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XI Festival de Teatro de La Habana
Pedaleo de arrancada
Osvaldo Cano

El XI Festival de Teatro de La Habana ya es una realidad. Conferencias, lanzamientos de libros, espectáculos, seminarios... acaparan la atención de muchos y levantan un saludable revuelo no solo en la capital, sino también en ciudades como Matanzas y Cienfuegos, subsedes del evento. Salas teatrales, tabaquerías, escuelas, plazas y parques acogen tanto a creadores como a un público numeroso y ávido. Colectivos de América, Europa y Asia junto a varias agrupaciones cubanas generan expectativas y auguran un encuentro intenso y provechoso.

Entre los visitantes que nos acompañan en estos teatrales días de otoño se cuenta Jácara Teatro. El grupo español nos acercó El triciclo, una pieza del formidable dramaturgo Fernando Arrabal. Se trata de un texto deliberadamente absurdo que combina brillantez e ingenuidad y que, con todo y su aparente puerilidad, ilumina con incisiva ironía varios de los costados de la realidad de hoy. Pese a lo acertado de la selección, el espectáculo dirigido por Juan Luis Mira se torna verbalista a causa —en buena medida— del escaso, por no decir inexistente, juego teatral. Falta también vigor, intensidad, creencia en un elenco que no defiende la verdad de personajes capaces de transgredir tabúes, vulnerar leyes cardinales con desfachatada candidez. El mérito real de esta propuesta, amén de la atinada selección, reside en la música del propio Mira, quien a golpe de piano supo crear atmósferas y dotar de un aliento lírico al montaje.


Con La ópera del mendigo —texto conformado por las piezas Grandeza y decadencia de la ciudad de Mahagonny y La ópera de los tres centavos, ambas de Bertolt Brecht—, José Milián retorna al musical. La obra nos recuerda tanto la brillantez de Brecht como la amenazante decadencia a la que es arrastrado este errático planeta nuestro porque en esencia La ópera del mendigo no es más que una parábola de esta irracional y guerrerista hora del mundo. A nivel espectacular, el director sortea los obstáculos que un montaje de este tipo plantea. Sin embargo, pese al visible esfuerzo del elenco y salvo alguna que otra excepción, se nota que no estamos ante comediantes musicales. Ese es uno de los puntos débiles no ya solo del Pequeño Teatro de La Habana, sino de toda la escena cubana, aspecto lamentable sobre todo tratándose de un país como el nuestro con una espléndida tradición en este género.

En el túnel un pájaro, de la dramaturga española Paloma Pedrero, es una de las ofertas de la compañía teatral Hubert de Blanck. La pieza, cuyo estreno mundial tuvo lugar hace apenas unos meses en nuestra capital, resulta tal y como advierte su autora en las Notas al Programa “un canto de amor a la vida y al arte”. La trama nos acerca a un viejo autor teatral, tan lleno de ternura como de resabios, que se despide de este mundo dejando en él lo mejor de sí: sus historias. A partir del análisis de su personalidad son puestos en evidencia varios de los valores más altruistas de nuestra especie valiéndose de recursos tales como la interioridad y la sutileza.

La puesta, que estuvo a cargo de Francisco (Pancho) García, atrapa el aliento a un tiempo cálido y desgarrado de la pieza y enfatiza el clima de delicadeza con que la misma aborda temas vitales como, por ejemplo, el de la muerte. Entre los aciertos del director están la sobriedad, el tono intimista, lírico incluso que consigue trasladar a la escena. Al mismo tiempo atina a desechar cualquier atisbo de melodramatismo efímero y chato. Coopera con él un equipo de creadores de primer nivel —Eduardo Arrocha, Juan Piñera y Saskia Cruz— que se encarga de conformar el singular universo visual y sonoro del espectáculo.

En el rubro de las actuaciones, lo más sobresaliente corre a cargo del propio García y de Miriam Learra. Esta es, a mi juicio, una de las mejores faenas de Pancho García como intérprete. Mesura, contención y atinadas dosis de humor y dramatismo son algunas de las razones que apuntalan mi afirmación. En tanto que Miriam Learra vuelve a dar una demostración de naturalidad e inteligencia.

La biografía Martí, el Apóstol, escrita por Jorge Mañach, sirve a Teatro Escambray para continuar el contacto con los obreros en su propio entorno. La tabaquería H. Upmann fue el escenario escogido para compartir el verbo certero de Mañach y el inigualable de Martí. Bien alejado del panfleto, Voz en Martí —título de esta lectura-espectáculo— trae a la mente, sin embargo, al teatro mambí del siglo XIX, al proselitismo martiano en recintos como este en aras de sumar voluntades y recaudar fondos para la independencia. Voz en Martí, dirigida por Carlos Pérez Peña, adiciona a su innegable función social el encanto del reencuentro con aspectos claves de la vida intelectual, política e íntima de Martí, así como la entrega de los actores —en particular Jorge Luis Leyva—, la música y una dramaturgia bien elaborada que termina por cautivar a los tabaqueros.

Juventud Rebelde
Septiembre - 2003

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