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Chely Lima - El Nuevo Herald

Coincidieron en la segunda jornada del I Festival de Teatro de Pequeño Formato de Miami, en el ArtSpoken Performing Center, un par de piezas donde dos figuras femeninas se desnudan psicológicamente y claman por la legitimidad de su deseo de trascender, la una como hembra y la otra como artista, y ambas, en definitiva, como seres humanos singulares.
En Llanto a mí misma, escrito y llevado a escena por Luz Dary Jiménez bajo la dirección de Valentín Alvarez-Campos, la mujer que lleva a cabo una suerte de doble striptease mientras cuenta su vida, empieza rechazando las limitaciones de un patrón de belleza que la despoja de goces y acaba reinventándose a partir de sus defectos, convertidos en gloriosas peculiaridades gracias a la autoaceptación.

Lamentablemente, el monólogo de Jiménez, cuya capacidad para evocar todo un mundo de esquemas preconcebidos es innegable, no consigue una representación a la altura de la contundencia de su texto. Es sabido que así como un compositor no necesariamente sabe extraer de su partitura el virtuosismo que alcanza un buen intérprete, el hecho de poder escribir un trozo de teatro de calidad no significa estar capacitado para trasmitirlo al público, de ahí que se eche de menos en la caracterización que hace la dramaturga la rabia y la enrarecida nostalgia que convocan los recuerdos de la primera parte de la pieza, así como la pasión que tendría que llevarnos a la catarsis que exige la declaración de principios del final.

En la segunda entrega de la noche, Alexander Otaola, dirigido por Ernesto Molina, dio vida a la Greta de Las penas saben volar, personaje que se vale de un casting para denunciar las irregularidades que ensombrecen el camino de la actuación, dentro de un monólogo que fuera escrito por Abelardo Estorino a finales de los años 80 y continúa teniendo indiscutible vigencia dos décadas más tarde, incluso en un contexto sociocultural muy diferente a aquel que le diera origen.

Con el propósito de acercar el texto al espectador miamense, así como para justificar su presencia dentro del rol de la actriz, Otaola puso en escena una versión donde se alude a la competencia desleal dentro del mundo artístico hispanoparlante y le agregó la problemática del actor obligado a asumir un rol femenino para conseguir trabajo, en un remedo de la Tootsie de Sydney Pollack.

Por más que el hecho de que sea un hombre quien encarne a Greta otorga a la representación un cierto matiz de mascarada, Otaola consigue conmovernos con su juego escénico, explotando con acierto una briosa corporalidad mientras maneja los elementos con los que Estorino rodea a su personaje: el licor que simboliza la inseguridad, el teléfono que resume la necesidad de comunicación, las ropas que lo engalanan y escamotean su verdadera esencia…

Resumiendo: Una noche teatral intensa, un tanto agotadora, que nos deja pensando en la necesidad de planear con cuidado el orden de las obras dentro de un festival, para que coexistan en una misma jornada piezas de diferente estilo que no saturen al público con más de lo mismo.•

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