Category: Teatro
Olga Connor | El Nuevo Herald
“El teatro nunca morirá, no tiene competencia con nada”, dijo Teresa María Rojas en su “conferencia magistral” en el Programa Educativo del reciente XXVII Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami.
Esta frase me dejó muy emocionada, porque Teresa María es una persona dedicada a un arte que siempre parece estarse muriendo y siempre renaciendo como el ave Fénix de la mitología. Y sus palabras tienen que ver con lo más importante del teatro, el contacto físico con el personaje que encarna en el actor. Y para mí, Teresa María Rojas es un personaje siempre, nunca sé cuándo ella termina la actuación y se desencarna; cuando es ella como persona y cuando es ella como actriz. Porque cree definitivamente en ese mundo, que no es el verdadero, es otro. Un mundo que es un reflejo oblicuo de espejos cóncavos y convexos de la vida, de la íntima y la social, de la real y la imaginada. Por eso disfruto tanto al verla actuando, hablando, soñando.
Algo parecido me sucede con todos los buenos actores, de aquí y de allá, que han venido cada año a enriquecernos la vida en este Festival. Es una fiesta que se debe a la constancia de su director, Mario Ernesto Sánchez. Este año Mario Ernesto se enfrascó en dirigir una obra muy rara, El No, de Virgilio Piñera, cuyos actores hicieron juegos malabares para desempeñar el tema eterno de la rebeldía y el control absolutos en un diálogo muy difícil. Pero quisiéramos ver a Mario Ernesto actuando también en las tablas, y no solamente en las pantallas. Que se nos acerque, que nos dé la frente y el puro pecho.
Y también querríamos que de cada Festival escoja a algún o a algunos grupos que pudieran repetir la función más tarde, no sólo los locales de Miami, sino los extranjeros, como ha sucedido antes. Por ejemplo, que traigan a María Merlino, que con la pieza que representó Nada del amor me produce envidia, del autor Santiago Loza y dirigida por Diego Lerman, dejó impactados al pequeño grupo que la pudo ver. Representó la obra una sola noche, en el escenario del Teatro Prometeo, por culpa de los aviones. Qué gasto de energía y de tiempo, para una compañía, curiosamente llamada Flor de un Día, que merecería ser flor de por lo menos un mes.
Es un musical, de irónico monólogo, en el que Merlino interpreta el rol de una costurera que canta imitando la voz de Libertad Lamarque, porque admira a la famosa actriz e intérprete de tangos. Libertad le ha pedido que confeccione un traje para ella. ¡Qué momento más definitorio en su vida, que epifanía! Pero aparte de la maravilla de la obra y de la actuación, la Libertad real era muy querida en Miami, muy amorosa con nosotros, y también la adorábamos en Cuba y en México. Esa nostalgia tuvo un eco en el público, aunque aun sin eso, la actuación de Merlino merecería cualquier premio extraordinario.
Otra gran sorpresa fue la puesta en escena del Kulunka Teatro, del País Vasco en España. Si Merlino hablaba hasta los codos, en André y Dorine el silencio vocal era de oro. Un coloquio mudo entre tres actores, que duró hora y media, y se recuerda como si fuera hablado, lo que demuestra que muchas veces nuestras palabras sobran. Bastan meramente nuestros actos. Definitivamente, y de acuerdo con Teresa María: “El teatro nunca morirá, no tiene competencia con nada”.