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‘Un balsero en París, el disparate al servicio de la risa

 

un balsero en parisChely Lima | El Nuevo Herald

Después de un año en escena con la sala llena, fin de semana tras fin de semana, la obra Un balsero en París continúa atrayendo un público ávido de risas; público que probablemente no sea el más interesado en las artes dramáticas, pero que aun así acude al Teatro de Bellas Artes para salir después relajado y sonriente, sintiendo que empleó casi tres horas de su tiempo libre en participar de algo que lo aligeró del cotidiano estrés.
De ahí que no tenga mucho sentido entrar en sutilezas acerca de si ese tipo de farsa gruesa, que tuvo su apogeo en Cuba con las presentaciones del inefable Teatro Martí y sus memorables estrellas, es o no arte, especialmente en una época en la que los límites del arte legítimo han acabado por dejar atrás la rigidez de los parámetros impuestos por la crítica de tiempos pasados.

La farsa, ese género que juega con el absurdo, el doble sentido y lo escatológico, que se basa en la exageración de la realidad y se esmera en los juegos de palabras, es de un humor fácil, concebido para hacernos reír a todo trapo, y comúnmente lo consigue, incluso si no somos partidarios de la farsa, porque sabe pulsar resortes escondidos en nuestra psique, no importa bajo cuántos metros de refinamiento cultural, de ahí su popularidad y su eficacia.

En Un balsero en París, el autor y director Jesús Rafael, quien también tiene a su cargo el personaje de Francois el Mayordomo, echa mano con pericia de cuanto recurso puede sacar carcajadas del respetable, y lo consigue gracias a un elenco que se divierte casi tanto como los espectadores, en lo que subrayan las frases del libreto y lo sazonan abundantemente con improvisaciones felices, de esas que en Cuba llamamos “morcillas”.

Son nueve actores que encarnan caricaturas de prototipos bien definidos en el habla y la imaginería de la isla: Bárbaro de Jesús como Jean Paul el Balsero, que desempeña con gracia un impresionante trabajo corporal sobre las tablas, Marlem como Madame Frou Frou, quien interpreta además un tema de su disco Sin brújula durante el espectáculo, Martha López Casañas como Estelvina Puerta Abierta, Ricardo Benedico como el parasicólogo Silvino Paniagua, Lázaro Rodríguez en el papel del Rajá Cha chá, Glenda Sarmiento en un doble personaje, el primero de los cuales es la tontuela Totoroche, Mayle Cuadras como la mudita Juliette, y Antonio Placencia, quien además de hacer la asistencia de dirección, asoma en escena para incorporar el Fantasma.

Tal vez buena parte de la frescura de Un balsero en París se deba a que, lejos de emprender su aventura escénica con la trastienda llena de pretensiones culturales, se limita a presentarse como lo que es: teatro popular, sin otras intenciones que las muy legítimas de hacer reír, incluso a costa del disparate. Merecidos aplausos por ello. •

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