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Roberto Blanco:
…El rumor Irrumpe, el ruido Irrumpe, el trueno
Irrumpe
Raúl Martín
Director Teatral
Un buen, buenísimo
día de 1989 me hice alumno de Roberto
Blanco. Lo digo así porque fue como el
ingreso a una carrera. Más allá
de la Academia, de la especialidad, de un plan
de estudios, estaba ingresando a una experiencia
definitivamente inolvidable; entraba -privilegio
sin límites- en el mundo de Roberto Blanco.
Todos los que vimos sus puestas
recordamos la poderosa instauración de
un estilo único e irrepetible de hacer
teatro en toda la extensión de la palabra.
Pero quien trabajó a su lado está
irremediablemente permeado por una energía
difícil de explicar; algo que vivimos
sin percatarnos de que nos marcaba de forma
inevitable.
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Roberto Blanco y Raúl Martín en
Caracas, 1993. |
Tiene que ver con ese criterio muy
arraigado en Roberto de que cada estreno teatral es
todo un evento cultural. El hecho de que cada uno
de sus espectáculos resultara la confluencia
orgánica de un importante texto, un reconocido
músico, un virtuoso pintor, de excelentes actores;
la idea de que cada puesta cuidara al detalle todos
esos aspectos, para regalarnos a los que fuimos sus
afortunados espectadores una verdadera obra total;
nos hace eternos deudores de este maestro que todos
llamábamos “el maestro” y sin decir
el nombre ya sabíamos que era Roberto Blanco.
Estamos hablando, y no porque lo diga
yo solo, de uno de los hombres más cultos de
nuestro teatro y de la cultura cubana en general.
Para defender un teatro como el suyo, Blanco tenía
que estar armado de una vasta cultura; pero es que
además era para él un placer -palpable
y contagioso- adentrarse en los interminables pasadizos
de la literatura, la música, la plástica
universales.
Sentarse a hablar con el maestro era
como tomar un baño de cultura; trabajar con
él, una oportunidad única de aprender
del mundo y del oficio del teatro; oír las
anécdotas y reflexiones sobre un montaje pasado,
una verdadera clase que nos enseñaba, sin darnos
cuenta, grandes verdades del oficio del teatrista.
Tenía claro Roberto que la
dirección escénica es una profesión
que se aprende ejerciéndola, después
que se descubre el talento. Hay –decía-
un misterio en la relación actor-director y
del director con todo lo demás que compone
el teatro, que sólo se aprende en el salón
de ensayos y se pule con el estudio y la reflexión
que se deriva de este fenómeno práctico.
Una vez me dijo: “Sólo con la asidua
asistencia a los ensayos podría yo enseñarte
el mundo de la dirección”. Pero con el
roce diario, además del aprendizaje, me estaba
contaminando con la energía tremenda, telúrica,
mística, del teatro de Roberto Blanco.
El grupo Teatro Irrumpe, es la etapa
de su creación que me tocó vivir. Sólo
decir ese nombre y ya “regresa” una lluvia
de entrañables recuerdos. Soy todo eso: alguna
discusión con Hilda Oates, Omar Valdés,
Roberto Bertrand, Liliam Rentería, Dolores
Pedro, Alicia Mondevil; un diálogo con Juan
Marcos Blanco; un libreto de Dos viejos pánicos
lleno de garabatos; yo bajo el paño de Mariana;
una embocadura diferente e impecable para cada obra;
Roberto dando notas al micrófono o parando
un ensayo para decir un secreto a un actor, un secreto
que cambiaba totalmente el rumbo de un personaje.
Soy una cita, “a las cinco en punto de la tarde”,
como Mariana en el patíbulo; una luna de Lorca;
un caballo imponente atravesando la escena; un Ángel
de la muerte; un trazo de Mendive.
Soy también un chiste sorprendente,
inesperado del maestro; porque él era en sí,
el sentido del humor. Un humor inagotable, elevado,
culto, sarcástico. Sí, era Roberto Blanco
ante todo un hombre divertido, positivo, optimista.
Hurgo en mis recuerdos y no encuentro una etapa de
tristeza ni de pesimismo. He preguntado a sus más
cercanos, a su fiel Gloriossa (madre de sus tres hijos)
y nos quedamos sin un recuerdo triste. Porque hasta
supo borrarlos. Porque hasta sus posibles defectos
-¿qué sería un humano sin ellos?-
eran motivo de una risa incontenible. Un encuentro
con Roberto era también divertirse.
Todo esto me hace sentir hasta un
olor Irrumpe. Es algo real y emotivo, un olor imaginado
de papeles amarillos; de un telón histórico,
emblemático; de una pintura gastada; de un
vestuario que usó una gran actriz; de las enciclopedias
muy antiguas que Roberto guardaba y mostraba con el
disfrute de regalar sabiduría; de una máscara
comida por el tiempo; de un afiche de Divinas Palabras
ya borroso.
Y un sonido: el de su voz, su timbre
de gran actor; y el de sus actores en cada puesta;
de una voz rajada clamando: “Amargo….
La cruz. No llorad ninguna. El amargo está
en la luna”; el de una voz grave llamando a
María Antonia; el dueto impecable de voces
y respiraciones de Espirta y Abdala.
El sonido de un tímpani dramático,
épico; de un piano áspero; de una guitarra
lírica. El sonido de un canto, de un coro,
una peculiar, diferente forma de cantar en escena.
Podría recordarse también a Irrumpe
por esos cantos, por esos tonos de emisión
de las voces. “Yo soy el poeta, Federico García
Lorca”… “Amor y eternas soledades”
parecen cantos, parecen melodías, porque había
una forma afinada, musical, de lanzarlas al auditorio.
El sonido Irrumpe. Era como un clamor,
un modo infalible de comunicarse. Ese acto de comunicación
que es el teatro, como decía Blanco. Ese sonido
se queda y forma parte de las vidas de quienes alguna
vez estuvimos a su lado. Afortunado es el teatro que
puede decir que tiene un sonido, un rumor, un ruido,
un trueno; como esa fuerza metafísica en la
que se convierte la inmortal Electra Garrigó
de Virgilio Piñera, y que fue el Teatro Irrumpe
de Roberto Blanco. Ese sonido nos envuelve a nosotros,
sus deudores. Ese sonido lo acompañó
y lo acompaña a él, “el maestro”.
Ese sonido estaba allí, aquel
triste 24 de diciembre último. Estuvo hasta
el final cuando se nubló el cielo de pronto
y tronó. Y lloviznó. Y bajo esa llovizna
tan dramática y teatral como toda su obra,
se oyó la voz de Hilda Oates, después
de una ovación, diciendo a Martí: “Llorando
el corazón, llorando tanto que no veo el papel
en que te escribo…” como una despedida
que nos deshizo a todos y que era –en fin- eso:
el rumor Irrumpe, el ruido Irrumpe, el trueno Irrumpe,
el trueno Irrumpe….
CNAE
Septiembre
- 2003
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