Incluye tu email para recibir información sobre nuestras actualizaciones
POSTALES | FOTOS
ARTÍCULOS - 2003
  Diciembre
Noviembre
Octubre
Septiembre
Agosto
Julio
Junio
Mayo
Abril
Marzo
Febrero
Enero
DIARIOS
  The New York Times
Sun-Sentinel
El Nuevo Herald
The Miami Herald
Los Angeles Times
La Vanguardia
Washigton Post
El Mundo
El Clarín
CNN
ArteMiami.com

BUSCADOR internet teatroenmiami.com

Roberto Blanco: …El rumor Irrumpe, el ruido Irrumpe, el trueno Irrumpe
Raúl Martín
Director Teatral

Un buen, buenísimo día de 1989 me hice alumno de Roberto Blanco. Lo digo así porque fue como el ingreso a una carrera. Más allá de la Academia, de la especialidad, de un plan de estudios, estaba ingresando a una experiencia definitivamente inolvidable; entraba -privilegio sin límites- en el mundo de Roberto Blanco.

Todos los que vimos sus puestas recordamos la poderosa instauración de un estilo único e irrepetible de hacer teatro en toda la extensión de la palabra. Pero quien trabajó a su lado está irremediablemente permeado por una energía difícil de explicar; algo que vivimos sin percatarnos de que nos marcaba de forma inevitable.


Roberto Blanco y Raúl Martín en Caracas, 1993.

Tiene que ver con ese criterio muy arraigado en Roberto de que cada estreno teatral es todo un evento cultural. El hecho de que cada uno de sus espectáculos resultara la confluencia orgánica de un importante texto, un reconocido músico, un virtuoso pintor, de excelentes actores; la idea de que cada puesta cuidara al detalle todos esos aspectos, para regalarnos a los que fuimos sus afortunados espectadores una verdadera obra total; nos hace eternos deudores de este maestro que todos llamábamos “el maestro” y sin decir el nombre ya sabíamos que era Roberto Blanco.

Estamos hablando, y no porque lo diga yo solo, de uno de los hombres más cultos de nuestro teatro y de la cultura cubana en general. Para defender un teatro como el suyo, Blanco tenía que estar armado de una vasta cultura; pero es que además era para él un placer -palpable y contagioso- adentrarse en los interminables pasadizos de la literatura, la música, la plástica universales.

Sentarse a hablar con el maestro era como tomar un baño de cultura; trabajar con él, una oportunidad única de aprender del mundo y del oficio del teatro; oír las anécdotas y reflexiones sobre un montaje pasado, una verdadera clase que nos enseñaba, sin darnos cuenta, grandes verdades del oficio del teatrista.

Tenía claro Roberto que la dirección escénica es una profesión que se aprende ejerciéndola, después que se descubre el talento. Hay –decía- un misterio en la relación actor-director y del director con todo lo demás que compone el teatro, que sólo se aprende en el salón de ensayos y se pule con el estudio y la reflexión que se deriva de este fenómeno práctico. Una vez me dijo: “Sólo con la asidua asistencia a los ensayos podría yo enseñarte el mundo de la dirección”. Pero con el roce diario, además del aprendizaje, me estaba contaminando con la energía tremenda, telúrica, mística, del teatro de Roberto Blanco.

El grupo Teatro Irrumpe, es la etapa de su creación que me tocó vivir. Sólo decir ese nombre y ya “regresa” una lluvia de entrañables recuerdos. Soy todo eso: alguna discusión con Hilda Oates, Omar Valdés, Roberto Bertrand, Liliam Rentería, Dolores Pedro, Alicia Mondevil; un diálogo con Juan Marcos Blanco; un libreto de Dos viejos pánicos lleno de garabatos; yo bajo el paño de Mariana; una embocadura diferente e impecable para cada obra; Roberto dando notas al micrófono o parando un ensayo para decir un secreto a un actor, un secreto que cambiaba totalmente el rumbo de un personaje. Soy una cita, “a las cinco en punto de la tarde”, como Mariana en el patíbulo; una luna de Lorca; un caballo imponente atravesando la escena; un Ángel de la muerte; un trazo de Mendive.

Soy también un chiste sorprendente, inesperado del maestro; porque él era en sí, el sentido del humor. Un humor inagotable, elevado, culto, sarcástico. Sí, era Roberto Blanco ante todo un hombre divertido, positivo, optimista. Hurgo en mis recuerdos y no encuentro una etapa de tristeza ni de pesimismo. He preguntado a sus más cercanos, a su fiel Gloriossa (madre de sus tres hijos) y nos quedamos sin un recuerdo triste. Porque hasta supo borrarlos. Porque hasta sus posibles defectos -¿qué sería un humano sin ellos?- eran motivo de una risa incontenible. Un encuentro con Roberto era también divertirse.

Todo esto me hace sentir hasta un olor Irrumpe. Es algo real y emotivo, un olor imaginado de papeles amarillos; de un telón histórico, emblemático; de una pintura gastada; de un vestuario que usó una gran actriz; de las enciclopedias muy antiguas que Roberto guardaba y mostraba con el disfrute de regalar sabiduría; de una máscara comida por el tiempo; de un afiche de Divinas Palabras ya borroso.

Y un sonido: el de su voz, su timbre de gran actor; y el de sus actores en cada puesta; de una voz rajada clamando: “Amargo…. La cruz. No llorad ninguna. El amargo está en la luna”; el de una voz grave llamando a María Antonia; el dueto impecable de voces y respiraciones de Espirta y Abdala.

El sonido de un tímpani dramático, épico; de un piano áspero; de una guitarra lírica. El sonido de un canto, de un coro, una peculiar, diferente forma de cantar en escena. Podría recordarse también a Irrumpe por esos cantos, por esos tonos de emisión de las voces. “Yo soy el poeta, Federico García Lorca”… “Amor y eternas soledades” parecen cantos, parecen melodías, porque había una forma afinada, musical, de lanzarlas al auditorio.

El sonido Irrumpe. Era como un clamor, un modo infalible de comunicarse. Ese acto de comunicación que es el teatro, como decía Blanco. Ese sonido se queda y forma parte de las vidas de quienes alguna vez estuvimos a su lado. Afortunado es el teatro que puede decir que tiene un sonido, un rumor, un ruido, un trueno; como esa fuerza metafísica en la que se convierte la inmortal Electra Garrigó de Virgilio Piñera, y que fue el Teatro Irrumpe de Roberto Blanco. Ese sonido nos envuelve a nosotros, sus deudores. Ese sonido lo acompañó y lo acompaña a él, “el maestro”.

Ese sonido estaba allí, aquel triste 24 de diciembre último. Estuvo hasta el final cuando se nubló el cielo de pronto y tronó. Y lloviznó. Y bajo esa llovizna tan dramática y teatral como toda su obra, se oyó la voz de Hilda Oates, después de una ovación, diciendo a Martí: “Llorando el corazón, llorando tanto que no veo el papel en que te escribo…” como una despedida que nos deshizo a todos y que era –en fin- eso: el rumor Irrumpe, el ruido Irrumpe, el trueno Irrumpe, el trueno Irrumpe….

CNAE
Septiembre - 2003

www.teatroenmiami.com no es responsable por las opiniones expresadas. Cada autor u opinante es responsable por sus opiniones e ideas. Igualmente las informaciones relacionadas con espectáculos son enviadas a www.teatroenmiami.com y son los productores y promotores de dichos espectáculos los responsables de cambios, suspensiones o informaciones erroneas. Los materiales son propiedad intelectual © de sus fuentes originales y son utilizados aquí solo con fines educativos

Este website está diseñado para 800 x 600 | Internet Explorer +5.
Design by www.teatroenmiami.com © 2000-2004
TeatroenMiami.com
se actualiza semanalmente
Es un website educativo y sin fines de lucro
Miami, FL - USA