Category: Culturales
Por Zurelys López Amaya
(Poetisa y crítica literaria cubana)
“Y ya sale el payaso a la pista con su triste nariz roja…”
Tras la detenida lectura del poemario El sepia de la nostalgia (publicado por la Editorial Letras Cubanas en 2006), debo y quiero subrayar algunos tópicos que, por significativos, bien merecen estas notas.
El poeta recrea los recuerdos de un pasado seguro de sus ansias y, a la vez, evocador de las mejores épocas de su vida. Algo más que una diablura entretejida de un paseo a la evocación de lo vivido, hilvanando todo un hito, distante o no tanto, de versos esperanzadores llenos de una magia prodigiosa.
Así, cuando repaso “Tiempo roto”, releo sus versos entre andamios y escaleras, dispuestos a traspasar el luto de esa nostalgia infinita, tras su sepia infatigable de temblores ante el descubrirse cada día y angustias devenidas de su propia natura hambrienta, nos recuerda la apocalíptica ternura de perder o no perder, de encontrar o no, las sobras, o simplemente lo mejor de esta nostalgia. En ese valioso texto, el poeta sugiere:
TIEMPO ROTO
Los andamios y escaleras de la suerte,
el angosto suburbio del mundo
—argamasa de recuerdos baldíos.
Y luego, qué resta de aquellos sueños
apresados en el porvenir de sombras,
aferrados a un tiempo roto,
despedazado con furiosa ternura.
El también crítico literario y teatral Waldo González López (Puerto Padre, Las Tunas, 1946), como antólogo y periodista cultural, sobresale en su quehacer por su vasta obra que incluye, además, poesía para niños, décima y crónica.
Entre sus títulos, se destacan los poemarios Casablanca (Universidad del Valle, Cali, Colombia, 1995), Las palabras prohibidas (1997), Estos malditos versos (décimas, México, 2001), Ferocidad del destino (2001), Viajera intacta del sueño. Antología de la décima cubana (2001), Añorado encuentro. Poemas cubanos sobre boleros y canciones (2001), Estos versos que maldigo (décimas, 2005), Umbral de la nostalgia (edición especial del libro de arte en homenaje al poeta por sus 65 años, con sus poemas ilustrados por la artista plástica Julia Valdés, 2006) y Esta cárcel de aire puro. Panorama de la décima cubana en el siglo XX (en colaboración con su esposa, la investigadora, ensayista y editora Mayra Hernández Menéndez; dos volúmenes, 2010 y 2011).
En torno a El sepia de la nostalgia, distinguimos sus imágenes (águila entre sombras, payasos y dioses no enjaulados, amores entre peros salvables). Waldo es el poeta que, al leerlo tomándonos el café de siempre, nos trasmite que ya su sabor no es el mismo, por los años que no en vano han ido conformando estos versos, los que, incitadores de la tranquilidad de una vida —martillada por momentos—, indican siempre los pozos navegables.
Su estilo filosófico y personal, su espacio propio y bien tallado entre sus breves y retadores versos libres, sonetos y décimas, me devuelve a la inseparable trayectoria de los desamparados. No hay modo de descubrirlo agotado. Goytisolo decía: “Uno es responsable de su propia esquizofrenia”, y nada es más real que la propia llave del espíritu que uno se crea por dentro para salir a flote de la realidad circundante.
La música y la imagen se encargan a través de la metáfora, de una forma límpida y concluida, de trasladarnos sometidos a su encanto y desinhibido placer. Nada como decantar los escombros y su inquietante sombra del incierto devenir. Aquí se deshabitan las paredes de sus mitos guardados.
Este libro posee en su exterior una sugerente ilustración de cubierta, favorable para los poemas, que nos hace llegar la también importante artista cubana de la plástica Julia Valdés, con su Serie «Interiores de La Habana Vieja».
La poesía es el alma del camino. La sombra del que va sin ella nos desajusta de vez en vez en el tiempo, pero nos crea luego la balanza perfecta como un sincero equilibrista. Y no por decir, está todo dicho, con la sugerencia de la praxis literaria y vital.
Los poetas como Waldo merecen lectores apacibles y apasionados que disfruten estos versos, como lo hago yo de nuevo.
Pasa un águila, pasa un sueño
y pasa el mar porque pasa la existencia.
Pasa, debes pasar, fiera demencia,
por un siglo feroz que muere aquí.
Entre el pasar de la verdad, y el alcanzar parte de ese sueño a través del águila, está toda su ilusión por lograr la propia existencia que lo devora por momentos, como fiera enjaulada. Es el riesgo que corre el poeta, contagiado ya por el andar desordenado de la vida hacia puertas evocadoras que no pedimos, sino que regalamos, o coadyuvamos cuando nos sentimos perdidos por instantes, como cuerpo demente y sostenido en este pasar. Su águila pasa, y también queda, como todo un continuar y un seguir, con sus misterios al hombro.
Los poetas vienen y van con sacos vacíos a ofrecer palabras y a vivir solos con su nostalgia cómplice en cada momento, despiadada por casi toda la eternidad, a veces hasta miserable, caminadores asiduos de veredas difíciles e insólitas. Pero allí están, con sus versos a cuestas, pues consigo siempre llevarán los secretos del ángel que los hace escribir y amantes siempre de lo que luego queda de ellos.
Todo el orbe conceptual, lírico y vital está íntegro y plasmado en El sepia de la nostalgia, suerte de maremágnum íntimo y total, con la intención de remover el arco indetenible de una realidad llena de extraños ecos a nuestro alrededor, el amor, la vida, la muerte, el desasosiego, la amistad. Un querer y no poder hacer por los demás, y un poder escribirlo, y dejarlo plasmado en excelentes versos como los que atesora este volumen de madurez.