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Esto no es
Broadway
Nacho Artime
Comienza
la temporada y, un año más, el
musical sigue reinando. Cabaret, Cats, Siete
novias para siete hermanos, Sonrisas y lágrimas
o We Will rock you se suman a éxitos
como El fantasma de la ópera. Nacho Artime,
gran conocedor del género, analiza el
fenómeno.
¿Hemos pasado de la nada casi absoluta
a ser Broadway? Hay un largo y doloroso camino
por delante en esta gran vía española
en busca del definitivo asentamiento del musical,
ese género del “teatro absoluto”
para unos, un “mestizaje” lento
y discutible para otros. Hoy ya somos, como
en otras cosas, un claro referente internacional
para algo tan caro, competitivo y clónico
que da mucha gloria y aplausos y enormes ruinas
cuando no se logra el engranaje. |
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Cuando mi admirado Luis Ramírez
irrumpió hace ya siete años como un
rey león en el desierto del musical hizo titulares
con una frase muy comentada: voy a hacer de La Gran
Vía madrileña un Broadway. Y Luis, en
ese sueño imposible que precisamente comenzó
con aquel sorprendente y rompedor Hombre de La Mancha,
fue el “culpable” de encender la mecha
para empezar a llenar los teatros con unos títulos
legendarios en todo el mundo y en todos los idiomas
que no acababan de enraizar en nuestras gloriosas
tablas. “Uf, son americanadas”. La memoria
colectiva ibérica tenía en la retina
y en los oídos las famosas revistas de la Gámez
y la Morgan y las romanzas de la gloriosa zarzuela.
Podría ser eso. Podría ser también
que no había medios, que los precios de las
entradas eran ridículos –aún lo
son hoy comparados con cualquier país de nuestro
nivel– que no había tradición,
que la gente no estaba preparada para el show. Y en
esa pescadilla tramposa, el público le daba
la espalda. Hubo excepciones, claro. Aquel recordado
Superstar de Camilo, el primer musical realmente “moderno”,
como deciámos entonces, que sorprendió
lo suyo, la continuidad con la no menos legendaria
Evita, el éxito popular de El diluvio... Pero
la cadena ya se rompió con el fracaso de un
título clave A chorus line. Sólo mas
tarde hubo un atisbo de esperanza con el éxito
de Los Miserables –se comenta estos días
su esperada reposición– hasta caer de
nuevo en el olvido.
Fue Luis Ramírez al hacer que
volviera la San Basilio a su raíz natural y
al descubrir a Sacristán como un esencial hombre
de todo tipo de teatro, al ir apostando por un grupo
de chavales que sí habían mamado otra
cultura. La apuesta fue clara y arriesgada: si triunfan
en todo el mundo, ¿por qué no aquí?
Recuperemos los maravillosos teatros de la Gran Vía
que están enmohecidos de tanto cine, que se
enciendan los neones, esto va a ser Broadway, esto
es jauja.
Y de pronto, sí que parecía
un sueño posible. Siguió la estela,
hubo aventuras de todo tipo y condición, hay
nuevos teatros, habrá mas... y somos la segunda
capital europea con más musicales ante la sorpresa
propia y de extraños. Nadie contaba con nosotros
y ahora se nos disputan en los despachos de los creadores
de esos shows que imponen sin el menor escrúpulo.
Sólo nos supera Londres. Y Broadway, claro.
Sin embargo, no todo es neón
lo que reluce en nuestro pequeño Broadway.
No parece tan claro el camino hacía el asentamiento
definitivo de algo tan complejo y ya tan caro de poner
en pie, precisamente por ser clónico. Madrid
es una ciudad mucho mas pequeña que Londres,
París o Nueva York, pero estrenamos los musicales
de cinco en cinco, como ellos. Bien es verdad que
son todos clásicos, pero hay caídas
claras. No me gusta la palabra fracaso porque somos
arrieros, pero aún queda mucha improvisación
y llegan peligrosos advenedizos que no hacen sino
pescar en aguas turbulentas.
Porque la pregunta general sigue en
pie: ¿No son demasiados musicales? ¿A
qué viene esta proliferación, para muchos
no justificada, de tantos y a la vez? ¿No convendría
ir más despacio? Yo creo que este país
es así para todo: imitamos hasta el cansancio
todo lo que triunfa. Es luego el público el
que no se engaña casi nunca. Hace en seguida
una selección natural que obliga a que se caigan
los títulos ellos solos. Hay cinco musicales
esta temporada porque así lo han decidido los
empresarios y se preparan otros cuatro o cinco. El
espectador en pocas semanas se quedará con
la mitad. Y habrá un gran triunfador. En Londres
se pueden ver en este momento nada menos que 18 musicales.
Algunos llevan 16 años o mas. Y se anuncian
cuatro estrenos en estos dos próximos meses.
No creo que ningún productor piense que son
muchos, o que pospone su proyecto en espera de que
caigan algunos y haya menos competencia. En Broadway
hay ahora nada menos que 20 y se anuncian tres para
estos próximos meses. Y se pueden permitir
el lujazo de que Banderas y Griffith se hagan la competencia
y llenen totalmente sus Chicago y Nine. Eso sí
que es nivel.
Pero un musical son presupuestos y
disgustos mayores. Es mágica la competencia
y la rivalidad, de ellas vivimos todos. Porque, seamos
sinceros, por mucho que lo deseemos y queramos ilusionar
a los amantes del business, esto no es Broadway. Todavía.
Fuente:
El Cultural
Septiembre
- 2003
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