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ACUSE DE
RECIBO
Zoila Sablón | La Habana
Un Festival, como ha dicho el maestro Abelardo
Estorino en sus palabras de bienvenida a esta XI edición
del Festival de Teatro de La Habana, es una fiesta,
es color, y todo lo que ya suponemos que tiene que
ver con celebración y encuentro. Pero en términos
prácticos un Festival es la oportunidad de
ver, de verificar, de presenciar un estado de cosas
y de generar un estado de opinión.
Este nuevo Festival ha tenido para
bien, en primerísimo lugar, conseguir que una
importante parte de sus invitados sean de altísimo
nivel. Para todos los teatristas compartir estos días
con una figura de la dramaturgia universal como Alfonso
Sastre, o personalidades de gran prestigio en el campo
teórico y de investigación como Ian
Herbert, Presidente de la Asociación Internacional
de Críticos Teatrales, o Paolo Beneventi, relevante
conocedor del mundo del teatro para niños,
o la presencia de Lluis Masgrau, antropólogo
teatral y miembro del equipo científico de
la ISTA; amén de los diversos talleres que
paralelamente van corriendo (Epidemia1 por Juan Carlos
Moyano, uno de los más profundos conocedores
del teatro de calle en América Latina o Biodrama
del cuerpo, por Beatriz Camargo, prestigiosa actriz
ex miembro de Teatro La Candelaria), es una oferta
especialísima, imposible de eludir.
Lo anterior es, no cabe duda, una
zona ganada en este Festival. Sin embargo, urge aquí
referirnos con más detalle a la que siempre
es sustancia primera de reflexión: la muestra.
En la conferencia de prensa del Festival, el presidente
del Consejo Nacional de las Artes Escénicas,
Julián González, hacía referencias
a los verdaderos esfuerzos que había realizado
la institución para que pudieran asistir los
directores artísticos de la Isla durante todas
las jornadas del Festival. Esto sería inimaginable
de pensar en cualquier país, sobre todo cuando
los organizadores son los que pagan esa estancia.
Sin embargo, al llegar al punto de la muestra, la
nacional y la extranjera, otra vez nos topamos con
la sensible sumatoria que, al parecer, es inevitable
para cada Festival.
La muestra cubana ha llegado a ser,
nuevamente, acumulativa, representativa, y no selectiva
según los criterios que una vez se expusieron:
premios en el Festival de Camaguey, Premios Villanueva
de la Crítica y otros reconocimientos a nivel
nacional. No sé si ese debe ser, en efecto,
el criterio a seguir a rajatablas, no estoy segura
de que la eficacia de una muestra del teatro cubano
en un evento de este tipo deba regirse por esas pautas.
Pero, lo que creo es que ya el Festival tiene una
madurez en su repercusión y en su inserción
dentro de la dinámica del movimiento teatral
cubano que requiere de un concepto, de una base, de
un pensamiento que conforme su rostro público.
Creo que en ese sentido, la zona teórica del
Festival, conjuntamente con una visible participación
de grupos extranjeros que expresan puntos comunes
en su discurso estético y en su práctica
teatral, conducen a este criterio.
Sin embargo, la muestra extranjera,
a pesar de estos puntos de contacto que mi vista cree
ver, se resiente debido a la imposibilidad económica
de poder invitar a grupos de puntería, que
sean el blanco del encuentro. Y no sólo esto.
¿Por qué son estos y no otros los que
vienen? ¿Cuál ha sido el criterio sobre
el cual se ha elegido? ¿Solo la calidad? Estas
preguntan llegan justamente por la falta de un concepto
visible, de una muestra que apunte hacia un tema,
un aspecto, una referencia palpable que diseñe
esa selección. Y por supuesto, conozco absolutamente
el rigor, la disciplina y las horas de trabajo de
un comité de selección, sentado durante
semanas e incluso meses discutiendo, valorando puestas
en escena e intentando hacer lo mejor. Pero no es
ese el punto. No se pone en entredicho su trabajo
y su profesionalidad, sino la base, el fundamento
sobre el cual trabajan hasta el cansancio. Fundamento
y concepto que no se gestan en un comité de
selección, sino en el consenso de la tradición,
de la experiencia acumulada del Festival y el sentido
práctico y común de un evento de esta
naturaleza.
A ello se suma, no hay que obviarlo,
la actual política de la Unión Europea
con respecto al intercambio cultural con la Isla.
Este también ha sido para la XI edición
un contratiempo irresoluble. El Festival este año
también tiene la extraordinaria ventaja de
contar con una estructura más sólida
en su promoción. Una vez más la reedición
de Perro Huevero y el noticiero diario del Festival
por la Televisión Cubana garantizan una notabilidad
y una repercusión directa en la población.
Pero, repitiendo las palabras de Estorino,
un Festival es una fiesta, y hoy, estamos en la isla
del teatro. Hagamos posible ese encuentro con nuestro
aplauso, nuestra aprobación o no en las funciones,
en más de una decena de sedes que esta vez
se extenderán hasta Matanzas y Cienfuegos.
El Festival es también la suma
de esfuerzos y contrariedades imposibles de evitar,
es la diaria jornada que se extiende más de
veinticuatro horas. Detrás de cada papel que
se lee sobre el Festival, detrás de cada noticia,
de cada función, de cada actividad festivalera
hay un puñadito de gente que apenas duerme
para que las cosas fluyan. También ellos nos
están invitando a que poblemos la isla.
Septiembre
- 2003
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