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XXXII IHTF Play 7.Notas que saben a olvido.Photo by Asela Torres.USAJOSÉ ABREU FELIPPE - El Nuevo Herald

La propuesta de Teatro Avante para el 32 Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami fue Notas que saben a olvido, de la dramaturga argentina Araceli Mariel Arreche, estrenada en Buenos Aires en el 2005. La pieza, dirigida por Mario Ernesto Sánchez, se ocupa de un tema muy sensitivo: la enfermedad de Alzheimer y de cómo afecta no solo al que la padece sino también a las personas que lo rodean.

Lo primero que llama la atención en esta puesta es la impresionante escenografía de Jorge Noa y Pedro Balmaseda. En un escenario que se extiende hacia el fondo en tres niveles, sesenta sillas transparentes se esparcen en forma algo laberíntica sobre toda la superficie formando núcleos autónomos. No hay lógica aparente en la colocación de las sillas –en muchos casos se montan unas sobre otras como si quisieran fundirse–, ni un orden coherente. Es un caos traslúcido –muy acorde con el contexto de la obra– que culmina en una inquietante columna que se pierde en las alturas. Todo esto escoltado, a cada lado, por paneles verticales donde se perciben, en vívidos colores, extrañas formaciones que recuerdan porciones de neuronas, terminales nerviosas, dendritas y axones, donde la conexión entre una célula y otra se interrumpe, se rompe, se pierde, no se realiza. Sobre lo azul resaltan puntos de luz que no se sabe qué zonas iluminan. Se escucha una música introductoria, original del talentoso Mike Porcel, que, sin ser dramática o triste, prepara para lo que va acontecer. Entra Anita (Alina Interián), con un papel en la mano, como desorientada, aparentemente buscando una dirección. Se le nota muy nerviosa, sube a la primera plataforma, arregla algunas sillas, las acomoda, se sienta, cambia de lugar, y al rato entra Saverio (Gerardo Riverón, que en otro momento hará de personal clínico) halando una correa para perros. Se establece una especie de comunicación entre ellos, pero cada uno arrastra un mundo propio, un mundo que se llena a sí mismo, tan cerrado, tan exclusivo, que hace muy difícil establecer una relación. Este plano, el más cercano al público de la escena inicial, muestra a unos pacientes en lo que podría interpretarse como una primera etapa de la enfermedad que, según estadísticas, afecta en Estados Unidos a unos 5.5 millones de personas.

 

Saverio quiere regresar a su pueblo, lo extraña, dice, un pueblo de 13,827 habitantes. Bueno, ahora 13,826 después de su partida. Anita tocaba el piano, fue una gran concertista comenta Martina (Yani Martín), su hija, que llega para acompañarla en la cita con el médico que atiende a la madre. Por los altavoces se oyen nombres de pacientes. Anita se angustia porque no llega su esposo, ya está tarde se queja constantemente. Aparece el enfermero (Julio Rodríguez, que al final también se desempeña como Juan, el esposo de Ana) y la conduce a la consulta. La escena se oscurece.


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