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Baño de Luna Pedro PortalJOSÉ ABREU FELIPPE - El Nuevo Herald

Escrita y dirigida por Nilo Cruz en una producción de Arca Images y el Miami-Dade County Auditorium, Baño de luna plantea en primer plano el conflicto del padre Monroe (Ariel Texidó), un sacerdote católico de 41 años que se enamora de Marcela (Claudia Valdés), una feligresa que también se siente atraída por él. La muchacha es una madre soltera a quien ayuda económicamente y a la que le permite, para practicar, tocar el piano en la parroquia. El clérigo está convencido de que puede servir a su iglesia, amar a Dios y a la vez a una mujer, aunque, claro, también pesa el tiempo que pasó en el seminario preparándose, durante el cual, se supone, debía confirmar su vocación, luego los votos de castidad, el celibato, el compromiso de por vida con su iglesia. No obstante, piensa, no sin cierta candidez, que no hay contradicción entre sus dos amores, y así se lo manifiesta a su superior, el obispo Andrews (Carlos Acosta-Milián) que termina cesándolo en sus funciones. Esto no es un problema nuevo, pero Cruz, Premio Pulitzer 2003, lo desarrolla con mucho tacto, gran elegancia y maestría. La obra tuvo su estreno mundial en inglés en el 2016.

La pieza comienza con un sermón del Padre Monroe donde, en esencia, se concluye que “hay que mover la cerca” –lema que se retoma al final–, ampliar horizontes, incluir en vez de excluir. Con sencillez, el ambiente de la parroquia está dado por proyecciones de vitrales, una imagen que recuerda al Cristo Pantocrátor y un altar muy ingenioso. Con solo levantar un telón, se pasa al segundo plano, la casa de Marcela. Martina, interpretada por Teresa María Rojas en lo que anuncia como su despedida de las tablas (que esperamos no sea cierto, los grandes artistas siempre se están despidiendo), es la matriarca de la familia. Tiene la cabeza algo ida, al extremo de que cuando parece Taviano (Joel Hernández Lara), su hijo, que había estado ausente por algún tiempo, presuntamente estudiando para médico, lo confunde con su difunto esposo y tiene ensoñaciones con él. Trini (Andrea Ferro), la hija de Marcela cierra el panorama familiar. Aquí, en la casa, que desde luego visita el padre Monroe, los problemas son otros.

 En Cuba la familia vivía bien, tenía una destilería de ron, y cuando llega la debacle, escapa a Estados Unidos, perdiéndolo todo, como le sucedió a tantas y tantas familias, y llegando a su destino con las manos vacías. Es simpático pero nada creíble –en un rapto de furia se lo reprocha el hijo a la madre–, que el padre haya caído preso porque ella lo obligó a escapar vestido de traje y con un corsé donde transportaba sus joyas. Otro barco, dice, donde los fugitivos iban “disfrazados de pescadores”, pudo escapar sin problemas. Ni siquiera la furia y el rencor del hijo son creíbles. Como si fuera poco, este acusa a la familia de haberse enriquecido con el contrabando de ron a Estados Unidos (¿en los años 20 del siglo pasado cuando la Ley Seca?). Trini, ama los fondos marinos y sueña con ir a Cuba a ver unos peces que, según ella, tienen unas características especiales. 


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