Category: Teatro
Reseña teatral por Julie De Grandy para www.TeatroenMiami.com
‘Una muchacha con la cabeza llena de pájaros’ es un título que evoca romanticismo. Pero en este caso cabría pensar que su autor lo utiliza para comenzar su oscuro juego “psicoerótico” con el público, ya que los pájaros también pueden ser símbolo de lo macabro y terrorífico como en el poema ‘El cuervo’ de Edgar Allen Poe o en uno de los mayores thrillers de la historia del cine: ‘Los pájaros’ de Alfred Hitchcock.
Esta obra de Ulises Cala apela a la fórmula clásica de un thriller, género de suspense que capta interés en el espectador a través de provocarle cambiantes estados de ánimos entre la anticipación, la expectativa, la sorpresa, la ansiedad y el terror. Su director - Yoshvani Medina - ensambla un montaje consecuente con esos propósitos, desarrollando la acción dentro de una jaula, elemento que evoca encierro, constricción, cárcel, prisión y por ende la falta de libertad que detona angustia y desesperación en el ser humano. La concatenación de movimientos armónicos dentro del espacio reducido es una fluida coreografía entre actores que a su vez manejan con desenvoltura el desplazamiento de los escasos elementos multi-funcionales. Yoshvani Medina es un maestro del Minimalismo, una corriente expresionista que toma auge a mediados del Siglo XX la cual fomenta el hacer uso de pocos elementos fundamentales para crear y mutar ambientes a los ojos del espectador.
El protagonista de esta historia es también antagonista dentro de la trama, que fluctúa entre poesía y metáfora de una opresora realidad socio-política. Pero si un actor puede transformarse en todo lo que exige el personaje de Justo, es Gabriel Porras. Estamos ante un actor en la cúspide de su madurez histriónica. Poseedor de un físico portentoso y un torrente de voz con sinfonía de matices, Gabriel Porras – en su papel de policía - por momentos domina la escena cual Coloso de Rodas sobre pedestales dejando que la trama evolucione entre sus masivas piernas abiertas mientras que en otros es capaz de desaparecer de aquel recinto claustrofóbico hábilmente retrayendo su arrolladora energía al núcleo. Realiza un complejo personaje donde su derroche de testosterona crea un ambiente de crudo erotismo, desdoblándose durante la progresión de la historia en diversos personajes, logrando en instantes hacer creíble ese miedo interno - que como Espada de Damocles - pende sobre su cabeza. Ver un actor de este calibre sobre la escena es un regalo para los sentidos y una hermosa lección de cómo se hace buen teatro.
Rosalinda Rodríguez es la puta. Actriz de enormes recursos y probado éxito en diversos géneros, sabe tanto mostrarse sumisa y resignada a ser el objeto de placer del macho, como desafiante ante las fuerzas opresoras. Logra liberarse interiormente de la opresión escapando por la puerta de la ilusión hacia el amor. Sus verdaderos sentimientos se decantan enigma en diversos instantes, aportando intriga a la trama. Su belleza y sensualidad dibujan los momentos más eróticos de la obra.
Natalia Ramírez le da vida un personaje lleno de misterio. Es hija de una monja con un ciego; quizás alegoría de la extraña unión entre lo puro y lo oscuro. No se sabe cómo logra penetrar las invisibles barreras que encierran aquel pueblo desde que antaño ocurriera el innombrable suceso que los condenó a vivir aislados del mundo, albergando eternas sospechas y perennes vigilancias entre unos a otros. Natalia es sumamente convincente en su frágil y seductora inocencia, como lo es también en ese lado pragmático que se vislumbra en su historia. Nos sorprende su hermosa voz cantando bajo el velo blanco.
La exquisita banda sonora de Tonit Mir, junto con los vestuarios tan acordes con las personalidades y símbolos de los personajes – obra de Yoenis Tito - engrandecen la belleza estética de actores y montaje. El propio director – Yoshvani Medina – diseñó el micro-universo escenográfico donde moldea los distintos niveles interpretativos de la obra. Mención aparte para el talentoso George Riverón creador del espléndido póster de la obra.
Este triunvirato de actores logra mantener un electrizante interés en la tensión y el misterio que se va develando en el transcurrir de la obra. La iconografía del texto se presta para amplias interpretaciones que mantienen el cerebro del espectador en ebullición. Si bien creo que la obra ganaría con algunos recortes de texto que ralentizan la progresión de sucesos, cierto es que el binomio Medina-Cala parece ser un ‘mantra’ de buen teatro como lo hemos visto en las puestas de ‘Yerma’ – con la impactante Myriam Amanda y el reciente brillante montaje de ‘Las hijas’ interpretado con soberbia maestría por Sonya Smith.
Perderse esta puesta de ‘Una muchacha con la cabeza llena de pájaros’ es perderse un plato gourmet dentro del menú de nuestro teatro en Miami.