las aventuras de «Don
Quijote de la Mancha». (Lo que no se puede decir
ni siquiera de los mejores guiones de las mejores
películas de la historia del cine).
De manera que yo puedo pensar con
muy buenas razones que los escritores dramáticos
que todavía estamos en la vida y no aún
en el olvido en el que desaparecen los mediocres o
en el limbo de los clásicos; que los escritores
de hoy, digo, tendríamos que entendernos más
y mejor con los teatreros o teatristas; pues nuestras
escrituras, cuando acertamos a ello, son capaces de
«prefigurar» mucho de lo que luego ha
de suceder en los escenarios, lo que no quiere decir
que no salgan productos dramáticamente excelentes
siguiendo otros procedimientos, a partir de ocurrencias
en el seno de los grupos y/o de improvisaciones corporales
de los actores y reflexiones ocasionales. Eso solo
quiere decir que en tales casos «los Autores
son ellos». Pero también es así:
que la escritura dramática profesionalizada
es capaz de movilizar la energía creadora (el
potencial) de los grupos y de las compañías,
y que el escritor que no es otra cosa puede ser también
una pieza clave en estos procesos, y no como mero
proveedor de pretextos para hacer cualquier cosa con
ellos, empezando por destruirlos encarnizadamente
en aras de un teatro entendido como enemigo de la
literatura o, por lo menos, ajeno a ella. Recuérdese
cuántas veces la renovación de la escena
se ha hecho bajo los auspicios y el nombre de «Teatro
literario» para oponerlo al «teatro mercantil».
¡Viva, pues, la literatura, también en
el teatro!
Ahora por fin estamos llegando a un
punto al que yo quería llegar: el de proponerles
que las gentes del teatro y los escritores que no
somos gentes del teatro hagamos un pacto a favor de
lo que yo estoy llamando en España «un
teatro vertebral», y es una propuesta que no
se puede trasladar mecánicamente al teatro
cubano o a otros, pero sí puede tener algún
interés para ustedes saber qué propuestas
surgen, en el día de hoy, y ante los desafíos
de hoy, en otras áreas culturales y políticas.
¿Y qué sería eso de «un
teatro vertebral» entendido como una propuesta
para el País Vasco o para España o acaso
para los países europeos regidos por sistemas
capitalistas —todos— en la era de Bush?
Yo he tratado de definirlo en una especie de manifiesto
dialogado en el que imagino que un director me hace
una visita y me pide un consejo o quizás un
drama que pudiera serle útil para salir de
la programación errática que él
piensa que su grupo ha realizado hasta hoy, pues ha
llegado a aceptar que es cierto lo que este autor
ha dicho de que «programar» lo que ha
de hacerse en un teatro es, además de crear
un mundo de imágenes bellas y lúdicas,
un modo de pensar en y sobre la realidad. Los grupos
de teatro o tienen un pensamiento (colectivo, pero
pensamiento, pues no puede ser una jaula de grillos)
o su función será demasiado banal y
se consumirá en el mismo momento de producirse
(teatro de consumo) dejando apenas en quienes lo ven
una huella pequeña que en seguida se esfumará
en las memorias de esos espectadores que asistieron,
quizás buscando algo más, al espectáculo.
Los grupos y las compañías —piensa
este autor— deben ser sedes de una determinada
filosofía propia y no meras veletas que se
muevan obedeciendo a los vientos de la moda en cada
momento. Los grupos y las compañías
como tales, como colectivos, deben de mantener sus
propios «puntos de vista» sobre la realidad
y las tareas que en cada momento la sociedad necesita,
para impedir su degradación y quizás
para ascender a más altos niveles materiales
y espirituales, a sus ciudadanos en, los campos de
la estética, de la política y de la
filosofía. El Berlinar Ensemble, de Bertolt
Brecht en los años posteriores a la Segunda
Guerra Mundial fue un modelo de este teatro vertebral
al que yo me refiero.
En el Manifiesto–Diálogo
«por un teatro vertebral» yo he propuesto
concretamente, y aquí les hago partícipes
de aquella propuesta, hacer hoy «un teatro contra
el Imperio», que habría de financiarse
en nuestros países de sistema capitalista con
el dinero de los bolsillos de nuestro potencial público,
dada la sumisión del conjunto de nuestros gobernantes
al liderazgo de Bush en el mundo. Los bolsillos de
nuestro potencial público serían, pues,
nuestra fuente de financiación, en una dialéctica
Público/Teatro que sería muy beneficiosa
para este al quedar el Teatro como actividad social
liberado de la dependencia de las subvenciones que
siempre comportan una forma más o menos larvado
y no explícita, de censura o; al menos, de
control político de su actividad. Ese público
sería la forma teatral que adquirirían
las multitudes que han salido a las calles de todas
las ciudades del mundo a manifestarse contra la agresión
imperialista a Iraq en circunstancias todavía
recientes, y que forman el grueso de los foros y manifestaciones
contra la globalización neoliberal desde hace
años, a partir de los hechos de Seattle y con
bases como el foro y las experiencias de Porto Alegre.
Cooperativas de actores, directores y técnicos
—de gran tradición en la historia del
espectáculo: Artistas Asociados, «Compañías
a partido» etcétera— serían
las estructuras de base de estos proyectos koljosianos
(digámoslo así) de que la actividad
teatral eleve los objetivos de su práctica
y trate de contribuir, por modestamente que sea, a
la transformación del mundo. En la opinión
del director de mi cuento y hablando de los bolsillos
de la multitud, él dice que en ellos «hay
poco dinero» —son los bolsillos de los
pobres y de los marginados— y que el proyecto
le parece «políticamente imposible».
«Hagamos, pues, un teatro imposible»,
le dice el autor, y ello decide al director a despedirse,
pensando en resolver sus propias contradicciones de
un modo menos extremado. En fin, lo que yo propongo
no es tan malamente utópico (sino buenamente
utópico, en mi opinión); y es que las
gentes del teatro, agrupadas, den un sentido trascendente
a las labores de sus compañías, lo,
que sería algo así como una versión
actual, social y política, colectiva, de lo
que Stanislavski en su tiempo y limitando su noción
a cada tarea concreta (a cada drama en ensayos) llamaba
el «súper–objetivo», y Piscator
en el suyo «un teatro político»,
y Brecht en el suyo «un teatro ético
y dialéctico», y Grotowski en el suyo
«un teatro pobre», y Tadeusz Kantor en
el suyo «un teatro de la muerte», y nosotros,
modestamente, en el nuestro y en nuestras circunstancias
«un teatro realista o una tragedia completa».
(Véase que proponemos la legitimidad de un
teatro de las agonías humanas, y que de ningún
modo nos hemos embarcado nunca en proyectos de hiperpolitización
de la escena. Pero sí estamos por el drama
como una exploración y una búsqueda
de sentido incluso en el corazón del sinsentido
de la realidad vivida en sus peores momentos, en la
oscuridad y la desesperanza).
No olvidamos que el tema de esta comparecencia
es la relación entre los intelectuales y el
teatro de hoy, y en ello estamos aunque lo hayamos
hecho a través de un pequeño caso, el
mío, como escritor que soy, un poco filósofo,
y problemático artista. Ahora, pensando más
generalmente, recordamos que entre los intelectuales
los ha habido distantes y hasta extraños a
este fenómeno público, asambleario,
participativo, realmente democrático que debe
de ser el teatro, pero también los ha habido
y los hay enamorados de los escenarios y de sus posibilidades
poéticas, éticas y políticas.
En este sentido, el teatro también ha sufrido
del desplazamiento de tantos intelectuales y artistas
al campo de la derecha y a la servidumbre más
o menos declarada o vergonzante a los dictados del
imperio. La verdad es que hay que mirar al pasado
para encontrar escritores de alguna talla que hayan
aportado ideas capaces de movilizar la escena en el
sentido del progreso y no digamos de la revolución
de las estructuras actualmente dominantes y armadas
hasta los dientes. También es justo decir que
estos mensajes han partido a veces de las mismas gentes
del teatro. Tal es el caso de Piscator, el maestro
alemán del teatro político, que era
un actor, y que desde su oficio descubrió las
virtualidades, subversivas y transformadoras del orden
social que el teatro ofrece. En España, fue
notable el caso del poeta Rafael Alberti que, durante
nuestra Guerra Civil (1936–1939) creó
con María Teresa León el Teatro de Guerrillas
y el teatro de Urgencia, e hizo que Madrid, cercado
por los militares sublevados, respondiera al cerco,
además de con las armas de fuego, con las armas
de la cultura, elevando bajo las bombas el monumento
a la resistencia popular que es la Numancia de Cervantes.
¿Pero qué hacer hoy?
Todo lo que vengo diciendo es a favor de un teatro
de ataque al imperio, pero también de un teatro
autocrítico en relación con nuestras
propias situaciones y respuestas. En situaciones como
la de Cuba, se ha de postular asimismo la legitimidad
de un teatro crítico de la propia situación,
lo que no quiere decir; desleal. La deslealtad es
otro mundo, y nosotros, creo yo, hemos de ser leales
—críticos pero leales— a todas
las tentativas que haya o que surjan para cambiar
el mundo. ¡Ardua tarea, en la que el teatro
tendrá algo que hacer!
Erwin Piscator fue un actor que conquistó
el orgullo de serlo, e interpeló a los actores
para que a ellos no pudiera llegarles un día
en el que se les pudiera reprochar: Mientras sucedía
lo que estaba sucediendo, ¿usted dónde
estaba?, ¿usted qué hacía?, ¿hacia
dónde miraba?, ¿no veía los humos
negros de los hornos crematorios?, ¿no se daba
cuenta de cuántos niños mueren todos
los días en el mundo a causa, de su malnutrición,
de su hambre, de sus enfermedades curables? ¿Las
comedias que interpretaba, de qué trataban?
¿Para qué las hacía? ¿Para
que la gente se olvidara de lo que acontecía
en el mundo? ¿Se lo pasaba muy bien haciéndolas?
¿Eran muy graciosas? ¿Nunca se plantearon
que, como dijo aquel poeta, la poesía puede
ser «un arma cargada de futuro»?
Así es que los actores del
Teatro Piscator anduvieron siempre con la cabeza muy
alta, y algunos de ellos pagaron cara su implicación
en las luchas de su tiempo, igual que otros artistas
e intelectuales. A cualquier interpelación
posterior, este tipo de actores ha podido responder
sencilla y orgullosamente: yo, señores, hacía
teatro, ¡nada más y nada menos que teatro!
Entonces el teatro es una palabra grande y no un oficio
ganapán. Está claro: el teatro que ellos
hacían y algunos hacen hoy y algunos harán
mañana no era ni es ni será ese tipo
de espectáculos que se desechan una vez usados
y cuyo destino final es el cubo de la basura o, por
lo menos, del olvido. Así, cuando yo ahora
apuesto por «un teatro vertebral» hablo
de un trabajo sobre los escenarios que sea por lo
menos un eco de los dolores y las esperanzas del mundo,
pero preferiblemente que suene como una voz fuerte
y subversiva por la justicia y por la libertad, o
sea, por la paz de y entre los pueblos. Eso es todo.
Mil gracias por vuestra atención.
Conferencia magistral ofrecida
en la Sala Caturla del Teatro Auditorium Amadeo Roldán,
La Habana, 19 de septiembre de 2003
Septiembre
- 2003
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